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Esa es una realidad epidemiológica, esa es una realidad
mundial. Lo que no quiere decir, bajo ningún punto de vista,
que lo que nosotros estemos diciendo es que la marihuana sea buena. Lo mismo que el tabaco y una serie de otras sustancias, el consumir marihuana en sí mismo no es bueno. El tema es qué es lo que las estadísticas realmente nos muestran con respecto a cuál es el verdadero daño que justifique determinadas políticas, que justifique unas legislaciones, unas miradas, unas estructuras, unos ordenamientos sociales, que como consecuencia muchas veces generan y producen más daño en la vida de las personas, que lo que las políticas pretenden resolver.

¿Crees que efectivamente la marihuana es el primer paso para acceder a drogas más duras?

No, porque ese es el típico debate que se ubica dentro de lo que es esto de la guerra contra las drogas. Desde una mirada institucional clásica, más bien atemorizadora, etc. Yo no estoy de acuerdo con la legalización, sino que estoy de acuerdo con la despenalización.
Es decir nosotros de una vez por todas tenemos que avanzar muy fuertemente en dar cuenta de aquellos espacios de dificultad, vulnerabilidad y posibles riesgos que en las poblaciones juveniles de nuestra sociedad van enfrentando en la medida en que las sociedades van cambiando. Y acompañarlos a enfrentar esas dificultades con mucho mayor transparencia y honestidad, que lo facilita el discurso que descansa en una mirada de reducción de daños y que no la facilita el discurso que surge básicamente desde el prohibicionismo.

Eso es precisamente lo que más se le critica a la ley 20.000…

Exacto. Que confunde a los consumidores con los traficantes y no sólo eso, sino que ya desde antes que saliera esta ley, una de las preocupaciones que nosotros teníamos y tenemos en el Hogar de Cristo, es que cuando se legisla de esta forma, de manera tan poco clara, básicamente se perpetúa esta suerte de trato diferenciado, en el sentido de que hay distintas sanciones, frente a las mismas faltas, dependiendo del nivel socioeconómico del infractor. Y qué es lo que ocurre, que el sistema, las personas que trabajan en el sistema, y no de manera malintencionada ni perversa, sino que porque así se han construido los procesos sociales, va a mirar a un chiquillo, adolescente o adulto joven, que provenga de sectores de pobreza y que producto de cómo se viste, cómo habla, del color de la piel, del largo del pelo, etc, etc, con dos pitos en el bolsillo, lo que va a ver el sistema en ese sujeto, necesariamente es un microtraficante.

Ahora, los mismos dos pitos de marihuana, en una persona de la misma edad, que tenga otro color de piel, que vaya a otro colegio, que hable de otra forma, que se vista de una manera distinta, probablemente lo que va a ocurrir es que se va a entender que esto no tiene que ver más que con una experiencia de consumo experimental adolescente, se va a llamar a los papás y se les va a decir, “sabe qué más, no lo vuelva a hacer, cuide a su hijo” y etc.