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Gran sardana
para Dalí
El artista está en su taller rodeado de lienzos blancos. Se escucha una música y, como en una especie de sueño, las telas empiezan a moverse; luego se aquietan y Dalí empieza a pintar y se pone a pensar. Comienza su diálogo con el público, "Yo me llamo Dalí…". Ése era el comienzo de la "Gran Sardana para Salvador Dalí", una especie de sueño musical, una fusión de imágenes, textos, música, realidad y ficción, que conformaron esta obra coreográfica presentada en julio de 1986 por Hernán Baldrich y la agrupación de danza Mobile, como un homenaje al pintor español. El montaje les valió el premio del Círculo de Críticos de Arte de Valparaíso. Fue Francisco Javier Court, entonces director del Instituto Cultural de Las Condes, quien pidió a Baldrich hacer una obra sobre Dalí, a propósito de la muestra que vendría a Chile, que finalmente llegó mucho tiempo después. El actor y coreógrafo conocía la obra de Dalí y le gustaba "por lo onírico", pero no entendía bien qué era ilustrar sus cuadros, cómo concretarlo, cómo narrar cosas de él. Entonces comenzó a leer sobre el controvertido personaje y a conocerlo a través de sus propios escritos. Y "entre tanta locurita de él también veo que todo lo que decía podía ser perfectamente escenificado", cuenta. Fue así como se dio cuenta que esas mismas frases eran las apropiadas para la obra y que no era necesario crear los textos.
Baldrich siente que su obra acercaba al público a la creación daliniana, que la gente entendía más a Dalí, su realidad, sus burlas. Recalca que su interpretación era más caricaturesca: - Yo lo hacía más simpático, no hablaba de la manera tan groserota que tenía él, porque había otras partes mucho más importantes: la vida interior del artista, la conducción del hilo… o la no conducción, esa interrupción común a todos. Uno de los momentos mejor logrados, a juicio del coreógrafo, fue la representación de Lo Espiritual. Hernán revive la escena: - Fue brillante. Veía las cosas y hablaba cuando quería pintar y decía "Debo desligarme de toda fórmula religiosa…" Habla del misticismo y luego empiezo a acelerarme. "¡Rápido, pintaré rápido!", decía. Escenificaba esto moviéndome de aquí para allá y después empiezo a delirar y a decir "¡De nuevo, con la médula!¡ 888 golondrinas, es el 9 mágico!" y prrrrrrrrrrrrrrrrrooooooooooooomm… "¡A mí, el delirio!". Entonces me saco toda la ropa y quedo con un paño. Y en eso baja una cruz de metal en la que me afirmo y subo. El mismo pintor es el cuadro, el colmo de la paranoia. Y se proyecta abajo Cadaqués. Luego, el Cristo-Dalí baja y se arma "La última cena" con Wagner de fondo. El mantel que forma la mesa cambia de dirección y, en un rápido movimiento, los bailarines estiran el mantel que queda como lienzo, tras la cual aparece Dalí vestido de pintor. Era el fin del primer acto. Cerca de ocho meses tomó la creación de esta sardana. El coreógrafo rememora contento: "Era bello, era hermoso. Qué forma de sufrir tanto. Cada escena era… escogimos músicas muy lindas: Liszt, Debussy, músicas concretas, de Stockhausen, de platillos, ladrillos y todos mezclados y quedaban muy bien". ¿Por qué sardana?
La sardana es un baile social catalán, un baile de ronda, pero serio; la música es muy llena de bronces, de agudos, "como banda de día domingo". En la escena final de esta obra, todos se tomaban de las manos y empezaban a bailar alrededor de Dalí. Se iban metiendo de un cuadro blanco, pasando delante y luego por detrás -en sombra- del lienzo. Carmen Luisa Letelier recitaba la oda de García Lorca a Dalí y se iba terminando la sardana. Al final, quedaban los paneles del inicio, blancos, y Dalí dentro del taller, al fondo. |
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