Relato de Mauricio Purto

EL DOBLE ASCENSO CHILENO DEL EVEREST . ETERNOS RECUERDOS

La mañana del 16 de mayo de 1992 amaneció espléndida a ocho mil metros, en el Collado Sur del Everest. Lentamente empezaba a sentir que su cercana y lejana cumbre, era ya parte de mis recuerdos. Lentamente también, me incorporé del saco de dormir... Eran las ocho de la mañana. Ang Rita, el fiel amigo sherpa que había compartido los momentos decisivos, me instó a darle curso rápido al descenso.

Hacía muy poco que nos habíamos parado a 8.848 metros en el "Techo del Mundo", en la más grande de las Abadías de las Nieves, en sánscrito Himalaya. Pero no había tiempo aún para celebraciones. La brisa no muy suave, nos advertía que este lugar, el repulsivo Collado Sur, no era nuestro sitio. Sabíamos que cada minuto allí era menos vida. Cuatro noches habían sido suficientes para comprobarlo. Tres, aguardando una brecha en el clima, un claro externo e interno para osar la cumbre soñada del Everest: una prueba de supervivencia...

Con Italo Valle, mi hermano de las cumbres, no habíamos cruzado saludo desde antes de salir, la madrugada del 15 de mayo, rumbo a lo que a la postre resultaría como el primer ascenso chileno del Everest. Había abandonado su intento sin oxígeno en el Hombro, a 8.500 metros, "porque me iba quedando dormido". Al salir de mi cobijo de plástico, vociferé algo entre la ventisca. Emergieron de pie, de la carpa vecina, Italo y Fernando "Dodo" Luchsinger. Levantamos las manos en señal de triunfo, pero más que eso, como alivio. Me acerqué: "Estoy feliz de que estemos todos juntos de nuevo, sanos y salvos", fue la felicitación de mi eterno compañero de cordada.

Desbordante de amistad, compartiendo el amor y la gratitud de la cumbre, que daba y da para todos, compartí con él mi sentir: "Te esperé en la cumbre, porque siempre soñé escalarla contigo..., pero no estuve solo compadre, y afortunadamente pude abrazarme con otro chileno, como les contó seguramente Ang Rita". Sin intercambiar más pormenores del mágico y potente doble ascenso chileno del Everest, retomamos el descenso al valle, a la vida.

En oleadas viscerales comenzaba a rumiar la cumbre, que miraba a vistazos esporádicos sobre mi hombro derecho, cuando la atención podía salir un poco de la estrepitosa Pared del Lhotse que desescalábamos cautelosa y sólidamente. No estábamos destruidos, ni muy agotados. Teníamos energía para una buena retirada. Con la cumbre. Con la historia que quedaría sobre todo entre los hombres que viven al pie de los Andes Maravillosos. Otras oleadas de sentimiento se fundían en amor y pesar por mis pares, que llegaban desde los ojos a mi corazón, y de vuelta a los ojos... Quizás proyectaba su frustración de no tocar la cima. Su propio proceso. Pero la cumbre bastaba para todos, guerreros de la montaña que lo hicieron posible.

Luis García permanecía siempre a mi lado. Me sentía como Hillary, cuando sus pares lo respaldaban sobre la cabecera del Valle del Silencio. Me contaba que no se había atrevido a continuar hasta la cima cuando a 8.600 metros perdió el control de su aparato de oxígeno. Pero se notaba radiante. Como montañero sabía que la cima era el logro de la expedición, y por supuesto que era suya. Lucho García me miraba con admiración, me daba palmazos: "El Everest tío... el Everest", no se cansaba de repetirme.

Hambrientos, nos hicimos de una lata de lentejas acopiada en un depósito estratégico a 7.200 metros, descongeladas con jugo de naranja tibio y tragadas ipso-facto.

Y seguimos bajando. Hasta el Valle del Silencio, casi plano. Una pequeña comitiva de hombres nos avistaba desde el campamento 2, a 6.500 metros de altitud. Allí decidimos dormir un día como hoy, hace once años. La gran carpa estaba tibia con el sol de la mañana. Pausadamente me saqué las botas exteriores, luego los zapatos interiores, las calcetas, hasta quedar con los pies desnudos. Me estiré, felinamente, gozando la sensación de los músculos; y me recosté, respirando con más calma a una altitud más tolerable. Y se notaba. Sudoroso me desprendí del resto de mis atuendos, y me recosté sobre el plumón. Seguí respirando. Feliz, porque no me había ido aún, porque sabía que estaba viviendo un sueño despierto, aún en los hielos del Everest. La Madre Diosa de las Montañas me acogería otra noche en su gélida abadía.

Luego sería demasiado tarde. Un recuerdo para compartir, imposible y lejanamente... respiraba los frescos recuerdos en su seno mismo, con la intimidad y la libertad que sólo he conocido en las montañas.

LOS MILAGROS EXISTEN

Pero el tiempo no diluye estos recuerdos, al contrario, les da una distancia, una nueva calidad. Quizás por esto el paso de los años hace recapitular más. La fermentación es un proceso maravilloso. En la oscuridad, el hollejo del ego se desvanece y la uva se transforma en vino, que hace cantar el alma.

Así, en cada aniversario del primer ascenso chileno del Monte Everest, en que en un mismo día fueron depositadas en su cumbre dos coronas chilenas hermanas, saboreo el paso del tiempo...

Aunque la más alta es la montaña símbolo, porque escapa de los confines del alpinismo y traspasa a la conciencia colectiva, por supuesto que hay muchas montañas en la vida de un montañero. La montaña de mis amores, por ejemplo, es el Cho Oyu, que escalé en 1987, cinco años antes que el Everest. Pero la montaña de mis sueños es el Everest, no precisamente por su altura.

Tras nuestro ascenso, muchas veces sueño con las alturas del Everest, llegando a su cumbre, encontrándome en un refugio de madera, parecido al del Grand Mullet de la ruta clásica del Mont Blanc. Y siempre despierto con el ánimo cambiado, dejando en jaque mi mente, conectándola con el misterio, con aquello que los antiguos llaman el gran espíritu.

Antes de partir al Everest, por la mañana del cuatro de marzo de 1992, Francisco Hoffmann, hijo de la famosa psiquiatra Lola Hoffmann, llegó a despedirme antes de partir de expedición al Everest. Traía palitos secos de milenrama, a la usanza del milenario oráculo chino, la magia que escogió en el I Ching el hexagrama llamado Hsu (La Espera), "la imagen de las nubes en el cielo, de la lluvia que llegará a su hora, que no es posible forzar... La imagen de la fuerza frente al peligro, que no se precipita, sino que está en condiciones de esperar".

Por supuesto que en el Everest tuvimos que esperar más que en otras montañas para ganarnos la pasada a la cumbre, algo lógico y previsible cuando se trata de la más alta de todas. Pero la última línea del oráculo era demasiado críptica: "Uno cae en el agujero; arriban entonces tres huéspedes... hónralos y al fin llegará ventura".

Esto no lo entendía. Y reticente a oráculos, tampoco me interesé mucho en entenderlo. Reticente sólo hasta los 8.500 metros de la arista sureste del Everest, cuando las expediciones chilenas que intentaban el Everest por el sur y por el este fueron juntadas por el destino, camino postrero a la cima del mundo. Primero me encontré con Juan Montes, y poco más tarde, en la cumbre sur, a 8.780 metros, con Rodrigo Jordán, que me indicó a Cristián García-Huidobro.

Presa de una última extrañeza, como si el tiempo no existiese, pensé en milagros, perdiendo de paso todo signo de fatiga. Hasta que llegó otra revelación, otro sueño, no de despierto, como el del I Ching, otra revelación que me dejó en éxtasis. Poco antes de pisar la cima, miré hacia atrás, buscando a Italo Valle, mi eterno compañero de cordada. Y no estaba. Como en un "deja vu", se me repetía el sueño que compartí con mi esposa Aya al despetar un día de verano de ese 1992.

A 8.848 metros, en la cumbre del Everest, me sentía un títere del destino. Como si todo estuviese escrito, entendí la reunión cumbre, comenzando a creer en los milagros. Entendí nuestra separación con Rodrigo Jordán en tiempos de la común rama de montaña de la universidad. Entendí la génesis de este doble ascenso. El resto ya es leyenda...

Caen los últimos rayos del sol poniente, capturando los ojos, y a todo el ser en ellos. Vale la pena estar vivo me digo. Sólo por esto. Por la brisa de la montaña en mi cara, y a los tibios dedos que siento en los míos. Eternidad, como un clímax suave y sostenido. El tiempo no existe en estas serranías, y menos la muerte.

Suena en mi mente: Los milagros existen.

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