Términos y condiciones de la información © El Mercurio S.A.P.
Ver fotorama

Misioneras de la Caridad en Batuco:
Ancianos en retiro
Por Marcela Martínez Jalilie

Sólo son seis y atienden con abnegación y alegría a más de sesenta. Además, aportan víveres a la comunidad. No cobran un peso y trabajan desde las 5 de la mañana. Pero sin actividad, los ancianos esperan que los días pasen, aburridos.

Algunos ancianos dormitan durante la mañana bajo el sol

Un lienzo a la entrada de Batuco invita a participar de la vigilia y las celebraciones- ya pasadas- por la primera beata y fundadora de las Hermanas de la Caridad. Pintado a mano con azul sobre una tela blanca, igual que el sari que las caracteriza.

Sólo seis religiosas están a cargo del hogar de ancianos que atienden en la localidad. Una de las hermanas mira por la rejilla. Es una cara joven, amistosa, redonda, morena con ojos atentos y curiosos. Abre el portón celeste y, pese a su amable recepción, aclara de inmediato –con acento cantadito que no alcanzo a identificar- que no se permite tomar fotografías.

Un pañuelo blanco y azul cubre la cabeza dejando entrever el pelo corto hasta la nuca. El sari blanco listado de azul cubre hasta los pies su cuerpo abultado. A la altura del hombro izquierdo, un alfiler abrocha el sari y del mismo alfiler se asoma un crucifijo de metal.

La hermana parte en busca de Daisy, la superiora. El lugar es amplio y tiene un jardín bien cuidado. A lo lejos un hombre riega las ligustrinas. Más cerca hay rosas, diferentes tipos de pinos y tantos pájaros silvestres que su canto llega a ser molesto.

Daisy reafirma la prohibición de tomar fotografías y sugiere la fachada y el jardín como opciones. Nada más. Explica que preguntaron a los abuelitos sobre la posibilidad de las fotos, pero ellos prefirieron no acceder. "No podemos salir nosotras, ni tampoco dar nuestros nombres", dice de un modo suave y tajante al mismo tiempo. Se sorprende al saber que el suyo ya ha salido en la prensa nacional.

Carlitos juega a la entrada de Paz y Alegría

Ellas son dos de las cuatro monjas indias que trabajan en el Hogar de ancianos Paz y Alegría. El resto lo componen una colombiana y una mexicana.

Carlitos camina dificultosamente hacia la gruta de la entrada. Con una felicidad inmensa recoge una piedra, se sienta y comienza a raspar la banca de ladrillo.

Quince de sus compañeros están atrás, bajo el parrón, tomando el sol de la mañana. Casi todos dormitan con la cabeza gacha. Simplemente están, siete de ellos en silla de ruedas, contemplando la mañana pasar. No hay conversación ni sonidos, salvo la ranchera que sale de la radio que cuelga en la pared.

Mientras, Daisy habla a la sombra de un pino con un sacerdote que la visita por cerca de media hora.

Un avión interrumpe la quietud de vez en cuando.

Luego de atender a las visitas de una paciente, la superiora me hace pasar. Aunque accede a tomar fotos durante el almuerzo que se sirve a las 11.00, se retracta.

A la entrada hay una capilla y un panel con imágenes de la Madre Teresa y cinco tópicos escritos: pobreza, oración, obediencia, fe, sonreír a Dios. Luego, el pabellón de los hombres. "Dios te salve María, llena eres de gracia… ", el rosario suena fuerte en la radio del salón donde los ancianos están sentados, contemplativos. Enfermos, dormidos, despiertos, dormidos-despiertos, ausentes, pocos presentes. Algunas imágenes enmarcadas de la fundadora decoran el lugar.

Avanzo hacia la sala de las señoras –quienes escuchan lo mismo- paso el comedor, la cocina y llego al patio para ayudar a colgar la ropa a María y Jasna, dos voluntarias que van todos los días, pero los miércoles y sábado llegan más temprano porque toca baño y cambio de sábanas.

"Ponte un delantal mejor, si no vai a quedar toda mojá’ ", aconseja Jasna.

Con esmero y dedicación, las hermanas atienden a los abuelos

Con orgullo cuenta que todo se lava a mano y nada se centrifuga, salvo en el invierno. Se nota. La ropa, aún jabonosa, chorrea arrumbada en carros de supermercado. En el lavadero, un hombre intenta juntar partes de dos centrífugas que ya terminaron su vida útil para armar una, pero el experimento no resulta.

Las religiosas merodean con sigilo por el recinto. Van tan rápido de un lado a otro que es como si volaran, sin hacer ruido. Ordenan, organizan, sin mucha conversación. Desde las 5.00 de la mañana, cuando comienza su día, lo de ellas es sólo trabajar sin alarde.

Las vecinas están agradecidas de la labor de las hermanas, quienes además de atender a los 67 ancianos, reparten cerca de 180 almuerzos diarios y dan mercadería a varias familias todos los meses, incluidas las de ellas.

Cuando comenzamos a colgar la ropa del cuarto y último carro, explican que, al igual que en sus casilleros, las prendas de los hombres están identificadas con un número, y las de las mujeres llevan el nombre escrito con plumón.

"Son buenas las hermanas. Buuuuh. Son un 7. Y tampoco nos dejan estar tristes. Sobre todo la hermana Johanna, siempre está preocupada de nosotras, subiendo el ánimo…"

A las 11 suena la campana que llama a los viejos al comedor. Los que pueden llegar por sus propios medios ayudan a quienes están postrados a ubicarse en los lugares de siempre.

Obedientes y calmados comen la carbonada de salchicha y varios piden jugo que llega cuando casi han terminado de comer. Uno de los abuelos en silla de ruedas reclama porque su zapato quedó botado, pero nadie se lo recogió.

Durante el almuerzo, las misioneras ayudan a los que no pueden comer solos

Francisco, de polera roja, es privilegiado y, aunque vive en el hogar, puede ayudar en la cocina. El lugar es amplio y está iluminado por un tragaluz importante. Al centro está la cocina de seis platos con una gran campana. Alrededor muebles con cubierta de acero, el lavaplatos, la alacena, más muebles y otro lavaplatos más. En otra pieza, a la que se accede sin puerta, está la verdura.

Las religiosas se mueven rápido y sin hacer ruido. Sobre el sari visten un delantal a cuadros azules grandes, con las tiras atrás cruzadas. Van, vuelven, van. Reparten el almuerzo, dan la comida a los que no pueden moverse, sirven platos, escuchan esas vocecitas bajitas de ancianos necesitados. Recogen platos, ahora toca el postre, recogen el postre.

-¡Hermana, hermana, se va el abuelito!- una de las voluntarias alarma a Johanna, quien con calma devuelve al anciano a su sitio.

Después de terminar la ensalada de betarraga y la fruta cocida vuelven a reposar a sus respectivas salas o al patio, donde sigue el solcito. Algunos leen revistas viejas, pero nuevas para ellos y otros duermen la siesta.

Fue después del almuerzo cuando conocí a Pilar. Está de verde y usa unos anteojos de grueso marco negro que le dan un aire juvenil. Me acomodo a su lado y le pregunto si le gustó el almuerzo. Más o menos. Tampoco le gustan las madres, como las llama, sólo algunas.

Una de las religiosas se acerca con sigilo a la abuela de al lado y susurra.
- Cuándo no es copuchenta ella. Las madres se hacen las lesas no más.

De hecho. Ella me dice que no preguntaron a nadie la posibilidad de tomar fotos. "A ellas no les gustará".

Pilar parece ser una de las personas más conversables de ahí, una de las más despiertas. Entonces, esta señora soltera y sin hijos pregunta si conozco Valparaíso.
- ¿Es bonita, ah…? Es que ahí nací yo–. Empieza a ensimismarse, recordando, viendo.
- ¿Qué pasa, Pilar, qué pasa?
Es la voz alegre de la hermana Johanna. La mira con dulzura, le aprieta los cachetes.
- Esta mañana me estabas dando un besito, ¿qué pasa?
Le trae un pedazo de confort. La viejita se calma y la mira con esperanza mientras escucha sus palabras.
- Es que hace tiempo que no te mueves… ya vamos a ver qué podemos hacer.

Juan Domingo y Pilar prefieren reposar en la puerta del asilo

Luego del almuerzo, las religiosas se retiran a su casa, que es parte de la construcción, pero separada y donde sólo ellas pueden entrar. Allí van a misa, comen y permanecen hasta pasadas las 3.00 de la tarde.

A Juan Domingo –ubicado en la puerta- tampoco le gustó mucho el almuerzo. Dice que está aburrido, que sus hijos no lo vienen a ver, que se quiere ir donde su hermano. Me fijo en los restos de betarraga y zanahoria alrededor de su boca. Le pregunto si reza.
- Siiiiiiiiiiiiiiiiií- responde haciendo un gesto de desprecio con la mano.

Bajo el parrón descansa una decena de viejos. Podría ser cualquier momento de la historia, podría ser 20 o 30 años atrás, salvo por los aviones que pasan de tanto en tanto.

"Ahí va el avioncito, volando bajito". Leer es lo que entretiene más a Reinán, un hombre que de niño solía acompañar a su padre a comerciar mercaderías con los mapuches de su zona, de donde le quedan recuerdos de las fiestas con trutruca y algunas palabras en mapugundun. Dice estar contento y feliz; conforme, porque "cuando el pan está duro, hay que afilar los dientes". Sigue hojeando el diario del día anterior "Al leer buena lectura uno cultiva la mente y así no se pone demente". La reina de corazones aparece en los destacados de la publicación. Reinán lamenta que haya fallecido y dice que habría sido el príncipe, para haberse casado con ella. "También habría muerto", reflexiona.

Dos señoras interrumpen la quietud. Con voces fuertes y chillonas reparten galletas a los ancianos. "Ésta es para don Luchito", se escucha fuerte. Si le sacara el don podría pensarse que es una parvularia hablando a un niño. Y así pasan, uno por uno, dando "una ga-lle-ti-ta para endulzar la vida". Es casi un acento mexicano.

Francisco, que se encarga de las llaves del portón mientras las religiosas no están, abre la puerta a Vicky, que llega en bicicleta y trae unas flores; le pide decirles a las tías –Margarita y Blanca, las que repartían galletas- que llegó. Él parte solícito hasta que recuerda estar molesto. Da una rápida vuelta y responde "ah, pero yo estoy enemistado con ellas. Tuve un altercado con ellas recién". Y especifica que la pelea es con las dos, por lo tanto no habla con ninguna.

Vicky también tiene un problema, pero se lo comunica por separado a las mujeres y le dice que los miércoles va a ir sólo de pasadita. Margarita y Blanca suben a su Hyundai Trajet y Pegaut 207 respectivo y se van.

Entonces Rubén, quien llevaba más de una hora deambulando en busca de un pedazo de cigarro, encuentra la oportunidad para lograr su objetivo fuera de esas paredes. Camina oscilando hacia el portón. Mira por la rejilla hacia fuera. Despacio, abre la puerta y saca un pie a la calle. Lo entra. Luego, saca rápidamente los dos, no vaya a ser que se arrepienta.
-¿Dónde va?
- Aquí no má’.
Acepta la invitación a entrar.
- ¿No tiene un cigarro? –pregunta por segunda vez y sigue caminando por el jardín.

En la puerta de la casa está Pilar sentada. Juan Domingo se acerca. "¿Sos vos, Pilar, andas de verde?", le pregunta para cerciorarse. Juan Domingo es el único que no ha leído esta tarde, porque no tiene la vista muy buena. Cuenta que poco antes de venir a Paz y Alegría, tenía todo listo en el hospital Salvador para operarse, pero surgió la posibilidad de estar en el asilo y tenía que comenzar de nuevo todas las mediciones y exámenes, que nunca retomó.

Pilar cabecea, mientras Juan Domingo dice que no quiere más lío, que se había ido a otro lugar pensando que venían las hermanas. Pero ella no lo escucha, sino que duerme al sol con la lengua afuera.

Comienza la repartija de la colación. Un par de galletas o un dulce chileno para cada uno los sacan del letargo. Sus manos secas, tiritonas, reciben la golosina que disfrutan de a poquito, lento, igual que el día, igual que la tarde.

Nada de romance

Érika, que solía ir a bailar a las tanguerías, ahora se traslada con dificultad en su silla de ruedas; claro, está frenada. Tuvo visitas durante la tarde, pero como no tiene mucho espacio para sus pertenencias, debió repartir los regalos que le llevaron. Lo mismo pasó con su colchón Rosen hace dos meses cuando se internó, lo tuvo que vender. Reconoce muchísimas ventajas, como estar bien cuidada sin tener que pagar, pero le molesta además los problemas que le causa su incontinencia. "A veces me hago pichí y eso aquí es un pecado mortal"- dice furiosa con una voz debilitada, que apenas se escucha.

¿Qué pasa con los pololeos? "Una vez había una señora que pololeaba con el cieguito, el Manuel Jesús. Pero la trasladaron. Era más joven ella, eso sí", cuenta una de las voluntarias.

Érika lo confirma. "Otra de las desventajas es que no nos dejan tener amistad con los varones". Lo dice molesta y se queja por tener que ser tratada igual que cuando niña. "Si no queremos nada más que amistad".

Sarita, una de las hermanas aparentemente más jóvenes –tampoco pueden revelar su edad- dice que hombres y mujeres están separados porque ellos son "peligrosos". Al hacerle notar que la mayoría está en silla de ruedas y apenas camina, afirma: "No. Algunos sí se mueven".

La sigo. Ella trata de escabullirse, pero la superiora –que va saliendo con Joe a visitar familias de Batuco- le explica en inglés que me quedaré hasta las 7. Las hermanas hablan entre ellas en inglés, a veces también en indio. La monja advierte que no me dirá nada.

Todas las tardes algunas de las hermanas hacen recorridos por la localidad para visitar algunas familias, preguntarles por sus necesidades y compartir con ellas más allá del pedido de almacén que les envían periódicamente.

En la cocina, Norma, una de las trabajadoras, prepara té en grandes fondos. Por la puerta de atrás reciben el pedido de las verduras. En buen momento llegan sus hijas Norma y Alicia, que andaban buscando trabajo en la carretera, pero les fue mal. La mayor de ellas cuenta de un muerto que encontraron en un potrero. Ella lo conocía porque trabajaron en la misma fábrica. No se sabe qué pasó, pero es un claro asesinato. El cadáver estaba ahorcado y tenía espinos alrededor que no fueron suficientes para impedir que los perros le mordieran la cara.

Sarita y las dos personas que trabajan en el hogar limpian el piso de cerámica blanca del pabellón. Para poder limpiar, mandan a todas las abuelas a la capilla. Sarita es pequeña y morena, con cara redonda de india, piel lisa. Su boca es gruesa, tiene un poco de panza y sus talones secos se asoman de las chalas que caminan ágiles de un lado a otro. El jabón impregna todo el suelo y es una excelente excusa para mantenerme aislada. Sarita desaparece y no la vuelvo a ver.

Doy vueltas, muchas vueltas afuera y adentro, igual que las hermanas, aunque me falta volar. Por la cerradura de la puerta de una bodega la veo, con otra religiosa, ordenando.

Entonces sale, a recibir la carne y a explicar al repartidor que no están las madres, por lo que no puede pagar. Recibe la factura, 50 kilos de carne molida, otro tanto de tapapecho y queso gauda laminado.
- ¿Y cómo se mantienen?
Silencio
- Pero… ¿reciben aportes?
- No puedo decir.
- …
- Nosotras solamente vivimos con donaciones. Sólo eso-. Risa nerviosa. Silencio

La despensa es una pieza de unos 10 metros cuadrados. Hay estanterías para los productos de almacén, como leche condensada, azúcar, fideos; un refrigerador con un par de botellas de bebida, jugos Yuzz, yogurt; y un freezer para lo congelado. Mientras ordena la carne, Sarita alcanza a decir que ésta es su primera misión, se vino después de hacer los votos, hace dos años. Risa nerviosa. Silencio. Vuelve a caer en el mutismo.

El piso está casi listo cuando Mireya, empleada del hogar, se resbala. Le duele el brazo en el que se apoyó, pero prefiere ayudar a terminar la tarea. Quedó impecable y se escucha una canción de Ramazzotti.

Sarita limpia con vigor un baño en el lado de las señoras. Es una pieza luminosa, con azulejos y piso blanco. Tiene un lavamanos rectangular, grande, que más bien sirve de lavadero. No hay tina, pero sí una ducha. La monja levanta un tiesto, lo llena de agua, lo limpia, lo vacia, vuelve a llenarlo, escobilla el water, trapea. Todo con la rapidez de un rayo que no alcanzo a retener. Hasta que menciono a la beata.
-¿Y cómo vivieron la beatificación de la Madre Teresa?
- Nos juntamos todos en una vigilia…. estuvimos rezando esperando la beatificación.
- ¿Y están contentas de poder rezar a Madre Teresa?
- Nosotros siempre le hemos rezado, desde que murió, siempre.
Entonces como si se diera cuenta que ha hablado demás, opta por callarse de nuevo.

Ya es la hora del té es al mismo tiempo la comida en el hogar. Los abuelos avanzan con calma y vuelven a sus sitios de costumbre. A los que no pueden mascar se les da papilla. Sarita avanza rauda e impenetrable a la enfermería y saca un antiinflamatorio para Mireya. Vuelve y ordena pañales, se empina para alcanzar las bolsas y se agacha rápido para continuar ordenando. Sigue inconversable.
- ¿Habla con su familia de repente?
Hace un gesto de negación con la cabeza
- ¿Nunca, nunca? ¿Ni para el cumpleaños?
– No pregunte-. Risa nerviosa. Silencio.

Catalina es la interna más joven del hogar

Mientras en la cocina, Francisco, el chico responsable, gana una ración extra de galletas de la colación, en una de las habitaciones de mujeres, Sarita y Mireya tratan de hacer sentar a Catalina, una de las internas más jóvenes. "Otro poquito, otro poquito". Catalina no puede sostenerse y vuelve a caer acostada. Le falta la mitad de las piernas, tiene deficiencia motora y retraso.
La pieza es grande y tiene diez camas puestas frente a frente. Hay algunos íconos religiosos y también varias fotografías de la Madre Teresa. Mientras Sarita le da papilla, intento hacer más preguntas, por si se distrae, pero me dice que ya llegaron las demás hermanas, que converse con la superiora. Le explico que es ella la que quiero que me cuente de su sentimiento como religiosa, qué piensa cada noche, qué la alegra y qué la entristece…
- Pero ya basta- dice resuelta. Es la primera frase que reemplaza a la risa nerviosa y a los "no puedo decir".

Antes de irse, la hermana Samalí entrega las llaves Francisco, el hombre aventajado.
-Usted abre la puerta no más. Prestar, no. Cuando alguien venga o necesite salir, abre. Prestar, no.
- No.
- No. Prestar, no.

El paso a la libertad queda nuevamente a cargo de Francisco.
"Se cree la muerte", refunfuña fuerte Pilar.

Los ancianos más enfermos quedan acostados. Sólo algunos tienen un momento más para pasear en el jardín. Luego de ordenar, las monjas comienzan a retirarse a su casa silenciosamente.