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La
arquitectura moderna
La arquitectura moderna nace a principios del siglo
XX en Europa, con las ideas de sus máximos representantes;
el franco-suizo Le Corbusier, el alemán Ludwig Mies
van der Rohe y el austriaco Adolf Loos, a quienes se les
uniría, aunque más tarde, el finlandés
Alvar Aalto.
Y aunque las ideas de estos arquitectos fueron la base teórica
y práctica sobre la que se funda la corriente, su
antecedente más directo es la revolución industrial,
con la aparición de nuevos materiales –como
el acero y el hormigón- y las técnicas constructivas,
las que sumadas a las dos guerras mundiales, inevitablemente
llevaron a una reinvención en la forma de entender
la arquitectura, sus aplicaciones y usos.
Otros autores prefieren verlo como una tendencia más
bien social, que reaccionaba frente al concepto de "modernidad";
otros apuestan por analizarlo desde la perspectiva del abandono
de los principios establecidos en la era victoriana.
El arquitecto chileno Hernán
Marchant explica que los “principios de su arquitectura
son el entendimiento de que la acción del ser humano
es un acto artificial, por lo que se basa en principios
de base como la línea vertical, la línea horizontal,
el ángulo recto… en general, los principios
de la abstracción”.
En este contexto, Le Corbusier y su fuerte apego al hormigón
como material casi único en sus construcciones, además
de sus planteamientos arquitectónicos, sumados a
la fuerza de La
Bauhaus, que buscaba conciliar la tradición artesanal
con la tecnología industrial, dominaron la escena.
Los arquitectos que desarrollaron este estilo buscaban romper
con la tradición arquitectónica, racionalizarla,
diseñando edificios que fueran por sobre todo "funcionales",
rechazando de plano la ornamentación sin motivo.
Un claro ejemplo es la Villa Savoye
de Francia. Esta obra muestra sus principios arquitectónicos:
planta principal separada del suelo sobre pilotes, planta
libre, sin subordinaciones respecto a la estructura, utilización
de ventanales horizontales por los que penetra abundante
luz y disposición de terrazas ajardinadas que permitan
desarrollar la vida al aire libre.
En términos generales estos arquitectos utilizaron
vidrio para la fachada, hormigón para las losas y
soportes estructurales, aunque el acero también fue
parte importante de sus materiales.
Aunque muchos teóricos de la arquitectura fijan como
fecha del término de esta tendencia el final de la
década del 60, otros aseguran que las influencias
de este movimiento fueron fundamentales para las nuevas
generaciones de arquitectos.
Sin embargo es durante esta década que las críticas
se hicieron más fuertes. Su geometría rígida
y rectangular fue calificada como "deshumanizante".
Esto sumado a dichos bastante desafortunados, como los de
Le Corbusier, que dijo "una casa es una máquina
para vivir", hizo que el género ganara una fama
de estéril, elitista y carente de significado.
Incluso un amigo personal de Mies van der Rohe, el arquitecto
Philip Johnson, dijo estar "aburrido de las cajas"
que construían.
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