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Tal vez
el título resulta engañoso. Porque según lo expresan
la mayoría de los chefs resulta prácticamente imposible
hablar de “la historia de la comida chilena”. Esto porque
nadie se ha dedicado acuciosa y científicamente a escribirla.
De
esta sólo podemos tener relatos parcelados o hechos que si bien
pueden ser narrados con cierta continuidad, no representan de manera
fiel lo que ha sido la historia de nuestra cocina nacional.
“Nosotros
de historia propiamente tal de la cocina chilena no podemos hablar.
Yo creo que estamos tejiendo nuestra historia, estamos armando la historia
de la cocina chilena, una cocina que nunca se ha escrito”. Con
esta taxativa afirmación Guillermo Rodríguez, uno de los
chefs que goza de mayor prestigio en nuestro país, establece
la problemática de este tema.
Esta
es “una historia que tenemos la labor de impulsar, tanto a los
aficionados, a la prensa y a cualquier persona que esté trabajando
en esto. La idea es que se escriba de la cocina chilena, que se hable
de la cocina nacional y que se escriba la historia de una vez por todas,
dejándonos de decir si tenemos o no cocina nacional” agrega
Rodríguez.
Aquiles
Abarca, ex chef del Hotel Carrrera, tiene una opinión similar.
“La historia de la comida chilena todavía no se escribe.
Para eso hay que involucrar a historiadores, antropólogos, cocineros,
etc. Es un tema de mucha investigación, tenemos que descubrir
qué comían las etnias y como se fue fusionando esta comida
hasta llegar a la actual, que todavía no tiene identidad, por
lo que hay que buscarla”.
Sin
embargo, ninguno descarta que se pueden hacer esfuerzos por construir,
aunque sea grosso modo, una reseña de lo que ha sido nuestra
gastronomía. Aquí una muestra de esto.
La
historia de la comida chilena está íntimamente ligada
a la manera en cómo nuestro país comenzó a poblarse.
Es decir, influida por los españoles, alemanes, italianos y por
todos los antepasados que ocuparon estas tierras antes de la colonización.
Antes
de la llegada de los españoles podemos distinguir claramente
tres grupos que dieron vida a nuestras costumbres culinarias: agricultores
(dedicados a la cosecha de maíz, papa, poroto y zapallo), cazadores
(que fueron los primeros en aprovechar la carne y la leche de guanacos
y vicuñas) y pescadores (especializados en mariscos y pescados)
Posteriormente
la gran mayoría de los pueblos originarios de Chile, como Picunches,
Tehuelches, Diagitas, Mapuches y Onas, desarrollaron sus propias maneras
de alimentarse, lo que lentamente dio origen a particulares “modos
de cocinar”.
Influencias
españolas
En
el siglo XVI, con la llegada de los españoles, nuestro país
tuvo acceso a muchos productos hasta ese entonces desconocidos. Los
productos europeos como carne de vacuno, ovinos y porcinos, junto con
diversas frutas y trigo, comenzaron a formar parte de la cocina chileno
española que lentamente tomaba forma. Antes de conocer estas
carnes, nuestros antepasados sólo se alimentaban de camélidos
como guanacos, llamas o alpacas que cazaban a través de distintos
medios.
Pero
con la llegada de los primeros conquistadores españoles también
llegó el vino. Distintas crónicas señalan como
precursor al sacerdote Francisco de Carabantes, quien en 1548 desembarcó
en Concepción plantando vides para poder obtener el vino tan
necesario para las ceremonias religiosas. Al norte de Santiago, Francisco
de Aguirre hizo lo mismo en sus encomiendas de Copiapó y La Serena
en 1550.
Sin
embargo la sorpresa no sólo fue para los nativos. La abundancia,
variedad y sabor de los peces cautivó a los españoles.
En ese entonces se consumían asados y tanto róbalos como
pejerreyes, lenguados y corvinas constituían verdaderas delicias.
Los
europeos conocieron también las distintas variedades de papas,
la riqueza de las verduras y el sabor del locro. Con la mezcla de estos
ingredientes nació el conocido “Puchero Criollo”,
muy popular durante el siglo XVIII y perfectamente reconocible como
el antecesor de la cazuela, aunque para muchos la cazuela es una receta
puramente mapuche con papas, chuchoca y carne como ingrediente.
Sin
lugar a dudas uno de los hechos que marcó la manera en que se
definía la cocina chilena en ese tiempo fue la Guerra de Arauco.
Este conflicto bélico, que tuvo como protagonistas a mapuches
y españoles, logró que en las zonas de gran influencia
indígena se potenciar sus recetas, mientras que en aquellas más
nortinas se comenzaran a mezclar las dos gastronomías.
Así,
la dieta tradicional de ese entonces, compuesta por preparaciones en
base a carne, ave y pescado acompañada por zapallo, frijoles
y maíz, fue complementada por legumbres españolas como
garbanzos y lentejas. También se introdujo nabos y habas gracias
a la influencia hispana.
Casi
de manera simultanea, y a medida que la compenetración de las
dos culturas se hacía cada vez más evidente, surgían
también las primeras bebidas. Así la leche con mote o
harina, el mote solo y la quinoa, que se tomaba con agua y azúcar.
Pero
no fue hasta el siglo XVIII que las costumbres culinarias de nuestra
nación tomaron forma.
La
ilustración y la tutoría de los gobernadores españoles
propiciaron los espacios necesarios para un próspero desarrollo
cultural. en materia culinaria quienes definitivamente marcaron un antes
y un después fueron los diversos conventos de religiosas que
se instalaron en nuestro país, quienes influyeron notoriamente
en las preparaciones y recetas de la naciente cocina chilena.
El
ajiaco de las monjas claras fue famoso de norte a sur, los porotos de
las Monjas Capuchinas era una verdadera delicia y las lentejas o la
sopa de cebolla y carne de las Monjas Rosas era un plato seguro en las
fiestas familiares.
En
cuanto a las tradiciones más sociales de esa época resulta
inevitable destacar que la comida tenía un lugar preferencias
en el chile ilustrado. El almuerzo se servía a las 2 de la tarde
y platos como charquicán, albóndigas o asado con verduras
eran una verdadera tradición. La excepción de la semana
la marcaba el viernes, donde el pescado reemplaza a la carne.
Los
postres generalmente se asociaban a las frutas de las que se disponía
en la época o a biscochuelos, merengues o en general masas preparadas
con huevos, harina mermelada o manjar. También tenían
un lugar especial los tradicionales dulces de convento, algo que a perdurado
en el tiempo de manera casi inalterable. El dulce de membrillo, el famoso
chocolate de las capuchinas, los confites de coquitos de palma, los
alfajores, el manjar blanco y los duraznitos en almíbar son un
fiel reflejo de este legado.
La
cena, siempre más liviana que el almuerzo, se servía luego
de rezar el rosario. Papas con arroz, pescado frito, carne de cerdo
y diversas ensaladas adornaban la mesa.
La
comida post independencia
Mientras
Chile era reconocido como una nación independiente y soberana,
la comida seguía su evolución. Tal vez uno de los hechos
más destacables es la masificación del charqui como una
comida presente de norte a sur y en todo tipo de mesas. Atrás
quedaban los días en que este plato, compuesto por verduras y
carne de vacuno o ave, era casi el único que podían comer
los soldados durante la batalla de Rancagua en 1814.
A
estas alturas el vino era un producto de consumo relativamente extendido
en la población. El gran vuelco en la vitivinicultura chilena
se produjo en 1851, cuando Silvestre Ochagavía introdujo cepas
francesas en su propiedad de Talagante, y de esa forma inició
la sustitución de las antiguas cepas españolas por las
de Cabernet, Cot, Merlot, Pinot, Sauvignon, Semillón, Riesling
y otras que constituyen la base de la producción de vinos nacionales.
Un
clásico día en la gastronomía nacional se componía
por un desayuno donde inevitablemente el chocolate no podía faltar.
El almuerzo de tres platos, costumbre que se mantuvo durante gran parte
de este siglo, se componía de una entrada, una sopa y plata de
fondo. La comida era más liviana y por lo general se componía
de diversas verduras (porotos verdes, habas y habichuelas), arroz y
frutas.
Si el rostro de nuestra nación comenzaba a cambiar lentamente
con la llegada de la independencia, esto se vio acelerado por el arribo
de inmigrantes provenientes de Inglaterra, Francia, Alemania e Italia
entre otros.
La
cocina, al igual que muchas otras áreas, comenzó a apropiarse
de técnicas, costumbres e ideas propias de las culturas foráneas.
Papas,
carnes de ave, pastel de choclo, empanadas, pulmai, curantos, mote con
huesillo, y humitas se unieron a las carnes y embutidos alemanas, los
caldillos europeos, las masas alemanas e italianas y los diversos aliños
y especias que trajeron desde Europa.
Así
nacía la comida chilena casi como hoy se conoce. Una mezcla entre
recetas de nuestros ancestros y la suma de los diversos extranjeros
que poco a poco se fueron asentando de norte a sur.
Cuarenta
años atrás un menú típico consistía
en Empanadas de carne fritas, pescado frito con ensaladas y dulce de
membrillo con queso. Es decir, una dieta que a diferencia de lo que
sucede en la actualidad, no escatimaba en agregar frituras.
El
uso de la carne de vacuno ya era extendido y la leche de éstas
se empelaba ampliamente, aunque en ese entonces se distribuía
en botellas de vidrio con tapas de cartón. Por su parte, el yogurt
se podía encontrar en botellas del mismo material pero de menor
tamaño.
Para
la conservación muchas veces se empelaban grandes trozos de hielo
que se cortaban en trozos más pequeños para que cupieran
en el refrigerador.
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