Hablar del 11 de septiembre de 1973 es un proceso difícil para Isabel Allende Bussi, porque son recuerdos que ha debido entregar muchas veces y siente que insistir sobre ellos puede terminar por mecanizar ese doloroso momento en que perdió a su padre, el ex Presidente Salvador Allende.

Este es el relato de lo que le tocó vivir ese día:

“Las llamadas comenzaron muy temprano el 11, pero no contesté porque estaba cansada y no quería oír más rumores. Finalmente, una llamada de Patricia Espejo, que trabajaba junto a mi hermana Beatriz (Tati) en la secretaría privada de La Moneda, me advirtió que había golpe y que mi padre ya estaba en el palacio presidencial. Sin pensarlo dos veces, me vestí muy rápido. Tal como había convenido con mi marido -después del intento de golpe conocido como el tanquetazo- me dirigí hacia La Moneda y él se llevó a mis dos hijos. No fue fácil llegar hasta allá. Logré dejar el coche a un par de manzanas. Entré faltando pocos minutos para las nueve de la mañana. Como mi vehículo no tenía radio, durante el trayecto no escuché ningún bando militar. Hasta ese momento, carabineros patrullaban las calles y al identificarme como la hija del presidente me dejaban pasar”.

“Es imborrable para mí la cara de sorpresa de Beatriz cuando me vio entrar. Ella me pidió que me retirara a Tomás Moro, que creía lugar seguro. Me negué. Más tarde, la residencia de Tomás Moro fue bombardeada aunque en ella sólo estaba mi madre. Al ingresar en la oficina de Tati hablé con Eduardo Paredes, quien intentó convencerme que me fuera porque "esto será hasta el final", mientras empuñaba un arma. En ese momento yo esperaba -o deseaba- que ese día sólo hubiera otro tanquetazo, rápidamente sofocado”.

“En el rostro de mi padre advertí una mezcla de sorpresa e incredulidad cuando me vio, junto con lo que creo era una íntima satisfacción de sentirse cerca de sus dos hijas, aunque -debo reconocerlo- nuestra presencia le perturbaba profundamente”.

“Poco después, nos reunió a todos los presentes en el salón Toesca. Recuerdo de sus palabras la decisión de quedarse en La Moneda, porque ése era su lugar, el que correspondía a un presidente constitucional. Dijo que él no iba a dimitir y que había rechazado las ofertas de abandonar el país. Pidió, en cambio, que sus asesores dejaran el palacio, ya que no estaban entrenados para usar armas y porque el mundo debía conocer lo que pasaba. Estaba muy preocupado por proteger a aquellos que consideraba que no debíamos quedarnos”.

“Había un gran contraste entre su decisión de quedarse y combatir, para dar una lección moral a los "traidores que rompían la ley" y la serenidad con que conducía y se preocupaba de todos los detalles de la defensa. Mi hermana y yo tuvimos varios diálogos muy difíciles con él, quien primero nos pidió, luego nos rogó y, después, con desesperación, nos ordenó salir ante nuestra resistencia”.

“Finalmente, con mucho dolor, accedimos. Él estaba convencido de que respetarían su solicitud de un vehículo militar para alejarnos de La Moneda. Al salir vimos que no sólo no había ningún vehículo, sino que el silencio y la soledad eran totales. Todas las tropas que atacaban el palacio se habían retirado. Alcanzamos a cruzar al otro lado, cuando comenzó el bombardeo, y nos alejamos en dirección opuesta al palacio, en medio de tiros aislados. Intentamos quedarnos en un hotel -creo que se llamaba Albión- pero lo dejamos al escuchar, en la recepción, un boletín de una radio que decía: "Frente a la resistencia encontrada en Tomás Moro, la Fuerza Aérea se ha visto obligada a bombardear". Las lágrimas que no pude contener, pensando en Tencha que estaba sola, nos delataron”.

“Habíamos salido seis mujeres y por alguna razón nos perdimos y sólo quedamos cuatro: Tati, Frida Modak (conocida periodista de televisión), Nancy Julián (cubana, esposa del presidente del Banco Central que estaba en La Moneda) y yo. Caminamos hasta la calle Santa Lucía. Allí hicimos autoestop, con la suerte que se detuvo un vehículo grande. Subimos diciendo que éramos secretarias y que no teníamos nada que ver con lo que pasaba. Nos llevó hasta la plaza Italia, donde había un fortísimo control militar y por primera vez vimos gente detenida, caminando con los brazos en alto. Mientas un militar revisaba los documentos del conductor, Tati, con un embarazo de siete meses, fingió tener contracciones, lo que nos permitió pasar sin más contratiempo. Más allá, por indicación mía, nos bajamos y, por una corazonada, me acordé de una compañera de trabajo que vivía cerca. Aunque nunca había estado en su casa, nos recibió con enorme cariño y preocupación”.

“Allí establecimos los contactos telefónicos. Poco a poco nos enteramos. Tencha a salvo: entre bomba y bomba logró salir y estaba en casa de Felipe Herrera, un amigo. Más tarde supimos de la muerte del Chicho, como le decíamos cariñosamente a mi padre, y también de la de Augusto Olivares, a través de Danilo Bartulín, médico personal que estaba en La Moneda y al cual dejan libre tras el ataque, aunque después lo vuelven a detener. Pasamos una noche de gran tristeza, todas con el alma encogida. No hay palabras para describir ese dolor”.

Este relato lo escribió Isabel Allende para el diario El País de España, en 1993.

Fotorama
Isabel Allende
Presidenta de la Cámara de Diputados
       
 
Términos y condiciones de la información © El Mercurio S.A.P.