En esa época tenía 38 años y vivía en España. En la actualidad es docente en la Universidad de Pittsburg, cargo que desempeña paralelamente a su labor de director de orquesta.

Pero estaba en Santiago con mi esposa Trinidad, porque tenía que dar un concierto. En ese momento yo estaba ensayando ‘La pasión según San Juan’ de Bach. Vivíamos en La Reina, en la casa que nos prestaron unos amigos y recuerdo en forma muy vívida que, unos días antes del golpe, yo tenía que dirigir la pasión de Bach en la Catedral de Santiago. Recuerdo en forma muy presente de que esa noche estaba todo muy oscuro en la Plaza de Armas y la Catedral estaba llena. Había un ambiente muy tenso, muy expectante. Se sentía también cuando uno respiraba porque dentro de la Catedral entró un poco el olor de las bombas lacrimógenas que habían lanzado anteriormente, quizás en la mañana, en la Plaza de Armas. Pero lo cierto es que quedaba ese gusto ácido.

Esa presentación fue muy impresionante porque aparte de la impresión que produce esa música maravillosa, había un silencio, un fervor en el público. Algo se presentía, había algo extraño, sentíamos que algo iba a pasar, pero sin saber ni cómo ni cuándo. Durante el concierto lo que yo sentía de las personas era como un refugio ante una catástrofe que se avecinaba.

El fervor de la gente era muy impactante, había algo como de misericordia. Nosotros sentíamos que estábamos entregando lo mejor musicalmente dentro de este contexto indefinido, como estar ante un abismo. Recuerdo que al terminar el concierto me dio especialmente esa sensación de devoción. De por sí la pasión de Bach es un final lleno de esperanza, pero una esperanza después de haber pasado por una hecatombe. Recuerdo muy bien a una señora, no sabía quien era, que era evidente que conocía la obra y el idioma en que está escrita la pasión. Después de la presentación se acercó a saludar y a dar las gracias de forma muy solemne y dijo que al final de la pasión, cuando se pide el perdón lo había sentido como nunca presente y repitió las palabras en alemán. Repetía la aria también de la primera parte de la pasión, que es cuando está la negación de Pedro y él se da cuenta de lo que ha hecho, y pide un perdón, una cosa muy expresiva.

A los dos días estábamos en la casa de unos amigos y llegó la noticia de esto (el golpe militar) que habían transmitido por la radio y que teníamos que volver a la casa. Nos comenzamos a avisar unos a otros y luego, al volver a la casa, vimos como fue la destrucción de esto. Como la casa quedaba en La Reina arriba se veía Santiago, los aviones y el humo de la casa de Tomas Moro. Luego se veía también los bombardeos de La Moneda.

Fue una cosa muy brutal, de a poco se fueron terminando la transmisiones radiales quedando sólo algunas al mando de militares, éstas daban una impresión muy rara, de guerra, de violencia. Lentamente se fue armando todo esto, se iban dando noticias a cada rato dirigida por los militares y me impresionó mucho que habían vecinos, que no conocíamos, al otro lado de la calle, una de esas casas que tenía una terraza que miraba a Santiago, y que estaban celebrando. Caían las bombas y decían “bravo” y brindaban con champán. Ese sentimiento es una cosa tan atroz, porque independiente de las visiones políticas que podía tener la gente, eso era evidentemente algo atroz.

Como en esa época nosotros no vivíamos en Chile, muchas personas no sabían que estábamos ahí, pero había comunicación. Recuerdo una violencia desatada, de que algo demoníaco estaba ocurriendo en vista y presencia de todos. Y quizás una de las cosas más vívidas que recuerdo de ese período, aparte de esa pasión de San Juan en la Catedral que fue muy, muy importante, fue eso de la celebración de la muerte.

Después del golpe se empezó a saber y a llegar noticias seguidas de gente que se acercaban a contar que pasaba esto de las persecuciones y nosotros totalmente impotentes. No teníamos absolutamente nada que hacer frente a eso. Eso era otro recuerdo muy vívido. De que ante toda esta brutalidad estábamos simplemente inmóviles, no había nada que podíamos hacer.

Nosotros no estábamos involucrados políticamente, éramos simpatizantes de la Unidad Popular, especialmente en los primeros años, pero evidentemente estábamos espantados de lo que estaba ocurriendo y que terminara toda una tradición democrática de Chile. Era como si apareciera un Chile desconcertante. Después por supuesto, cuando uno comenzaba a escuchar de las muertes y de las persecuciones, bueno un horror no más. No hay ninguna justificación posible para la muerte.

Me quedé en Chile un par de semanas y después nos volvimos a Europa.

Fotorama
Juan Pablo Izquierdo
Director de orquesta
       
 
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