"Insensatas", "deplorables", llenas de "pequeñez política". Estas son algunas de las palabras con que el ex ministro de Relaciones Exteriores, Enrique Silva Cimma, se defiende ante las críticas por la pérdida de Laguna del Desierto ante Argentina, hace diez años.
Estando al frente de la cancillería bajo el gobierno de Patricio Aylwin
(1990-1994), Silva Cimma tuvo la responsabilidad de lidiar con uno de los asuntos
más espinudos de las relaciones con Argentina, cuyo resultado final
fue desfavorable y derivó en la mayor pérdida total del territorio
en disputa.
Para el ex ministro de Relaciones Exteriores Enrique Silva Cimma, el tema de la pérdida de Laguna del Desierto no ha sido visto en su totalidad, pues, según dice, es uno más en un conjunto de otros diferendos con Argentina que fueron resueltos bajo la administración Aylwin.
Define a la política exterior del gobierno de Patricio Aylwin como "una gestión extraordinariamente exitosa", y dice tener la tranquilidad de que la Cancillería hizo todo cuanto tenía a su alcance.
-Ahora que se cumple una década de la pérdida de Laguna del Desierto, ¿cuál es la evaluación que hace usted de la gestión que tuvo el gobierno en esa época?
El problema de Laguna del Desierto hay que mirarlo dentro de un contexto más amplio y que deplorablemente no ha sido mirado. Laguna del Desierto se insertaba dentro de un contexto amplio de la necesidad de, una vez por todas, mejorar a fondo las relaciones con Argentina en el sentido de poner término a todas las cuestiones que estaban pendientes, ya desde el punto de vista limítrofe, territorial, de las relaciones en materia de comercio.
No hay que olvidar que en aquella ocasión ambos gobiernos, el de Aylwin y el de Menem, se pusieron de acuerdo en una política de entendimiento recíproco entre los países, en la búsqueda de solución a muchos problemas.
¡Piense usted que Laguna del Desierto fue un punto a tratar y discutir dentro de 24 puntos distintos que estaban pendientes desde el tratado de 1881!
De manera que las relaciones con Argentina eran relaciones que estaban francamente deterioradas. Se solucionaron 24 cuestiones, uno de los cuales resultó adverso a Chile, el de Laguna del Desierto. Se ha criticado no así todos los demás, que fueron altamente favorables, indiscutiblemente.
Y hay estudios sobre eso. Entre ellos le cito un libro publicado el años pasado sobre el arbitraje de Laguna del Desierto del que fuera el Director de Fronteras y L ímites de la cancillería, Javier Illanes.
Argentina nos solucionó a nosotros, sin recurrir a tratados ni nada, 480 mil situaciones de chilenos que estaban ilegalmente en Argentina, y que de acuerdo con las políticas tradicionales podían haber sido expulsados.
No es que yo esté diciendo que unas cosas se justifiquen frente a las otras, pero lo que hay es que lo que resultó siempre a mi juicio inadecuado era el análisis absolutamente parcial y sesgado de un solo problema para establecer que este era un fracaso de la cancillería, lo cual era evidentemente una política profundamente errónea y profundamente egoísta.
Ahora, al margen de eso, en el caso de Laguna del Desierto, se olvidan los que lo analizan de que el arbitraje para Chile, de acuerdo al Tratado de Paz y Amistad (1984) que se plantea y se soluciona por el Papa, era una solución obligatoria a los asuntos de tipo controversial. Cuando no había acuerdo y cuando no se había producido acuerdo por ninguna otra vía, los asuntos de discrepancia debían solucionarse por la vía del arbitraje.
-¿Qué tan complicado era el asunto para Chile?
Para Chile el asunto de arbitraje de Laguna del Desierto nunca fue un asunto fácil, y no fue un asunto fácil porque había opiniones con antelación producidas de parte de Chile que eran adversos al criterio que la cancillería sustentaba y que, en definitiva, resultaron antecedentes que se incluyeron dentro de la argumentación de los árbitros para resolver a favor de la tesis argentina.
Me refiero al mapa hecho por el Instituto Geográfico militar el año 1956, en donde claramente se establecía que esa parte del territorio discutido era argentino, y lo era como consecuencia de la determinación de las aguas, etc, de manera que hubo mapas chilenos que llegaron a esa conclusión. Cierto es que la cancillería retiró esos mapas, pero los mapas estaban en los antecedentes de los archivos de la cancillería argentina y fueron hechos valer en su oportunidad.
Antecedentes de la misma índole habían, como las opiniones de Barros Arana, que era una de las eminencias en la materia en el siglo XIX y fueron también sacadas a colación por la administración de los árbitros.
De manera que yo le digo que, cuando se analiza el asunto, deplorablemente y a pesar de los 10 años que han pasado, se ha analizado con mucho sentido de pequeñez política y sin analizar el fondo del problema.
Los que quieran analizarlo en profundidad, con un análisis objetivo de lo que es eso, que estudien el libro de Javier Illanes y se van a dar cuenta del grado de extraordinaria meticulosidad con que operó la cancillería.
Se ha criticado que los jueces hayan sido latinoamericanos y no europeos, y yo le digo, acudiendo a la más sana y elemental razón, ¿y por qué tendrían que haber sido europeos? ¿acaso en América Latina no existían personalidades eminentes como para resolver un problema?
Y es cierto que de los cinco árbitros tres le dieron la razón a la tesis argentina, pero eso tampoco se ha dicho. Se habló de la derrota de Chile, pero nunca se ha dicho que el fallo fue de tres votos contra dos, o sea que fue una cosa extremadamente discutida y de resolución muy estrecha.
Pero ninguna de estas cosas se ha analizado con objetividad y con seriedad, cuando ha existido el manejo interesado, desenfrenado, de culpar arbitrariamente a una cancillería que actuó recurriendo a sus mejores capacidades y a sus mejores hombres de carrera para defender ese punto.
