Además de haberse dado a conocer como escritor, es considerado uno de los grandes cantautores de América Latina. Fue uno de los iniciadores del movimiento La Nueva Canción Chilena junto a Víctor Jara, Violeta y Ángel Parra, entre otros.

Para el 11 de septiembre de 1973 yo acababa de cumplir 35 años. Realizaba mis dos oficios: la música y la literatura. También colaboraba como periodista con distintos órganos de prensa.

Hasta esa fecha había publicado ya seis discos LP con canciones propias, ganado tres Gaviotas en un mismo Festival de la Canción de Viña del Mar (1970) y publicado ocho libros: dos novelas, de las cuales una, "De noche sobre el rastro", recibió el Premio “Alerce” de la Sociedad de Escritores de Chile y de la Universidad de Chile, y la segunda, "Buenas noches los pastores" el Premio Municipal de Literatura 1973. Y otros seis ensayos.

El premio Municipal, que no pude cobrar en esa época a causa del Golpe de Estado, me fue otorgado en noviembre de 1998, y poco después la novela fue reeditada por la Editorial Sudamericana.

Ese día 11 de septiembre me hallaba muy temprano en la antigua Estación Mapocho, donde debía abordar el tren a Valparaíso. Tenía un concierto esa noche allí. Sin embargo, alrededor de las ocho de la mañana, el cajero me llamó y me pidió que devolviera los pasajes pues no habría tren al puerto ese día.

Comprendí inmediatamente que el golpe que tanto temíamos había llegado, y me dirigí a toda prisa a lo que llamábamos “una casa de seguridad”, que estaba prevista de antemano.

Dejé mi guitarra en la casa de seguridad y luego, en compañía de otras dos personas, nos dirigimos al centro, para averiguar qué estaba sucediendo. Llegamos a las inmediaciones de La Moneda, y nos tendimos en el pavimento, frente a la puerta de Morandé 80.

Uno de mis compañeros comenzó a filmar el ataque de los Hawker Hunter que bombardeaban el Palacio Presidencial, el segundo, fotografió la acción entretanto, yo trataba de grabar los ruidos de esa escena inolvidable que estaba viendo mientras la describía tal vez como se describe un partido de fútbol. Estábamos tirados sobre la acera para evitar las balas que volaban sobre nuestras cabezas o estallaban contra el pavimento.

En los alrededores había heridos y muertos y la gente corría desaforada en medio del humo y los cañonazos de los tanques. Desde nuestra ubicación, podíamos observar con toda claridad lo que ocurría. Asistimos, por ejemplo, al momento en que el presidente Salvador Allende despidió a todos sus amigos y a sus hijas en la puerta de Morandé 80 –hoy inexistente-.

Yo conocí mucho a Salvador Allende y participé en numerosas giras políticas durante sus campañas presidenciales como periodista, acompañándolo. Verlo allí, con un pañuelo en la boca, un fusil de asalto en las manos, un casco militar sobre la cabeza, y sus inconfundibles lentes ópticos me produjo un enorme desasosiego.

El beso que le dio a su hija Beatriz, quien fue asimismo gran amiga mía, conmovió hasta los cimientos mi sensibilidad histórica: sabía que estaba "mirando hacerse la Historia”. Pocos minutos después, un soldado disparó a la muralla, sobre nuestras cabezas, para indicarnos que debíamos abandonar el lugar, cosa que nos vimos forzados a hacer.

Con el tiempo, esta visión pasó a formar parte de una de mis novelas –El desorden en un cuerno de niebla-.

Retornamos a la casa de seguridad y allí permanecimos tres días, esperando algo que no sucedió. No creo haber dormido ni esa noche ni las que siguieron. Finalmente la abandonamos, dispersándonos.

Todo lo que estaba ocurriendo me generó mucha rabia e impotencia. Son dos sentimientos que no he logrado vencer en estos treinta años.
Fotorama
Patricio Manns
Músico y escritor
       
 
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