Dotado de una oratoria notable, Hitler supo atraer a las masas de su país que lo siguieron casi hipnotizadas en una ruta que terminaría en el despeñadero.

La fuerza de sus discursos, el énfasis en sus mensajes y el uso de técnicas de propaganda avanzadas para la época, le valieron una fidelidad que podía basarse en la adhesión a sus ideas o bien en el miedo de quien se atreviera a oponerse a sus intenciones.

Ya en el poder, Hitler toma medidas radicales para eliminar la oposición interna. Durante la llamada “Noche de los cuchillos largo”, suprime a los detractores de su propio partido. Paralelamente, crea los campos de concentración, persigue a los comunistas, gitanos y homosexuales.

La fuerte depresión interna que vivía Alemania experimenta un drástico cambio con el fortalecimiento de la industria bélica del país.

Imparable hacia la guerra

Si en el plano interno no tuvo rival que se le opusiera, la idea de Hitler era alcanzar un logro similar en el ámbito internacional, aunque ello implicara entrar en la guerra con varios países.

Su ideal pangermano lo llevó a concretar la anexión de Austria (1938). Posteriormente, invadió la región checa de los Sudetes, y luego de engañar a la diplomacia occidental asegurando que ya no tenía más ambiciones territoriales (Conferencia de Munich de 1938), ocupó Checoslovaquia.

Pero fue la invasión de Polonia lo que le significó la declaración de guerra de Francia y Gran Bretaña. Con esto comenzaba a tomar forma la Segunda Guerra Mundial, para la que Hitler se había preparado por años esperanzado en concretar su sueño de hegemonía mundial.