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Hubo casos muy críticos. Cuadros que requirieron el trabajo continuo de tres personas durante un mes. Por ejemplo, una obra de Alfredo Valenzuela Puelma que mide 3,5 por 2,5 metros. Estaba adherida a una tela, un soporte secundario, tan mal hecho que la obra presentaba deformaciones. “El mayor problema de esa obra fue retirar los repintes que estaban sobre el original. Tenía faltantes de pintura y para cubrirlos de esa malaintervención que se realizó se tomó un pincel grueso y tapó una gran área”, explica algunos detalles Héctor Quinteros refiriéndose a la intervención anterior. “Nosotros, en cambio, sólo reintegramos el faltante sin invadir nada del original”.

Antiguamente había muchos restauradores no especializados e incluso los mismos pintores recibían obras para restaurar. Estos utilizaban materiales irreversibles, como el óleo. “Ese es uno de los materiales más difíciles de remover sin dañar la pintura original. Nosotros, sin embargo, utilizamos materiales de conservación que en cambio sí son reversibles.” Otra de las dificultades con las que se encontró el equipo fue el ataque de los insectos xilófagos (que comen madera) a los bastidores y marcos. Carcomieron la madera por dentro dejándola como una esponja llena de galerías.

Pero sorpresas también hubo. Cuenta Quinteros que “uno de los mayores hallazgos fue una acuarela detrás del cuadro llamado “El mosquetero” del autor español Pradilla que encontramos al desmontar la obra. La calidad de la pintura era impresionante. Otros descubrimientos los arrojaron los análisis visuales que hacemos. Mediante la reflectografía infrarroja hemos visto arrepentimientos debajo de la pintura, dibujos preparatorios y bocetos que no tienen ni una relación con la obra definitiva.”