Comenzó en el teatro cuando era estudiante de medicina en la década del 70. Psiquiatra de profesión, ha incursionado en la dramaturgia con éxito. Autor, además, de varios libros, en la actualidad sigue estrechamente dedicado a la escritura y a la realización escénica.

Para el 11 de septiembre de 1973 yo tenía 21 años flamantes, recién cumplidos en enero. Cursaba quinto año de Medicina en la Universidad de Chile.

Ese día 11 yo acababa de llegar a la Facultad. Estaban en paro los médicos y los alumnos, sumados a algunos doctores que no se habían plegado al paro por razones éticas o ideológicas, cubríamos las necesidades asistenciales. Yo debía ir al policlínico de cirugía.

Los primeros bandos me pillaron en plena Escuela de Medicina, cerca del casino. Los escuché en la radio de la peluquería de la Facultad. Mi primera sensación a lo que escuchaba fue sentir temor y temblor, estupefacción. Miedo, mucho miedo. Muchísima rabia, pero a la vez incredulidad.

Recibíamos todo tipo de información cruzada. La supuesta organización de una resistencia, la convocatoria a asambleas.

Me contacté con mi padre, médico, quien estaba trabajando también. Desde las torres del Hospital J.J. Aguirre vi el bombardeo sobre la Moneda. Fue el momento más impresionante. Feroz, imposible de olvidar.

Esa mañana me había levantado muy temprano para ir al Hospital. Llegué y me enteré del golpe. De ahí en adelante quedé vagando entre la escuela y el Hospital, yendo y viniendo de asambleas y mitines, hasta encontrar a mi padre en Dermatología, donde trabajaba él. Había decidido que volvíamos a casa. Ya se había informado del toque de queda y ya se habían realizado los bombardeos.

Con otro médico, en un Simca 1000, nos fuimos a casa. Llovió suavemente. En casa estaba mi hermano, que no había alcanzado a partir hacia su hospital (cursaba 2º año de Medicina en otra sede), y mi madre.

Mi padre dirigió la quema de todo material político sospechoso. En el barrio, a pesar del toque, veía a mis amigos moverse, juntarse, conversar. Se oían los tiros, las ráfagas de metralleta, los helicópteros. Escuchábamos atentamente la radio.

Cuando se supo de la muerte de Allende, quedé muy impresionado. Juré escribir algún día una obra con todo lo que veía. No recuerdo cómo conseguimos dormir. Sólo recuerdo la fogata en el patio y la visita del presidente de la junta de vecinos, de oposición a Allende, que quería tranquilizar a mi padre, que no nos tocarían los militares. Eso nos dijo él, yo sólo los vi conversar.

Cenamos no me acuerdo qué. Sólo recuerdo la noche y las balaceras. La angustia del largo toque de queda del día siguiente.

Hablé mucho por teléfono con mi polola de entonces. Su padre destapaba champaña.
No lo toleré. De todas maneras hablamos varias veces ese día y esa noche y
el día siguiente. Sentía que todo se venía abajo.

Fotorama
Marco Antonio de la Parra
Psiquiatra
       
 
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