Miércoles 29 de abril de 2015

Viaje al interior de un agujero negro
Imaginemos una visita a uno de estos monstruos cósmicos, experimentando sus misteriosos y angustiantes efectos sobre la luz y nuestro cuerpo, antes de un desenlace rápido e inevitable.
Andreas Reisenegger
Doctor del Instituto Tecnológico de California (Caltech). Fue investigador postdoctoral del Instituto de Estudio Avanzado en Princeton (ambos en EE.UU.). Profesor titular del Instituto de Astrofísica de la Pontificia Universidad Católica de Chile e investigador del Centro de Astrofísica y Tecnologías Afines (CATA).

Los agujeros negros, uno de los mayores misterios del universo, existen en dos variedades: Los "estelares", formados por el colapso de una estrella y cuya masa es un poco mayor que la del Sol, y los "supermasivos", de origen incierto y con una masa millones de veces mayor, los cuales se encuentran en los centros de las galaxias, incluida la nuestra. Como todos ellos son muy lejanos y oscuros, desde la Tierra por ahora sólo podemos observar sus efectos sobre su entorno, como por ejemplo los discos de gas y estrellas que orbitan en torno a ellos. Para hacerlos un poco menos misteriosos, imaginemos que viajamos a un agujero negro en una potente nave espacial.


"En nuestro acercamiento, distinguimos una bola negra, el "horizonte" del agujero negro, cuyo tamaño es de algunos kilómetros en el caso de los "estelares" y de millones de kilómetros en los supermasivos. Como el agujero negro desvía la luz hacia sí, actúa como "lente gravitacional", y en su entorno vemos imágenes deformadas de los objetos que en realidad están detrás.


Ya más cerca, nuestra nave es acelerada por la fuerte atracción gravitacional. Para no caer, sus motores deben trabajar cada vez más fuertemente en la dirección contraria. Al permanecer suspendidos a cierta distancia y comunicarnos con nuestra familia lejana, notamos que para nosotros el tiempo transcurre mucho más lento que para ellos, un efecto debido a la curvatura del espacio-tiempo que se hace más y más extremo mientras más cerca estamos del horizonte.


Además, nos sentimos cada vez más pesados, aplastados contra el piso de la nave. Para evitar este efecto, apagamos los motores y dejamos que la nave caiga libremente hacia el agujero negro. "Flotamos" en su interior, pero aun así sentimos el efecto creciente de nuestro objetivo: Si nuestros pies están más cerca de él que nuestra cabeza, la atracción sufrida por ellos es mayor, y esta "fuerza de marea" empieza a estirar nuestro cuerpo. Si nuestro objetivo fuera un agujero negro "estelar", esta fuerza nos despedazaría mucho antes de llegar al horizonte. Para poder continuar con nuestra travesía, imaginemos que vamos a uno supermasivo, donde este efecto es más suave, permitiéndonos entrar intactos y explorar qué pasa más adentro.

Una vez atravesado el horizonte, nuestro único futuro posible es el centro del agujero, donde probablemente todo se destruye

Al acercarnos al horizonte, el efecto de lente gravitacional, la desviación de la luz hacia el agujero negro, se hace progresivamente más intenso, concentrando la imagen de todo el cielo en un círculo cada vez más chico sobre nuestra cabeza y dejando en tinieblas todo el resto de nuestro entorno.


Más allá del horizonte, no hay vuelta posible. En ese punto, el espacio y el tiempo intercambian sus roles. En la Tierra, podemos caminar hacia adelante o hacia atrás, hacia el Norte o el Sur, arriba o abajo, pero no podemos avanzar o retroceder en el tiempo. Similarmente, una vez atravesado el horizonte, nuestro único futuro posible es el centro del agujero, donde probablemente todo se destruye, sólo contribuyendo a aumentar la atracción del agujero negro sobre su entorno. No podemos dilatar este triste final, el que ocurrirá en pocos segundos o minutos tratándose de un agujero negro supermasivo o en milisegundos si es uno estelar.


Sin duda, no es un destino deseable, el cual sólo podemos evitar al no meternos en el horizonte de un agujero negro. ¡Por suerte no parece haber uno muy cerca de nosotros!


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