En
1973 tenía 31 años. Era colaboradora en las revistas “Paula”
y Mampato”. Luego del 11 de septiembre abandona el país
junto a su familia. Desde Venezuela publica sus primeros libros. Vuelve
a Chile en 1990, pero actualmente vive en Estados Unidos.
Aunque tenía 31 años en 1973, fue ese día 11 de
septiembre cuando me hice mayor de edad. Aquel martes fatídico
salí de mi casa camino a mi trabajo, en la Editorial Lord Cochrane,
a bordo de mi Citroneta pintada de flores.
Cuando llegué, encontré la oficina cerrada. El portero,
eufórico - era muy momio-, me mandó de vuelta a casa.
“Así que esto es un golpe militar”, pensé,
con más curiosidad que susto. En los paraderos de micros había
trabajadores esperando buses que no llegaban; la ciudad parecía
extrañamente vacía, casi fantasmagórica.
Decidí ir a ver a la señora Hilda Arenas, quien era como
mi madre y vivía en Bilbao, porque ella tenía teléfono.
Por un lado quería ver lo que estaba sucediendo en Santiago y
por otro estaba preocupada por mis niños.
La señora Hilda me dijo que su marido, el profesor Osvaldo Arenas,
estaba en el Instituto Nacional y me pidió que lo fuera a buscar.
Don Osvaldo había salido temprano al Instituto y se quedó
allí porque no tenía auto y después no había
locomoción para regresar a su casa. Por eso fui a buscarlo.
Una vez que supe que mis niños estaban a salvo con mi suegra,
partí al centro. Crucé medio Santiago y me di cuenta de
lo que sucedía. Vi las calles vacías y los convoyes militares.
Me quedé en el Instituto Nacional un buen rato, esperando los
acontecimientos con el profesor Arenas. Con él escuchamos las
noticias en una radio portátil y vimos de lejos el bombardeo
de La Moneda.
Costó bastante regresar al barrio alto, porque había muchas
calles bloqueadas por soldados. Llegué a la casa como a la una
de la tarde, sin saber los detalles del alzamiento militar o de la destrucción
de La Moneda, pero muy alterada por los aviones, las bombas, el humo,
las inusuales escenas que vi en la calle y el hecho de que las radios
habían caído en manos militares.
El asunto era mucho más serio de lo que me había imaginado
al comienzo.
Escuché las últimas palabras del Presidente Salvador Allende
por la radio, pero no supe de su muerte hasta alrededor de las dos de
la tarde.
Me reuní con mis hijos y mi marido y nos quedamos en la casa
prendidos del teléfono, ya que la radio y la televisión
estaban censurados. Las líneas estaban muy recargadas, todos
los teléfonos sonaban ocupados, el clima era de terror.
Por fin logré hablar con mis padres, que eran embajadores en
Argentina, y ellos me confirmaron la muerte del Presidente, que ya se
conocía en el resto del mundo.
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