A partir del año 1967 su obra gráfica también cobró un renovado dinamismo, cuando empezó a trabajar el grabado al carborúndum, inventado por Henri Goetz. Contrariamente a las técnicas de grabado tradicionales que consisten en vaciar la plancha de metal y cuya elaboración es más lenta, el carborúndum se consigue por relieve. La tensión creativa y la ejecución espontánea llevaron a Miró a emplear además medios poco ortodoxos e improvisados, como el dedo o la mano.
Su pintura evolucionó hacia la creación de un lenguaje propio, el llamado "onirismo esquemático", con tintas planas y signos esquemáticos y poéticos. Su estilo cambió de un modo trascendente: el énfasis pasa del realismo a la imaginación, de la representación del mundo exterior a la penetración en el mundo interior, de la inspiración en la naturaleza a la entrega a la poesía. El realismo detallista y el cubismo son superados por una progresiva sencillez, una depuración de los elementos secundarios.
En cuanto al terreno personal del artista, el de lo ideológico, fue un hombre lleno de contradicciones, pues sufrió una profunda división de ánimo, luchando entre sus ideas conservadoras y católicas sólidamente asentadas en su juventud y la influencia del mundo laico y ateo de la cultura en la que se desenvolvió casi toda su vida desde 1920.
Así, junto al hombre conservador cuyas raíces pequeño-burguesas lo podrían haber llevado a ser un intelectual franquista, se encuentra igualmente a un demócrata que no renunciará a oponerse, implícita o explícitamente, a las dictaduras y al fascismo de la época.
Miró gozó de una ancianidad vital. Las exposiciones fueron un éxito de público y crítica. Su prestigio en España se acrecentó. El segundo viaje a Japón (1969) aceleró un nuevo cambio formal y temático en su obra, y Miró profundizó en la filosofía oriental, aunque murió como auténtico católico practicante en Mallorca el año 1983 a la edad de 90 años.