Escalera al pop
Warhol inició su ascenso en los sesenta. El rey del pop
coleccionó gente como pocos y supo tender las redes necesarias.
Aspirar, trepar y escalar.
Fue una amiga quien por cincuenta dólares le dio la clave a Andy
Warhol para comenzar el ascenso definitivo. Corría 1961, y Warhol
veía con deseperación que Liechtenstein y Rosenquist provocaban
impacto con obras similares a las suyas en exposiciones de galerías
importantes. Se le estaban adelantando.
Los intentos de fines de los cincuenta por ganarse amistades que lo acercaran
a las luces de celebridades nunca le dieron los frutos esperados. Las
cartas y llamados incesantes a Capote, terminaron con la madre del escritor
borracha basureándolo por teléfono, y las ansias de toparse
con Jasper Johns y Rauschemberg para que le bendijeran sus ilustraciones
pop nunca se concretaron. Es cierto que para 1961 se había anotado
logros sociales importantes, como la amistad con Ivan Karp, director de
la galería Leo Castelli, y la complicidad con el "pequeño
rey" y guía del arte contemporáneo norteamericano Henry
Geldzahler, pero nada de eso le había dado los frutos esperados:
exponer en una gran galería. Castelli, como algunas otras, le cerraron
las puertas. Era 1961, era ahora o nunca.
En esa encrucijada estaba Warhol cuando su amiga Muriel Flatow le ofreció
un consejo a cambio de 50 doláres. Él le hizo un cheque,
se lo entregó y le dijo, "ahora dime". Ella lo miró
fijamente y le preguntó: "¿Qué es lo que te
gusta más que nada en la vida?", el lacónico Andy masculló:
"No lo sé". La sabia mujer le respondió algo muy
simple: "Dinero". Fama, habría que agregar, si no fuera
porque ambas cosas siempre tienen tanto en común. Con un objetivo
claro, las estrategias surgen más fácilmente.
El ascenso
"Factory Made", de Steven Watson, repasa en 490 páginas
las redes sociales que hicieron de Warhol el fenómeno pop del siglo.
Las relaciones y vínculos cobrarían cada vez mayor centralidad
en la medida en que Warhol comenzaba a trabajar obras eminentemente colaborativas
fraguadas en el plateado engendro artístico/inmobiliario conocido
como la Factory.
Tras el consejo de Miss Flatow todo pareció a acelerarse. Warhol
comenzó seriamente a incursionar en la serigrafía, con el
billete de un dólar como primera prueba. La inclusión de
su nombre en un articulo de la revista Time dedicado al Arte Pop, provocó
algo de alivio a la tensión causada por sentirse sobrepasado en
fama por sus contemporáneos. Pronto conseguiría su primera
exposición en una galería importante, aunque no en Nueva
York, sino que en Los Angeles, iniciando una loca carrera de acumulación
de amistades y vínculos, relaciones en las que se superponían
el arte, la literatura, el cine, la moda y muchas, muchas anfetaminas.
La importancia del colectivo social cobraba especial importancia en el
caso del cine. A partir de 1958, Jonas Mekas comienza a escribir "Movie
Journal" en Village Voice. Mekas impulsaba la creación de
un contrapunto neoyorquino a la Nouvelle Vague francesa y al Free Cinema
inglés. Pronto entraría en la órbita de Warhol, que
-con el establecimiento de la Factory- se lanzaría definitivamente
en la exploración del séptimo arte, en un modo muy distinto
al de la industria de Hollywood. Para Warhol, la mejor etapa del cine
fue "la de principios de siglo. Cuando las películas recién
comenzaban a hacerse". Sin historias ni narraciones, sus películas
iniciales eran una exploración de tiempo, espacio y movimiento.
La primera exhibida públicamente fue Kiss, que en tres minutos
mostraba nada más que besos prodigados sin distinciones, entre
amigos y conocidos de Andy y sus asistentes.
En el centro de todo, trabajando codo a codo con Warhol, estaban Gerard
Malanga y Billy Ilich. Malanga, un joven y muy bien relacionado escritor,
le presentó a su vez a Ted Berrigan, editor de "C", una
revista de poesía independiente, nacida con la revolución
del mimeógrafo y que había cobrado gran relevancia en el
medio literario de crítica artística. En poco tiempo Warhol
lograría diseñar una portada con su firma en la revista,
adentrándose en un ámbito que antes lo había rechazado
gracias a una alianza en su contra liderada por el poeta Frank O'Hara
y Willem de Kooning.
Si Malanga tendía un puente a la tormentosa comunidad de poetas,
Billy Ilich lo aproximaba a los conocidos hechos en su ofico de barman.
En cuestión de procedencias, Warhol no le hacía asco a nada,
siempre y cuando tuviera talento (en lo que fuera) y un potencial de popularidad.
¿Qué otra cosa sino eso tenían en común Lou
Reed y la modelo millonaria Edie Sedgwick? Bueno, descontando el paso
de ambos por instituciones mentales en su adolescencia, muy poco. Factory
abrió sus paternales brazos a curadores (Karp, Gerdzahler), músicos
(La Monte Young, Velvet Underground), cineastas (Paul Morrissey, Amos
Vogel), transformistas (Ondine, Candy Darling) y millonarios (Bob y Ethel
Scull). De hecho, si no fue Warhol quien puso de moda la sigla AKA ("as
known as", es decir "también conocido como") debió
haberlo hecho. Los "aka" en Factory eran sumamente relevantes.
Partiendo por Billy Ilich "aka" Billy Name (como figura en muchas
de las películas de Warhol); la modelo alemana Christa Paffgen
"aka" Nico; Bob Olivo, más conocido
como Ondine, y Jimmy Slattery, famoso por ser la rubia Candy Darling.
Una mezcla demográfica de identidades diversas que alcanzó
a conocer el chileno Francisco Copello en 1967, cuando se encontró
a la banda de Warhol en una exposición de Rosenquist. "Él
los llamaba 'los elegantes'. Recuerdo mucha gente a su alrededor, todos
muy ruidosos, lo que contrastaban con Warhol, siempre guardando silencio".
En efecto, las escasas habilidades de oratoria del artista nunca fueron
un impedimento para su popularidad o su gusto por las fiestas. "Él
sabía muy bien como promoverse, cómo crear el mito en una
época de auge ecónomico", reflexiona Copello.Los sesenta
eran bullantes. Tal como lo describiera acertadamente la amiga de Warhol
(retratada por él) Ethel Scull, citando a su modo a McLuhan: "los
jets, el arte pop y las discoteques son todos una extensión de
nuestro sistema nervioso central". Un sistema nervioso algo alterado
por la irrupción, primero de las anfetaminas, después del
LSD, y finalmente de Valerie Solanas y su revolver que
de un tiro casi despacha a Warhol de este mundo (de hecho el mito dice
que estuvo minuto y medio muerto). El ataque de Solanas en 1968 marcó
el declive de la primera época de la Factory y el comienzo de la
segunda etapa de Warhol, quien ya consagrado comenzaría a fraguar
una nueva estrategia para lograr aquello que más disfrutaba: el
dinero y la fama.
Por Óscar Contardo
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