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Sor Teresa de Calcuta:
La madre de los más pobres
Por Raquel Correa
El Mercurio, Reportajes. Domingo 19 de septiembre de 1982

“Celebro y respeto a los que luchan por la justicia y por los derechos humanos, pero nuestra misión es mirar los problemas individualmente, no colectivamente”.

“Yo no predico la resignación a los pobres; sí que acepten la pobreza con alegría. Mientras menos tenemos, más damos: ésa es la libertad de la pobreza”.

Millones de ojos, en el mundo entero, han visto a la monja del sari blanco con franjas azules recorrer las calles de Beirut, recogiendo a los niños que la guerra dejó sin hogar.

Millones de ojos en todo el mundo han visto su figura pequeña, encorvada, auxiliando moribundos pestilentes, limpiándoles sus heridas, susurrándoles secretos –que sí son de Dios- a los paupérrimos de su adoptiva India.

Millones de ojos la vieron recibir el Premio Nobel de la Paz sin más atavío que su sempiterno sari y sus viejas sandalias que le dejan los pies desnudos, los mismos pies que han recorrido incansablemente en el mundo alfombrado de lodo.

Y ahí está Sor Teresa de Calcuta, en una pequeña pieza de madera de pino en la población Santiago sentada frente a mí, con la vista baja, y las manos quietas. No pude dejar de pensar, mirándola, que algún día, tal vez, esté convertida en imagen en los altares.

Quizás no existen ojos que hayan visto más miseria que los suyos, ni manos que hayan mitigado tantos dolores como sus manos. Tiene la cara morena, enjuta, rugosa como un pergamino. Y unos ojos chicos inquietos –como de ratoncillo- que se inundan de luz cuando habla de los pobres y de Dios, sus dos pasiones, su pasión única en verdad.

Las manos oscuras de piel rugosa –suaves, sin embargo y muy frágiles- con sus dedos nudosos, palpan de memoria las cuentas del Rosario. Rosario que reza completo, todos los días, con sus quince misterios.

Casi no duerme –no más de cuatro horas diarias-; come apenas lo indispensable, y trabaja y reza todo el día, inagotable. “Cuando veo a mis hermanas cansadas les digo que se animen, que cuando estemos muerta tendremos tiempo para descansar”. Viaja sola, sin más equipaje que un pequeño maletín y –a Chile al menos- llegó sin programa oficial ni extraoficial alguno. Dejó esperando al canciller involuntariamente –ella estaba en misa en Batuco, donde su congregación tiene una modesta casa misionera, a la hora en que la esperaba en el Palacio de Gobierno-, pero tras muchos afanes y temores –“Sor Teresa se manda sola, más bien va para donde Dios la lleva”- terminó por dársele los consabidos ingredientes protocolares a su visita.

El cuarto voto

En términos humanos es una mujer sencilla, con una agilidad –física y mental- increíble para sus 72 años. No posa de nada. Quien la imagine como una monjita dulce y despersonalizada será el primer sorprendido al ver y escuchar a Sor Teresa, la religiosa que pasó la semana en Chile luego de un par de postergaciones, peregrinando por las casas de su congregación. Dicho así parece una gran cosa. En realidad son un par de casas pobres, pequeñas –como ella- capaces de albergar un amor bendecido por los más miserables, con sólo nueve religiosas hindúes, vestidas igual que ella.

Nacida en Yugoslavia como Inés Gonnsha, su historia es de sobra conocida. A los 18 años ingresó en el convento de Loreto, en Irlanda y allí habría pasado su vida ignorada, si no es porque la enviaron a la India a enseñar a niñas que no conocían la miseria en carne propia. Pero Calcuta –donde la pobreza es más descarñada y encarnada que en ninguna parte del mundo- su corazón descubrió lo que ella llama su “otra vocación”. Y fundó su congregación, las Misioneras de la Caridad. A los tres votos tradicionales –pobreza, obediencia y castidad- agregó un cuarto: “cuidad a los más pobres de los pobres. Los enfermos, los que están muriendo, los hambrientos, los marginados de la sociedad, los indeseables, los que no reciben amor, los abandonados”.

En la multitudinaria —y emocionante— reunión que celebró en Santiago con la Misión Joven se refirió a los requisitos para ingresar a su orden que nació con doce apóstoles hace 32 años y hoy cuenta con doce mil trescientas religiosas diseminadas en cincuenta y dos naciones. Vocación por descontada, se requiere, dijo, "tener buena salud de cuerpo y alma y una gran cantidad de sentido común. Si a una persona que se está muriendo de hambre se le habla con grandes palabras espirituales, esa persona no le va a entender, por eso necesitamos sentido común. Pero lo más importante es tener una disposición entusiasta y mucha alegría. No se puede servir a los pobres con cara larga".

Sor Teresa camina rápido y encorvada, como si tuviera mucha prisa. Y se ve tan frágil, insignificante, incluso. "Es transparente, como si no llevara nada encima, como si estuviera desnuda", comentó una periodista que no pudo sustraerse el embrujo que ejerce la religiosa.

Tiene una fuerza tremenda en la voz, como su si voz no saliera de ese cuerpo menudo, sino de la profundidad de una caverna. A ratos susurra con dulzura, pero es capaz de erguirse como una leona cuando cuestionan su enfoque de la caridad. Entonces, no parece para nada una dulce monja de 72 años, incluso es capaz de ser un tanto irónica y, más aún, desafiante.

Sor Teresa llevaba unos días en Chile, viajando de Santiago a Batuco, de Batuco a Santiago, encerrándose a orar, a hablar con sus monjitas, visitando improvisadamente el Hogar de Cristo, reuniéndose sin publicidad con los vicarios, siempre rodeada por multitudes y con decenas de periodistas a sus talones. Sentarse con ella a solas, para una entrevista quieta y formal, parecía algo absolutamente imposible. Llovía a cántaros ese día y la población Santiago estaba convertida en un lodazal. Las puertas de la casita del Hogar de Cristo donde viven las Misioneras de la Caridad estaban cerradas con cerrojo. Sor Teresa se encontraba en Batuco y llegaría en cualquier momento. Casi anochecía cuando apareció.

Entró a la casa con paso rápido. Ni siquiera se secó los pies empapados, saludó al Santísimo y, dócilmente, se sentó frente a mí en una pequeña pieza de madera. Las manos sobre la sencilla mesa tipo escritorio colegial. Bajo el hombro izquierdo, cerca del pecho, lleva prendido un crucifijo que le regaló el Papa Juan Pablo II. En el vertical de la cruz, una imagen de la Virgen María.

Sor Teresa me mira rápido y en forma penetrante. Luego baja la vista y se queda casi todo el tiempo así, con la cabeza gacha, reconcentrada.
—¿Ha visto mucha miseria en Chile, madre?
—En realidad no he tenido mucha oportunidad de recorrer.

—¿Lamenta no haber tenido mayor contacto con los pobres, que son sus preferidos?
—No, no —dice quedamente—, lo que yo deseaba ver, lo he visto.

Morir en paz con Dios

La miro ahí, tan quieta, tan entregada y recuerdo las imágenes difundidas por el mundo: Sor Teresa lavando retretes, limpiando leprosos, bajando los párpados de ancianos que mueren orando y bendiciéndola; hablando con los pobres y por los pobres. "Mendigando, también, si es necesario", dice en su inglés con acento de campesina italiana.

Pienso en el barracón del barrio Kalighal que mantiene en Calcuta parta instalar a los moribundos. Lo llaman el moridero. Sor Teresa dice:
—Ahí me gustaría morir... yo creo que, desde ahí, uno se va derecho al cielo.

—Madre, usted crea esos lugares, los "‘morideros", para ayudar a los más menesterosos a morir dignamente...
— Sí. —Responde con entusiasta firmeza.

—¿No cree, madre, que sería mejor ayudarlos a vivir dignamente?
—¿Acaso morir en gracia de Dios es algo malo? —Pregunta vivamente, se diría que dolida o molesta.

—¿No es mejor vivir dignamente que morir dignamente?
—Nosotros no hemos creado estos lugares para humillarlos. Nosotros ayudamos a las personas a morir con dignidad, con respeto. Los ayudamos a morir bajo un techo, con amor, porque son gente que no tiene nada ni a nadie. En vez de dejarlos morir en la calle, solos, les damos techo, amor, y los tenemos como hijos de Dios —responde con énfasis.

—Pero, ¿no encuentra más importante ayudarlos a vivir?
Me mira, profundamente, serena, y algo muy radiante le inunda los ojos.
—Lo más importante, para cualquier vida humana, es morir en paz con Dios.

El pan de cada día

—Madre, ¿usted cree que la pobreza es una injusticia o una bendición de Dios?
—Jesús vino a dar la buena nueva a los pobres y llevó una vida de pobreza. Eso no podría ser injusto. Lo malo es cuando nosotros creamos la pobreza, cuando nosotros somos causantes de ella. Y, en realidad, nosotros podemos crear pobreza material y también podemos crear pobreza espiritual. Podemos crear pobreza si rebajamos a la persona, privándola del pan y también podemos rebajar a la persona espiritualmente privándola de la palabra de Dios, no permitiéndole llegar a una vida cristiana; permitiendo que la gente muera sin ayuda, sin amor, en soledad, despreciados, descuidados, olvidados.

Numerosas veces, en todas las latitudes, se le ha cuestionado su manera de enfocar el problema de la pobreza . "Nuestro trabajo depende de lo que los pobres necesiten —explica—, si nos piden pan tratamos de conseguírselo; si no tienen quién les lave la ropa, nosotros se la lavamos. Si en algún lugar hay muchos huérfanos, hacemos un orfanato. Si hay muchas personas abandonadas por las calles, tratamos de darles refugio". No desdeña, en caso alguno, los "otros carismas". Ha dicho: "yo respeto y celebro a los que luchan por la justicia y los derechos humanos, pero nuestro contacto diario es con hombres que no tienen siquiera un pan. Nuestra misión es mirar el problema individualmente, no colectivamente. Nosotros —resume la misión de su congregación— tratamos con una persona, no con una multitud".

Ella misma ha definido sus afanes en una oración: "Mi comunidad son los pobres, su seguridad es la mía, su salud es mi salud. Mi casa es la de los pobres, no de los pobres, sino de los que entre los pobres son más pobres; de aquéllos a los cuales trata uno de no acercarse por miedo al contagio y a la suciedad, porque están cubiertos de microbios y de gusanos; de los que no van a rezar, porque no se puede salir de casa desnudos, de los que no comen, porque no tienen fuerzas para comer; de los que caen por las calles conscientes de que se van a morir, y a cuyo lado transitan los vivos sin prestarles atención; de los que no lloran, porque se les han agotado las lágrimas. De los intocables".

La libertad de la pobreza

—¿Usted predica, madre, la resignación a los pobres?
—No. No predico la resignación a los pobres, pero sí que acepten la pobreza con alegría. Y yo les digo eso a los ricos también porque, muchas veces, son más pobres que los pobres.

—Jesús dijo que le sería más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar al reino de los cielos. ¿Usted no lo cree así?
—Si el rico se apega a las riquezas materiales, le será muy difícil deshacerse de ellas. Naturalmente que será muy difícil para él, porque mientras más tenemos, menos damos; entonces, las cosas materiales se transforman en nuestros amos. Mientras menos tenemos, tanto más daremos. Esa es la libertad de la pobreza.

—Usted que ha visto tanta miseria y tanto dolor, madre, ¿nunca le ha preguntado a Dios por qué hace sufrir a sus criaturas?
—Dios no creó la pobreza.

—Pero la permite...
—La permite, porque él da libertad al hombre. Para mí la pobreza es la libertad.

—Usted escogió libremente la pobreza, pero ¿qué libertad para escoger tiene un niño que nace en la pobreza, de una madre alcohólica, sin padre?
—Ningún niño ha sido creado en esas condiciones. Cada niño es una creación de Dios. Y Dios nos da la oportunidad a usted, a mí, o a cualquiera, para cuidar de ese niño.

Respecto a la legitimidad o ilegitimidad de la rebelión contra la pobreza, Sor Teresa responde siempre.
—Es legítimo, e incluso bueno, la impaciencia como forma de insatisfacción con la pobreza si es que ello se da a nivel individual, espontáneamente. Pero si se da en forma articulada —de afuera para adentro; trabajada, como un sistema de ideas— es malo. El pobre tiene derecho a impacientarse si no tiene un pan para comer. Pero si se crea un estado de impaciencia, de revolución social, sin tener nada concreto y mejor para reemplazar aquello que se quiere derribar, no es correcto, porque, a la larga, no haría más que frustrar las esperanzas de los más pobres.

La caña y el pez

—¿Cuáles son las armas que usted esgrime contra la pobreza?
—Alimentar al hambriento, vestir al desnudo, darle un hogar al que no lo tiene.

—¿Y usted cree, madre, que basta con la caridad individual —un pan al que tiene hambre— o que se deben cambiar las estructuras de una sociedad que es la que produce las injusticias?
—Mientras hagamos el cambio de las estructuras de la sociedad, la persona que tiene hambre por ese pedazo de pan puede morir. Y nuestra parte es alimentar ahora al hambriento, vestir al desnudo ahora y darle, ahora, un hogar al que no lo tiene.

Y recurre al ejemplo de la caña y el pez, al que se refiere con frecuencia:
—Alguien me dijo que por qué, en lugar de dar el pez para comer no doy la caña para pescar el pez. Y yo le contesté: nuestra gente está tan débil, tan enferma, tan hambrienta, tan miserable, que ni siquiera puede tenerse en pie. Más aún, son incapaces de sujetar la caña para pescar el pez. Entonces, lo que yo hago es darle el pez para que se lo coma y luego, si es que está suficientemente fuerte, entonces se lo traspasaré a usted para que usted le dé la caña para pescar.

—Madre, ¿en qué tipo de sociedad cree usted que el hombre puede aprender a pescar mejor y obtener mejor pesca?
—La mejor sociedad es aquélla en que el amor de Cristo está vivo. Donde hay amor para amarnos los unos a los otros como Dios nos ama a cada uno de nosotros...

Me mira con una mirada radiante y sentencia, sonriente, sin el menor rasgo de malicia.
—Trabajos de amor son trabajo de paz.

—Pero, madre, ¿en qué tipo de sociedad se puede desarrollar mejor el amor de Cristo?
—Yo no estoy hecha para la política —contesta muy seria—. En su rostro rugoso no quedan restos de esa dulzura que la iluminó recién.

—¿Y no cree usted que la pobreza es un problema político, que el modo de afrontarla en la sociedad...
—Yo no me involucro en política. Lo mío —y la luz vuelve a su mirada— lo mío es poner mi amor por Dios, el fruto de mi oración, al servicio del más pobre, de los pobres. Y eso es lo que yo hago. Porque nosotros hemos sido creados para un propósito: para amar y para ser amados.