Los
delirios de un genio
Por Antonio Landauro
El Mercurio, martes 23 de enero de 1996
El 23 de enero de 1989, a los 84 años, murió en Figueras,
España, ese genio del espectáculo y de la extravagancia y eximio
pintor llamado Salvador Felipe Jacinto Dalí y Domenech, personaje de
antología tras el que se esconde toda la prehistoria escandalosa del
movimiento Dada y del Surrealismo. Pintaba relojes derretidos para simbolizar
la prisión del tiempo, apuntaba sus bigotes hacia el cielo para cargarlos
con vibraciones cósmicas. Se autodenominaba divino y a los 20 años
cometió la mayor irreverencia que un hombre en sus cabales puede realizar:
le envió a su padre una carta con esperma y una sola frase: “Ya
no te debo nada”.
Dalí, el enfant terrible, el paranoico pintor de finos bigotes ahilados,
el primer actor de una pantomima que empezó el mismo día en
que irrumpió en la escena pública, mostró tener más
talento que un encantador de serpientes, talento de mago, de charlatán,
de showman. A los 7 años quiso ser Napoleón.
Desde muy joven vestía extraños trajes de terciopelo, pantalones
con perneras de colores diferentes, como las calzas de esos pajes que aparecen
en los bailes de disfraces. Pero su extravagancia no se limitaba sólo
a su vestimenta, sino que era parte de su personalidad. Algunas veces, por
capricho o por antojo, mientras pintaba a una modelo en su taller, ante sus
compañeros o en alguna fiesta, se quitaba la ropa y, como Dios lo trajo
al mundo, se ponía a bailotear cual un sátiro en el Edén.
Dalí, que montado siempre en el escándalo y que conquistó
en su favor el amor del dólar, tuvo en su juventud una activa participación
en el difuso movimiento de agitación literaria y artística que
se desarrolló en Madrid en las primeras décadas de esta centuria
y del que luego fue expulsado: el Surrealismo. También renegó
de la ideología marxista que había sustentado. En 1942 lanzó
su libro clave, espectacular, ingenioso, a la medida del éxito, suntuosa
y barrocamente ataviado con los más grandilocuentes y purulentos despojos
del psicoanálisis freudiano: “La vida secreta de Salvador Dalí”,
una coartada de su vida pública. Con él elevó definitivamente
el pedestal de su propio monumento.
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Salvador
Dali, Dionisio Ridruejo y Perico Chicote visita en Museo Universal de
Bebidas ( Madrid, 12 de noviembre de 1951) |
Desde
entonces comienza a cincelar su propia estatua de extrañeza y lujuria,
de locuras y dólares, de extravagancias y paranoia. Habla de realzar
la sicopatología, de hacer la pintura de la era atómica, bebe
agua mineral y pone su objetivo en “recuperar la técnica de los
viejos maestros para llevar a sus lienzos la imagen de la nueva física”.
De extraña y desconcertante personalidad, indisciplinado y seudoparanoico,
ex blasfemo y místico, pasticheur, diseñador de cine y pintor
de anuncios de medias de nylon, pasará a la posteridad como un irreverente
mercader de arte, un publicista egocéntrico y, sobre todo, como un virtuoso
del pincel; un maestro del lenguaje pictórico que marca un hito en la
historia del arte contemporáneo.
Como hombre comprometido con su siglo y vanguardista de espíritu, desde
sus primeros esbozos artísticos se entregó al surrealismo y se
obsesionó por la ciencia, la guerra y el holocausto nuclear. El descubrimiento
que hicieran Crick y Watson en 1953 de la molécula del ADN (ácido
desoxirribonucleico), el cual contiene el código secreto de la vida y
tiene una forma espiral, lo fascinó y directa e indirectamente se puede
percibir en varias de sus obras. Es sabido que Dalí plasmaba en sus cuadros
todas sus obsesiones a las que sumaba sus delirios y antojos, por eso a veces
resulta difícil comprender algunos de sus lienzos llenos de símbolos,
que - según señala Jung- han sido arrancados al inconsciente colectivo
y que por tanto no tienen fronteras y participan del presente, del pasado y
del futuro. Las cosas se transforman arbitrariamente: lo duro pasa a ser blando;
lo blanco se transforma en negro; los órganos se desforman; hay un libre
juego de objetos a los que se les conceden categorías especiales.
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El director de cine Luis Buñuel
y Salvador Dalí. |
¿Genio
o loco?
Fue la simbiosis de estos dos conceptos, no importa cómo estén
ordenados.
Fue un genio loco o, en su defecto, un loco genial. Un ser contradictorio. En
él prevalecieron, en un idéntico plano, la inocencia y la ambición,
la lucidez y la locura, la genialidad y la payasada, el horror y la belleza,
la inspiración y la farsa. Todos los irreconciliables estaban en él.
Virulento histrión, profundo conocedor de sí mismo y de las debilidades
ajenas, fue también un vanidoso superior. Decía de sí mismo:
“Dalí es divino, Dalí es un genio... las dos cosas más
afortunadas que pueden acontecer a un pintor son: primero, ser español,
y segundo, llamarse Dalí. Ambas han convergido en mi persona”.
O, “yo soy el único que es genio y santo. Mi vida es muy semejante
a la de San Agustín”.
En la pantomima, que fue su vida, Gala, su mujer, constituirá una fuente
inagotable de inspiración. Ella fue su musa hasta que murió 7
años antes que él. Al enviudar, su vida se fue apagando lentamente
y permaneció postrado en la cama de su castillo de Pubill y en la Torre
Galatea, dos de sus propiedades que convirtió en cárceles voluntarias
y en las que vagaba arrastrándose por el piso, diciendo que era un caracol
una de sus últimas locuras. “A Gala, quien, con su nobleza de alma,
me inspiro y me sirvió de espejo. Ella me reflejó las más
puras geometrías de la estética de las emociones que han guiado
mi labor”, escribió para testimoniar la importancia de su musa.
Más allá de sus apariciones públicas que iban desde presentarse
saliendo de un inmenso cascarón de huevo hasta ponerse un gigantesco
pan como sombrero, o vestir un traje de mosca o llevar un elefante como mascota,
hay que reconocer su talento que se manifestó en el óleo, acuarela,
dibujo, escultura, joyería y escenografía. Su portentosa habilidad
de ejecución; su gigantesca capacidad de recrear espacios milagrosos,
lejanías planetarias y sidéricas; sumas caprichosas de objetos,
minuciosa, inverosímil y microscópicamente descritas; imágenes
del mundo onírico donde tienen cabida los absurdos, las deformaciones
monstruosas, las apariencias cambiantes, las asociaciones sin sentido, las uniones
de cosas desconcertantes, de aspecto inmotivado, confusas y equívocas...
todos estos caprichos estéticos que dan vida y sentido a su estilo pueden
ser apreciados en sus obras.
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Dalí en Farmington
en la casa del curador de arte moderno James Thrall Soby. |
¿Qué
se ve en una obra suya?
El profano ve una suma caprichosa de objetos, una yuxtaposición
rebuscada de realidades, minuciosa, inverosímil y microscópicamente
descrita. Encontramos las imágenes de los sueños, de la alucinación,
de la obsesión, del delirio; el mundo onírico se manifiesta en
plena majestad, por eso aquí tienen cabida lo absurdo, las deformaciones
monstruosas, las apariencias cambiantes, las asociaciones imprevistas y sin
sentido, la unión de cosas desconcertantes, las imágenes contradictorias,
de aspecto inmotivado, confusas y equívocas. Miniaturista fabuloso, virtuoso
de la perspectiva, fidelísimo reproductor de superficies, conocedor del
óleo como la palma de su mano, recrea a su antojo espacios cristalinos
perfectos, sin vaguedad ni blanduras, que permiten a las formas dibujarse en
su rotunda nitidez precisa, milagrosa, perfecta, ideal. Frío, minucioso,
ingenieril, pule y alisa sus cristalinas superficies con una impasibilidad algo
mágica. Para muchos críticos, el verdadero secreto de Dalí
radica en esta capacidad de recrear espacios milagrosos, lejanías planetarias
y sidéricas, espacios ajenos a todo apasionamiento cromático,
más bien fríos y cercanos a la gama ciánica: azules, grises,
algún amarillo con sus gradaciones luminosas. Aquí reside su fuerza
y no en otras virtudes adjetivas y secundarias de su estilo.
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“Me considero uno de
los padres de la Humanidad”. |
Pero,
sin duda su aporte más significativo es su manera de volcar su visión
interior de la realidad. Con él concretamente se cierra el ciclo pictórico
que se inició con el Impresionismo, que tomaba la realidad como objeto
de la representación. Los impresionistas sustituyeron la descripción
por la impresión, algo que a su modo Goya ya había hecho. El proceso
consiste en que desde el Postimpresionismo se impone el factor subjetivo y va
perdiendo interés el objeto exterior, al que se le concede cada vez más
escaso valor. Estilo, color, expresión, composición, son los fines
que el artista persigue, y no una reproducción de formas exteriores,
misión documental que hoy realiza en forma eficaz la fotografía.
El cuadro viene a ser, desde entonces, una unidad en sí mismo, puro vehículo,
en suma, de los fines pictóricos del artista, de su expresión
personal. Un paso muy próximo del arte abstracto, el que niega definitivamente
la representación de la realidad en forma figurativa.
“El arte debe estar contento de tenerme en sus filas”, afirmó
alguna vez. Y con justa razón.
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Dalí muere el 23 de
enero de 1989 a los 84 años. |