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Aconsejado por su madre, dejó
unos espermios en un banco de una ciudad cercana Austin. Y
de ahí partió a Indianápolis, donde cayó
en las manos del doctor Craig Nichols, a quien un par de años
más tarde Armstrong le debería su vida.
Ya lo habían visitado los directores del equipo Cofidis
y le habían rescindido el contrato. También
le mencionaron que el seguro médico no cubriría
su enfermedad porque no había alcanzado a competir
con su nueva casaquilla. ¡Al diablo con eso!
La intervención quirúrgica a su cerebro resultó
un éxito. Los tumores carecían de actividad,
pero la quimioterapia iba de todas formas.
A esa altura, el danés Bjarne Riis ya había
cortado la racha de cinco victorias consecutivas de Unduráin
en el Tour de Francia. Mientras, Armstrong luchaba contra
la muerte, aunque los médicos apenas le daban un 20%
de probabilidades de sobrevivir.
A principios de 1997 Armstrong recibió la primera noticia
positiva: estaba “limpio”, al parecer había
derrotado al cáncer. Pero ahora venían meses
de monitoreo, el control para asegurarse que la enfermedad
no volviese. Si lo hacía, la muerte era casi segura.
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