
Escohotado
afirma también
que las principales ramas
del budismo celebraron las
virtudes del cáñamo para la meditación
y en tratamientos para la oftalmia, fiebre, insomnio, tos
seca y disentería.
De hecho, fue el propio Buda quien en el año 800, habría
prohibido el consumo de alcohol entre sus súbditos,
pero no así el de la cannabis.
En su libro, Antonio Escohotado explica que la primera referencia
mesopotámica al cáñamo se produce en
el siglo IX antes de Cristo, en tiempos de los asirios, quienes
habrían utilizado la planta como incienso ceremonial
(para enfrentar el viaje a la muerte), encerrándose
en tiendas que sellaban, para luego arrojar cierta cantidad
de la planta (o alguno de sus derivados) sobre piedras al
rojo.
Igualmente es posible encontrar mención a esta hierba
en la Europa occidental, en el siglo VII antes de Cristo,
atribuyendo a los celtas la exportación de la planta
a todo el Mediterráneo. Algunas pipas y otros elementos,
dejarían constancia de su empleo en esa época.
Los griegos usaron también el cáñamo
con fines rituales y lúdicos, en ocasiones como sahumerio
y otras como incienso ceremonial. Para los romanos la hierba
tampoco les resultó indiferente, al punto de que la
Lex Cornelia, único precepto que se ocupaba del tema,
y que se mantuvo vigente hasta la decadencia del Imperio,
especifica que: “Droga es una palabra indiferente, donde
cabe tanto lo que sirve para matar, como lo que sirve para
curar, y los filtros de amor, pero esta ley sólo reprueba
lo usado para matar a alguien”.
En tiempos de los césares, era frecuente el consumo
de flores de cáñamo hembra (más conocidos
como cogollos) para “incitar a la hilaridad y el disfrute”.
Igual utilidad le daban los árabes en el siglo XI,
quienes la llamaban bangah, aunque de todas formas la recomendaban
como medicina para el tratamiento de “casos graves de
melancolía y epilepsia”. En determinadas ocasiones
la mezclaban con bebidas alcohólicas, las cuales aparecen
mencionadas incluso en “Las Mil y Una Noches”,
como “vino especial”.
Según Escohotado, al menos hasta mediados del siglo
XIII, la posición con que se enfrentaba el tema, según
Al-Ukbari (un erudito de la época), era: “Has
de saber que la ley islámica no prohíbe el consumo
de fármacos cordiales, con efectos como los del haschich.
Y puesto que no hay noticia alguna sobre su ilicitud, el pueblo
considera que está permitido usarla, y la usa”.
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