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Reflexiones seleccionadas del libro Orar

El sufrimiento

Hace unos meses, encontrándome en Nueva York, uno de nuestros enfermos de sida me mandó llamar.
Cuando me encontré junto a su cama me dijo:
-Puesto que usted es mi amiga quiero hacerle una confidencia. Cuando el dolor de cabeza se me hace insoportable (supongo que están ustedes enterados que uno de los síntomas del sida son unos dolores de cabeza muy agudos), los comparo con los sufrimientos que tuvo que sentir Jesús por la coronación de espinas. Cuando el dolor se desplaza a mi espalda, lo comparo con el que debió soportar Jesús cuando fue azotado por los soldados. Cuando siento dolor en las manos, comparo el sufrimiento de Jesús al ser crucificado.

Cuando acababa de fundarse nuestra Congregación, tuve un acceso de fiebre muy alta.
Un día que estaba delirando, me vi ante san Pedro a las puertas del cielo.
Él hacía lo posible para impedirme que entrase diciendo:
- Lo siento. No tenemos chabolas en el cielo.
Yo me enfadé y le dije:
- ¡Muy bien! Yo llenaré el cielo de habitantes de los suburbios, y no te quedará otro remedio que dejarme entrar.
¡Pobre san Pedro!
Desde entonces, Hermanas y Hermanos no le dejan descansar.
Y no le queda otra alternativa que cumplir con su deber como portero del cielo puesto que nuestros pobres tienen reservada su plaza en el paraíso y con mucha anticipación, gracias sobre todo a sus sufrimientos.
Al final, no les falta otro requisito que el de hacerse con su billete de entrada para mostrarlo a san Pedro.
Los miles y miles de personas que han muerto con nostras, en nuestros hogares, lo han hecho con la alegría de contar con su billete para mostrarlo a san Pedro.