Senador socialista por la Tercera Región. Presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores y miembro de las Comisiones de Minería y Energía. Licenciado en Sociología y Profesor de Historia y Geografía Económica. Durante 1991 y 1992 fue presidente del Partido Socialista y entre 1994 y 1996 vicepresidente del Senado.

A la fecha del golpe de Estado que terminó con el mandato constitucional del Presidente Salvador Allende, me desempeñaba como Secretario General de la Universidad Técnica del Estado.

La noche del 10 al 11 de septiembre, participé, junto al profesor Eduardo Castro, Decano de la Facultad de Educación y Humanidades de la Universidad Técnica, en una reunión con dirigentes comunistas de la Universidad, discutiendo cuándo sacábamos al aire el canal de televisión de la Universidad Técnica, pues estaba listo el primer programa que se iba a emitir, se había levantado una pequeña antena en la calle Cumming, teníamos equipos algunos de ellos muy rudimentarios y esperábamos, por esos días, obtener algunos otros que nos iba a pasar Augusto Olivares del Canal Nacional para transmitir la misa ecuménica del dieciocho de septiembre.

La reunión en cuestión se llevó a cabo en la casa del profesor y dirigente comunista de la Universidad Jaime Rovira, quien vivía en una calle cercana a Pedro de Valdivia con Irarrázaval. En ella permanecimos hasta altas horas de la madrugada del día 11, discutiendo la estructura y funcionamiento del canal, de quién sería su director, de la orientación que tendría, de los encargados de áreas, etc.

Personalmente estaba dispuesto a asumir alguna responsabilidad en el canal y dejar la Secretaría General. Me gustaba la idea de incorporarme a un mundo tan particularmente atrayente como es el mundo de las comunicaciones.

Durante esa noche, como a las cuatro de la mañana, llamé por teléfono al entonces senador e importante dirigente del PS Erich Schnake a fin de informarle cómo iban las negociaciones sobre este nuevo canal universitario. Recuerdo perfectamente que, antes que mediara palabra alguna de mi parte, me dijo: “No sigan discutiendo huevadas que parece que el golpe está listo, ahora sí en serio”.

A eso de las cinco y media de la mañana, con Eduardo decidimos volver a nuestras respectivas casas. En su auto bajamos por la calle Bilbao y a la altura de la calle Antonio Varas percibimos movimientos de tropas, vimos vallas en las calles, rostros hoscos de soldados que se disponían para tareas mayores. No le dimos mayor importancia pues por esos días era usual ver dispositivos de esa naturaleza dado el clima de confrontación que vivía el país.

Ambos concluimos que todo aquello se debía a que la noche anterior había sido muy intensa debido a las manifestaciones callejeras de la oposición realizadas en la cercanía. Más concretamente entre las calles Carlos Antúnez y Providencia, y que por tal razón los militares y carabineros seguramente se habían visto en la obligación de tomar algunas precauciones frente a sus recintos. En ningún caso nos imaginamos, a las seis de la mañana de ese día, que lo que estaba ocurriendo eran las primeras movilizaciones para el golpe de Estado.

Recuerdo que Eduardo Castro me dejó en mi departamento de la Remodelación San Borja, ubicado en Portugal con Marín, muy cerca de su domicilio que estaba en la misma remodelación pero en Portugal con la actual Rancagua.

Eran alrededor de las ocho de la mañana cuando un amigo que vivía en el mismo edificio, el periodista César Fredes, me despertó violentamente. Mi sueño reciente o mi cansancio, más el hecho de estar en esos días solo, pues mi señora y mi hijo se encontraban en Valdivia, hizo que sus golpes fueran aún más estruendosos. Luego de algunos minutos logró que saltara de la cama, le abriera la puerta y en tono jadeante me dijo: “Levántate, negro, parece que los milicos se tomaron Valparaíso”.

Mi primera reacción fue decirle que no se alterara tanto, que a lo mejor era sólo un rumor de los tantos que corrían por esos días, que a lo mejor era un nuevo y fracasado tanquetazo y por lo tanto no le diera mayor importancia. “No, negro, si ya hay música marcial en algunas radios y Allende se dirige a La Moneda”, me respondió.

Me vestí lo más rápido que pude, tomé unos sorbos de café y bajé a la calle donde estacionaba mi auto. Ya en el volante decidí dirigirme a la Universidad. Tomé por calle Portugal hacia 10 de julio, bajé hacia el centro y por alguna calle que no recuerdo enrumbé para la Alameda. Ya en ella decidí pasar por las afueras del Partido Socialista que en ese tiempo se ubicaba en la calle San Martín, a dos cuadras de la Alameda. Deben de haber sido alrededor de las nueve de la mañana. Al pasar frente al edificio, el cuidador, el compañero Valenzuela, me hizo señas para que me fuera, que no me detuviera, que siguiera camino, cuestión que me hizo acelerar más el Fiat 125 de propiedad de la Universidad. Llegué a la Alameda y doblé hacia la Universidad Técnica. Con el tiempo supe que en ese instante algunos dirigentes del Partido estaban tomando la decisión de accionar unas bombas incendiarias que quemarían el viejo local partidario de San Martín 138. Así fue.

A las once y media o doce éste ardía por los cuatro costados. En la Universidad fue un poco más caótico. Al llegar, varios funcionarios se me acercaron a señalarme que a las seis de la mañana había sido asaltada la radio de la Universidad. Como prueba de ello me mostraron varias vainas de grueso calibre con las cuales habían destruido la radio que ese día iba a ser cabeza de la cadena nacional que iba a transmitir el discurso del Presidente Allende, en el cual anunciaría su decisión de convocar a un plebiscito para resolver los problemas que vivía el país.

Con el Rector Enrique Kierberg, visitamos la radio a fin de percatarnos de la magnitud de los daños. Al poco rato nos dimos cuenta de que a esa hora el recinto de la Universidad Técnica estaba siendo rodeado por efectivos militares. Muchos estudiantes habían logrado llegar a las distintas dependencias de la Universidad. Se hicieron asambleas improvisadas por Escuelas y Facultades, y entiendo que se convocó una asamblea general en los patios de la Escuela de Artes y Oficio. En ella habló el Presidente de la Federación, Oziel Núñez. Los funcionarios de la Casa Central, por su parte, me pidieron que les diera a conocer lo que estaba sucediendo.

El nerviosismo era generalizado, especialmente entre las mujeres. Las autoridades no teníamos mayor información salvo la que lograban entregar las radios que aún permanecían en el aire sin ser intervenidas.

Escuchamos las últimas palabras de Salvador Allende junto a un grupo de profesores y directivos reunidos en la oficina de la rectoría. Ese fue el instante en el que tomamos plena conciencia de lo que estaba pasando, que la situación era bastante más grave y que con entera seguridad el golpe ya había tenido éxito. Luego le hablé a los funcionarios en la escalinata que da acceso al primer piso; hablé pidiéndoles calma, que tuvieran tranquilidad, que era una asonada más, que no iba a tener consecuencias mayores. Tenía claro que mis palabras no eran sino paliativos a la inquietud y angustia que reinaba entre todos nosotros.

Los bandos militares se escuchaban con estupor, las marchas militares estremecían el ambiente. Muchos lloraban. La incertidumbre y la amenazante actitud de los soldados que permanecían en los alrededores provocaban pánico. Cuando empezaron a pasar los aviones que iban a ametrallar y a bombardear La Moneda, se me acercaron dos dirigentes del Partido Socialista para convocarnos a una reunión en el Pedagógico Técnico, en la sala contigua al Decanato que ocupaba Eduardo Castro. El punto fundamental de discusión era que sí nos quedábamos en la Universidad o la abandonábamos y nos íbamos a los cordones industriales.

Ya antes del golpe había llegado un instructivo de la Tercera Comuna del PS, que dirigía un compañero profesor de apellido Galleguillos, en el que se nos ordenaba que en caso de una emergencia de este tipo se privilegiaran los cordones industriales y la defensa del gobierno popular desde las fábricas y junto a los obreros. Empezamos a abandonar la Universidad. Debíamos de hacerlo de a uno. Al salir éramos revisados por los militares.

Yo tomé la decisión de abandonar la Universidad alrededor de las tres de la tarde junto con dos compañeros más en mi citroneta AK6 que la noche anterior había dejado estacionada en la universidad. En ella nos dirigimos hacia la Fundición Libertad que estaba en las cercanías de la Universidad, en el barrio Matucana. Al llegar al lugar, luego de haber traspasado un cordón de militares que curiosamente no nos revisó, recuerdo que unos trabajadores que estaban en la puerta nos pidieron que nos fuéramos, que ellos ya habían tomado la decisión de abandonar la fábrica. Efectivamente, por una de las puertas laterales veíamos cómo cientos de ellos con sus típicos bolsos de la merienda empezaban a dejar sus puestos de trabajo.

Luego de un rato de permanecer en las puertas de la fundición, nos dirigimos por calle Balmaceda hacia el oriente. Recuerdo haber visto a ciento de trabajadores que en sentido contrario caminaban apresurados, asustados por el toque de queda que se anunciaba. Eran tantos que tuve que irme muy despacio. Iban con el rostro encendido por la ira pero al mismo tiempo por la angustia y el temor. En ese momento asumí que el golpe no iba a tener mayor resistencia. Por lo demás, la noticia de la muerte de Allende corría por doquier como un rumor lúgubre que nadie aceptaba creer. Alrededor de las seis de la tarde, después de ir a dejar a las dos personas que iban conmigo, uno de los cuales era mi secretario, un compañero de apellido San Martín, y de recorrer algunas poblaciones y de ver cómo en algunas de las casas ya empezaban a asomar banderas chilenas puestas en algarabía por lo que estaba ocurriendo, llegué a la casa de mi hermana Eliana que vivía en la calle Víctor Rae en la comuna de Las Condes. Ella me confirmó la muerte del presidente. Su marido, Capitán de la Novena Compañía de Bomberos, le había llamado mientras intentaban apagar el incendio por uno de los costados de La Moneda. Con voz temblorosa y entrecortada le dijo: “Está muerto, lo vi con mis propios ojos“. Mi cuñado no era militante de ningún partido de la UP, pero era un allendista a toda prueba.

En las horas siguientes, ya con el toque de queda en vigor, traté infructuosamente de comunicarme con mis familiares que vivían en Valdivia a fin de saber de ellos, de mi mujer, de mi hijo y de conocer de la suerte de mi cuñado bombero. En esos instantes esas eran las preocupaciones fundamentales. Luego vendrían las otras. La incertidumbre en casa de mi hermana era total. Se había implantado el toque y aún no aparecía uno de mis sobrinos, militante de la Juventud Socialista. Extenuado apareció casi a medianoche luego de haber permanecido en una de las “tomas” que por aquel tiempo existían en sectores altos de Santiago.

Un último recuerdo de ese día que tanto marcó nuestras vidas. Debe haber sido muy tarde cuando escuché una transmisión de radio, proveniente de Argentina, que lanzó la noticia según la cual fuerzas del Ejército comandadas por el general Prats, se dirigían a Santiago desde Concepción con el fin de aplastar el golpe de Estado. Toda esa noche tuvimos con el alma pendiente de un hilo esperando los primeros signos de resistencia de parte de un sector del Ejército que nunca llegó. El General Prats ya había sido mostrado en la Televisión con rostro demacrado, con sus manos atrás como si estuvieran amarradas, anunciando que no había tal resistencia y que pronto se dirigiría a Argentina. La suerte estaba echada y la junta de gobierno podía sentirse segura y triunfante.

Fotorama
Ricardo Núñez
Senador
       
 
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