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Para lograr su objetivo, tenía alianzas con la Italia
fascista y con el Japón Imperial, lo que dio forma
al Eje Berlín-Roma-Tokio.
El moderno Ejército alemán que preparó
por años Hitler le permitió tener victorias
fulminantes en el campo de batalla.
En el plano europeo, sólo Gran Bretaña supo
resistir a la maquinaria de Hitler.

El avance arrollador de las tropas del Führer sólo
comenzó a frenarse cuando lanzó la invasión
a Rusia. Después de la batalla de Stalingrado (1943),
los soviéticos pudieron reorganizarse y lanzar la contraofensiva
que no cesaría hasta llegar a Berlín en 1945.
Paralelamente, Hitler veía desangrarse
su sueño de grandeza en el flanco occidental, donde
Estados Unidos golpeaba masivamente a los alemanes, hasta
llegar al desembarco de Normandía, el día “D”,
en 1944.
Con las tropas aliadas en suelo alemán, Hitler comienza
a desmoronarse. Sin considerar siquiera la posibilidad de
una rendición que habría evitado los estragos
que terminó sufriendo hacia el final de la guerra,
el Führer se suicidó en su búnker el 30
de abril de 1945. Lo acompañó en su carrera
hacia la muerte Eva Braun, su esposa y gran amor.
Detrás quedó una Europa destruida,
una Alemania arrasada, millones de muertos en los campos de
concentración y el sueño de la hegemonía
de la raza alemana truncado a sangre y fuego. Todo forma parte
del legado de Hitler.
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