El actual vocero de la familia Pinochet y ex Vicecomandante en Jefe del Ejército tenía 35 años para el golpe militar de 1973. En ese entonces era alumno de la Academia de Guerra del Ejército y dos años después fue destinado al Comité Asesor de la Junta de Gobierno, con el grado de Mayor. Desde 1980 hasta 1984 el entonces Presidente Augusto Pinochet lo distinguió con el cargo de Sub Jefe del Estado Mayor Presidencial, para continuar, luego, como Jefe de la Casa Militar de la Presidencia de la República.

Ese día para mí empezó el 10 y no el 11. Era alumno de la Academia de Guerra del Ejército y tenía 35 años.

Estábamos en un juego de guerra y de pronto se suspendió, y todos los alumnos de la academia fuimos distribuidos a nuestros puestos del Ejército. Partimos en plan de emergencia y a mí me tocó ir al Comando de Institutos militares.

Sabíamos que la situación era crítica porque había un caos generalizado en el país, pero no sabíamos con certeza que iba a haber un pronunciamiento, aun cuando lo sospechábamos.

Nos dijeron que nos presentáramos a las cuatro de la mañana porque a las cinco íbamos a tener una reunión con todos los oficiales.

Todavía recuerdo las palabras del general (r ) Raúl Benavides, comandante del comando de institutos militares: “Señores, los mandos de la Defensa Nacional, los comandantes en jefe del Ejército, Armada, Fuerza Aérea y de Orden han resuelto interrumpir el proceso democrático y asumir la conducción del país. Éste es un viaje sin retorno”, dijo, en el sentido de que la decisión ya estaba tomada.

Luego empezó a preguntarnos, uno por uno, si estábamos de acuerdo y todos dijeron que sí, excepto un coronel, que decidió retirarse. Yo pasé a integrar el Departamento Tercero de Operaciones, donde era auxiliar.

Nosotros temíamos que se produjeran reacciones y ofensivas de grupos armados, o que la ofensiva se derivara en una guerra civil. Además sentía preocupación por mi familia porque estuve cerca de cinco días sin tener contacto con ellos, durmiendo sentado a ratos y donde podía. Sólo pude mandarle mensajes cuando las tropas pasaban cerca de mi casa, confiando en que las mujeres “mantuvieran el frente en orden”.

A nuestras tropas les tocó concurrir a la casa de Salvador Allende en Tomás Moro. Eso fue cerca de las dos de la tarde del día 11, y no encontraron a nadie. Se habían retirado todos los GAP y habían dejado la casa abandonada. Ahí vi por primera vez lo que era el armamento soviético. No lo conocía. Había una gran cantidad de fusiles.

No teníamos información sobre lo que pasaba en el resto del país, sólo sabíamos lo que nos correspondía por jurisdicción. Nos tocó atender muchos llamados telefónicos y se formaban verdaderas colas de gente que iba a denunciar a los partidarios del gobierno marxista. Luego empezaron a llegar las requisiciones, dinamitas, armas que estaban en manos de civiles. Teníamos que controlar y procesar la información que llegaba y verificar si era efectiva. Era un trabajo bien intenso.

En lo personal estaba bastante impactado con lo que sucedía. Se escuchaban tiroteos en las distintas partes de la ciudad. Pero la gran mayoría sabía que era la única salida que tenía el país y estábamos conscientes de eso. Estábamos todos motivados en contra del gobierno marxista. (...) Porque nunca había habido tal odio en el país.

Y no había tiempo para pensar porque se tenían que hacer muchas deliberaciones. Teníamos que hacer nuestro trabajo en silencio.

Entiendo que se cometieron errores y que hubo aberraciones pero no se puede juzgar la realidad 30 años después sin haber vivido ese momento.

Estaba convencido de que teníamos que sacar a esta gente. Estábamos convencidos de que lo hacíamos por los derechos humanos de todos los chilenos, por el bien del país y no se puede juzgar a los militares como si fueran vulgares criminales. (...) Porque ¿quién es el más culpable, el que sembró la cizaña o el que podó la cizaña?

Fotorama
Guillermo Garín
General (r) del Ejército
       
 
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