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Un día de octubre de 1996 despertó
en su cama y se dio cuenta que uno de sus testículos
estaba del tamaño de una naranja. El dolor era casi
inaguantable. Tras acudir a un centro asistencial, Lance Armstrong
se llevó la peor noticia de su vida: tenía cáncer.
El tejano ya pedaleaba entre los grandes. No era tan “fino”
físicamente como lo es ahora, pero regordete
y todo se daba el lujo de ganar etapas en Estados Unidos y
Europa. En 1993 había triunfado en una etapa del Tour
de Francia y en Oslo logró derrotar al español
Miguel Unduráin en la prueba de fondo en carretera
en el Campeonato del Mundo.
Incluso su futuro en el ciclismo lo había llevado a
firmar un millonario contrato con la escuadra francesa Cofidis.
Pero un mes después vio como todo se iba al tacho de
la basura.
El 8 de octubre de 1996 se paró frente a la prensa
mundial y dio a conocer su enfermedad. Ya le había
extraído un testículo y necesitaría quimioterapia
para tratar de quebrarle la mano al destino, al “pedido”
del más allá.
Pero era recién el principio de su karma. Los exámenes
posteriores mostraron que el cáncer se había
expandido a los pulmones y al cerebro. En una lámina
de rayos x tomada a sus pulmones, lo negro indicaba que todo
estaba bien y lo blanco, cáncer. Armstrong tenía
sólo “nieve”. Y el cerebro también
era invadido por las células cancerígenas. |
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