Ataque
de Famosillos
02/08/04
Ya sé lo que me molesta de los famosos; especialmente
de los relacionados con la televisión. No es el hecho de que
estén en boca de todos ni que titulen los diarios ni menos que
tienen licencia para hablar tonteras. Es cuando su perfume de importancia
y exclusividad empieza a expandirse a mi territorio. Ahí apestan.
Me
explico. Con María fuimos a conocer el Confitería
Torres del cual ya he escuchado bastante, me han hablado suficiente
y por ahí me pidieron que contara cómo es este mítico
local del centro, que ya luce su renovada apariencia. La idea era llegar,
comer, tomarse un buen vino y disfrutar de una sobremesa que sólo
un lugar con esa trayectoria ameritaba. Al entrar, sin embargo, nos
encontramos con que una periodista del medio local había lanzado
esa noche su libro. Un libro que promete revelar los ocultos deseos
carnales de las féminas chilenas. No lo he leído y tampoco
pienso hacerlo. No me puedo imaginar que no haya nada mejor sobre qué
escribir en este país. Para peor no puedo abstraerme de la idea
de que, en el fondo, sólo lo leerán mujeres que no tienen
nada que soñar al respecto. ¿Te imaginas que sea un best
seller?
Bueno,
pero ése no es el tema. Asistía a tan notable evento toda
la farandulilla periodística, televisiva y literaria. Pero como
ya dije, eso en sí no importaba en absoluto. Entramos y buscamos
la mesa que más nos acomodaba. El Confitería Torres es
lo que promete. Un único y amplio espacio, con el techo tan alto
que llega a caber otro piso, decorado con esas mesas rectangulares que
siempre están listas para hacer una más grande; con esa
barra enorme y maciza que invita a sentarse por el sólo hecho
de ponerte a una agradable distancia del barman; pilares enormes que
se imponen en la mitad del lugar y un escenario estrecho que te acompaña
con música en vivo.
Pero
había algo que no funcionaba. El eventillo desordenó la
energía de este destacado local. Los mozos creían que
habíamos venido al lanzamiento, la atención estaba centrada
en otra mesa, nuestro pedido no llegaba nunca, nadie sabía qué
vino se servía en copa y ninguno entendió que veníamos
a pasar un buen rato. La noche, acá, no era nuestra y decidimos
buscarla en otro lado.
Mientras
paseábamos por las calles del centro en busca de otro lugar para
nuestra sobremesa, la farandulilla y los famosillos se perdían
lentamente en nuestra conversación: sobre el fanatismo incontrolable
de nuestro amigo Lukas por los ciclos de cine, especialmente dos de
los que vienen esta semana, uno de películas
chilenas y el otro de terror;
o la nueva página web que Cristián
Warnken tiene para anunciar sus talleres.
Llegamos
así al pintoresco barrio de la calle Concha y Toro y a su fotogénica
plazoleta y vimos que frente a ésta abrió un nuevo local.
El bar restaurante "Zully"
levantó cortinas hace dos meses, no se ha dado a conocer oficialmente
y ya hay que hacer reservas las noches del fin de semana. Tiene varios
rincones, piezas, esquinas y un mini patio central con fuente, repartidos
en una gran casona remodelada. Más no revelaré para que
lo vayas a conocer tú mismo. Antes de que lleguen los famosillos.
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