La infancia de Mia Farrow duró muy poco. María de Lourdes Villiers Farrow, como realmente se llama, es capaz de marcar el inicio y término de su niñez: todo comenzó con su nacimiento el 9 de febrero de 1945 en Los Ángeles, California; y finalizó en 1954 cuando se enfermó de polio.
Un día después de su noveno cumpleaños, Mia fue examinada por un médico que decidió hospitalizarla. La niña fue separada de su familia, internada en una unidad de aislamiento y conectada a un pulmón de acero que la acompañó por un año. Además, sus pertenencias fueron incineradas para evitar que la enfermedad se dispersara en la familia, a la que no vio por meses.
Tras este primer quiebre, Mia volvió a sufrir un fuerte golpe cuando en 1958 uno de sus seis hermanos murió en un accidente aéreo.
Cuatro años después, una tercera crisis removió su precaria estabilidad, pero esta vez trajo un nuevo elemento: la culpa. Una noche de 1962, Mia estaba sola en su casa de Nueva York cuando escuchó el teléfono. La joven presintió que era su padre quien llamaba, por lo que decidió no contestar para evitar tener que inventar excusas que justificaran la ausencia de su madre. Su progenitora, que encarnó a Jane en las cintas de Tarzán de los años ’30, había salido con un director. Así, Mia se pasó horas escuchando como sonaba el teléfono. Al día siguiente, se enteró que su padre había muerto la noche anterior con el teléfono en la mano.
Sólo dos años más tarde, encontró consuelo en un hombre que bien podría ser su padre: Frank Sinatra. Cuando se conocieron, Mia estaba tan nerviosa que se le cayó la cartera a los pies de “La Voz”. Él tenía 49 años y ella 19, pero eso no impidió que la actriz aceptara inmediatamente irse en el jet privado que Sinatra envió para buscarla. “Fue un flechazo”, dijo ella; lo cierto es que perdió la virginidad ese fin de semana en Palm Spring.
Con el tiempo, la relación se fue formalizando hasta que se casaron el 19 de julio de 1966. El matrimonio no funcionó demasiado bien, porque se entendían poco, según dijo la actriz. Además, Sinatra dividía su existencia entre ella y sus amigos de Beverly Hills, Manhattan, Las Vegas y Miami. Sobre ese tiempo, Mia ha dicho: "Para entonces ya estaba acostumbrada a esas escapadas al lado de mi marido, que pronto se metamorfoseaba en un virtual desconocido y se olvidaba de muchas cosas, incluso de mi".

