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El artista nació el 20 de abril de 1893 en Barcelona y allí estudió en la Escuela de Bellas Artes y en la Academia Galí. Su obra anterior a 1920 muestra una amplia gama de influencias, entre las que se cuentan los brillantes colores de los fauvistas, las formas fragmentadas del cubismo y las bidimensionales de los frescos románicos catalanes.

Luego del fracaso de una de sus primeras exposiciones, Miró se trasladó en 1920 a París, encontrándose con Pablo Picasso. Ahí, bajo la influencia de los poetas y escritores surrealistas, fue madurando su estilo. Las visiones oníricas, como “El campesino catalán de la guitarra”, “El carnaval del arlequín” o “Interior holandés”, a menudo comportan una visión humorística o fantástica, conteniendo imágenes distorsionadas de animales jugando, formas orgánicas retorcidas o extrañas construcciones geométricas.

El automatismo, una de las técnicas surrealistas, lo ayudó a alcanzar la absoluta espontaneidad. Mediante éste creó un universo pictórico nuevo, con símbolos que repetirá siempre (estrellas, palomas, sexos abiertos), de formas y colores en movimiento, rezumando libertad y alegría.

En lo personal vivía una época de crecimiento e independencia: su padre fallece (1926), se casa con Pilar Juncosa (1929) y nace su hija Dolores (1930). Vivió alternando largas estancias en París, Barcelona y Mont-roig y se convirtió en un cosmopolita. En lo intelectual evolucionó hacia una cultura cada vez más francesa y menos catalana, pues percibía a Cataluña como un lugar provinciano. En lo profesional consiguió el reconocimiento del público y de la crítica, e incluso un breve éxito comercial a fines de los años 20, antes de que legara la crisis económica internacional de los años 30, durante la cual mantuvo el reconocimiento crítico, pero apenas vendió sus obras.

Miró también experimentó con otros medios artísticos, como grabados y litografías, a los que se dedicó en la década de 1950. También realizó acuarelas, pasteles, collage, pintura sobre cobre, escultura, escenografías teatrales y cartones para tapices. Sin embargo, las creaciones que han tenido una mayor trascendencia, junto con su obra pictórica, son sus esculturas cerámicas, entre las que destacan los grandes murales “La pared de la Luna” y “La pared del Sol” (1957-1959) para el edificio de la Unesco en París y el mural del Palacio de Congresos y Exposiciones de Madrid.

En los años sesenta comenzó a pintar telas de gran formato. Son obras en las que el lenguaje de signos y símbolos aparece representado de un modo cada vez más sintetizado, mientras que la materia con la que trabaja, la gestualidad y lo imprevisto, rasgos que también son característicos de nuevos movimientos, como el Action Painting o el arte informal europeo, adquirieron relevancia.

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