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Soledad
Martínez
Es
reconocida por sus pares y por los chefs como una de las principales
precursoras no sólo de la crítica gastronómica,
sino también de la difusión de ésta en los diversos
medios.
Esta
dama, que tiene ya más de una década en esta área,
actualmente se desempeña como crítica en el suplemento
“Wikén” de El Mercurio y en diversas publicaciones
nacionales.
Su
gran reputación, la diversidad de sus conocimientos y la agudeza
de sus palabras la transforman en un referente inevitable a la hora
de hablar de cocina chilena.
¿Cómo
ha sido la evolución de la comida chilena?
Habría
que distinguir entre la comida chilena tradicional y la llamada nueva
o alta cocina chilena. La primera, como todas las de su especie, ha
tenido una evolución lenta a partir de su nacimiento en el encuentro
de la cultura española con la aborigen, donde obviamente se produjo
una imposición inicial del sistema alimenticio de los conquistadores,
pero utilizando los productos autóctonos mezclados con los que
se podían traer de Europa, y combinando también las técnicas
importadas con las de las cocineras indígenas. Cabe tener presente
lo limitado de la culinaria mapuche en comparación, por ejemplo,
con los casos de México y Perú, lo que explica las diferencias
posteriores. Luego, a través de varios siglos fue elaborándose
una cocina propiamente criolla, principalmente de estilo campesino,
pero sumándole cuando se podía algunos productos del mar.
Más tarde aparecieron los rasgos de una cocina urbana, pero muy
dependiente hasta hace cien años del abastecimiento rural. Ya
en los siglos XIX y XX, ella fue incorporando aportes de grupos inmigrantes
de distintos orígenes raciales, pero sin variar su esencia. Ese
conjunto es lo que llamamos comida tradicional.
Distinto
es el caso del esfuerzo actual por crear una nueva cocina que trabaje
los productos típicos chilenos con las técnicas y propósitos
contemporáneos que se están imponiendo en todo el mundo,
y a la vez “reforme” las recetas antiguas, alivianándolas,
dándoles mejor presentación y rescatando elementos olvidados,
en especial de las distintas etnias originarias. Esta nueva cocina es
en buena medida una creación deliberada de un grupo de chefs
jóvenes agrupados en “Les Toques Blanches” y se ha
desarrollado con rapidez, en menos de diez años.
¿Cómo
respondería a las críticas que señalan a la comida
chilena como una gastronomía falta de condimentos y sabores propios?
Diría
que es falta de condimentos. No es cierto que la cocina chilena no use
condimentos. Los hay muy característicos, como el orégano,
el comino, la albahaca, el cilantro, el merquén, la “color”,
el ají verde, etc. Lo que ocurre es que con ellos se logra un
estilo propio muy diferente de los sabores fuertes y picantes en exceso
de otras comidas regionales. Ese estilo se caracteriza justamente por
los sabores suaves y las armonías moderadas, acordes con el modo
de ser nacional.
¿Cómo
definiría la cocina chilena y cuáles son sus elementos
característicos?
La
comida tradicional chilena es la de una cocina mestiza, de origen principalmente
campesino pero con importantes variaciones regionales, dada su extensa
geografía, y matices diversos entre el campo, la costa y la ciudad.
Está centrada sobre todo en el vacuno, el cerdo, el cordero,
el maíz, la papa, las legumbres y las verduras y frutas de la
zona templada, con un aprovechamiento sólo parcial de nuestra
riqueza marítima, pero que va en aumento, y en términos
generales con los sabores moderados señalados anteriormente.
¿A
qué atribuye el aumento de restaurantes?
Las razones son varias, principalmente el cambio cultural de comer con
más frecuencia fuera de casa, incluso para reunirse o celebrar
con los amigos; el mejoramiento promedio de la situación económica;
las nuevas actividades laborales de la mujer; la escasez de servicio
doméstico; la dificultad práctica de almorzar todos los
días en el hogar; los almuerzos de trabajo como costumbre profesional
y empresarial; las nuevas formas de entretención y la mayor autonomía
económica de los jóvenes; el aumento y la variedad de
la propia oferta culinaria, y, lo que no es desdeñable, el error
frecuente –que se traduce en el paralelo fracaso de muchos locales--
de creer que se trata de un negocio fácil.
¿Cuál
es la calidad de estos?
Hay de todo, en parte por lo último que se señaló.
Si bien la calidad más segura la ofrecen establecimientos antiguos
ya bien acreditados, entre los más recientes se dan también
casos excepcionales de primera categoría, casi siempre asociados
a un chef joven con mérito propio.
¿Qué
lugares recomendaría para disfrutar una buena comida chilena?
En materia de cocina chilena hay que distinguir. En provincias
abundan las buenas direcciones de cocina tradicional, en especial en
las ciudades pequeñas, en los caminos y en las caletas, que sería
largo nombrar. En las ciudades grandes, como Santiago, existen varios
de tipo netamente folclórico pero con un repertorio bastante
limitado de recetas, como Los Buenos Muchachos, El Caramaño,
Galindo, Las Delicias de Quirihue, Hostería Las Delicias de El
Arrayán o Doña Tina.
En
un nivel superior, con mayor amplitud de oferta y de estilos, pero dentro
de lo tradicional, citaría El Comedor Chileno, Ana María,
Del Beto, Isla Negra y la Casona de Don Nacho. Como cocina del mar en
Santiago, Aquí está Coco.
Sin
embargo, a mi juicio sigue faltando el gran restaurante que dé
cuenta de la verdadera riqueza, calidad y diversidad de nuestra cocina
tradicional.
Si se busca una cocina más refinada, con clara influencia francesa
pero enraizada en lo nacional, habría que mencionar el Carrousel,
el Jockey Club y Raúl Correa y familia, pero advirtiendo que
sólo una parte de las respectivas cartas es propiamente chilena,
en el sentido que ya he indicado. Para la nueva alta cocina chilena,
son lugares emblemáticos las Termas de Cauquenes, el Bristol
del Hotel Plaza San Francisco, el Brick del Radisson, Fuera de Borda,
Osadía
y Agua.
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