En 1973 tenía 51 años. Era senador por el Partido Socialista, del cual era, además, secretario general. Luego del 11 de septiembre salió oculto del país. Se exilió en Francia y regresó a Chile en los años ’90, ajeno completamente a la política.

Extractos del libro “Altamirano” de Patricia Politzer

“Hacía meses que yo tenía la convicción de que se preparaba el golpe, tenía múltiples informaciones de cómo avanzaba la conspiración militar. La noche del 10 de septiembre, mientras comía en la residencia del embajador cubano, Raúl García Incháustegui, empecé a recibir numerosas llamadas telefónicas para informarme de los movimientos de tropas que se estaban produciendo por todos lados, en Los Andes, en Santiago, en Valparaíso.

Entre las diez y las doce de la noche llamé a Tomás Moro tres o cuatro veces para comentar con Allende la gravedad de lo que estaba pasando, pero él insistía en que se estaban tomando todas las medidas (…).

Yo estaba convencido de que el golpe ya estaba en marcha. Insistía, pero desde Tomás Moro siempre me contestaban que habían hablado con el comandante en Jefe del Ejército -es decir con Pinochet-, con el jefe de tal regimiento o con algún almirante, y que todos tenían una respuesta clara frente a los que nos preocupaba.

No me convencían esas respuestas, y creo que tampoco convencieron a Allende ni a Letelier, pero qué podían hacer si los altos mandos -Pinochet, Brady, Carvajal- aseguraban que reinaba la más absoluta normalidad.

Me retiré relativamente temprano a mi casa, hablé un par de veces más con Allende hasta que me quedé dormido. A las cinco y media de la mañana sonó el teléfono y un compañero, que no recuerdo quién era, me anunció que ya no cabía duda, el golpe iba. Llamé de inmediato a Tomás Moro y Salvador me confirmó los hechos. En ese instante estaba terminando de vestirse para trasladarse a La Moneda.

“Para esa eventualidad” -le informé- “la dirección del partido ha previsto reunirse en Mademsa”.

Pero nada fue como se había previsto. No son pocos los que debieran responder por qué las cosas no marcharon, por qué los operativos no funcionaron, por qué el día del golpe ninguno de los seis compañeros encargados de mi seguridad llegó a buscarme (…). Tuve que llamar a mi amigo Carlos Lazo quien me pasó a buscar en su auto poco antes de las siete. No recuerdo por qué, en vez de ir directamente a Mademsa, partimos a las oficinas de la Corporación de Mejoramiento Urbano, Cormu, donde nos juntamos con los demás compañeros de la Comisión Política. En pocos minutos fueron llegando distintos dirigentes, como el subsecretario del partido, Adonis Sepúlveda, Ariel Ulloa, Rolando Calderón, Hernán del Canto y Arnoldo Camú.

La idea era ver cómo organizar la defensa del régimen. Lo primero que se hace es plantearle a Allende la posibilidad de que abandone La Moneda. Todavía era temprano, el edificio no estaba aún totalmente rodeado de tanques y podía intentarse un rescate en cuatro o cinco autos. No era algo descabellado, pero yo sabía claramente que la respuesta sería negativa. El tema se había discutido con Allende en más de una oportunidad y su reacción fue siempre la misma: él no abandonaría La Moneda.

Decidimos designar a Hernán del Canto, para que fuera a conversar con el Presidente y ver si en La Moneda existía algún plan operativo que pudiese ponerse en acción.

Desde la Cormu nos comunicamos con dirigentes que estaban en otros sectores, especialmente con Eric Schnake que se encontraba en la radio Corporación, que hasta ese momento seguía transmitiendo y estaba en permanente contacto con La Moneda.

Entre Schnake y algunos miembros de la Comisión Política decidieron que yo hablara por la radio, llamando al pueblo a defenderse del golpe fascista. Yo me negué; la información que teníamos no permitía que hiciéramos una llamada de ese tipo (…).

Después de una discusión, se acordó que la llamada la haría Adonis Sepúlveda (…) pero no alcanzó a transmitirse porque en ese momento la radio fue bombardeada.

Del Canto volvió muy pesimista: “En La Moneda ni hay ninguna posibilidad de preparar una defensa coordinada”, dijo, “(…) se ha producido el desplome de las pocas iniciativas de defensa que había y el Presidente está dispuesto a defender con su vida el mandato constitucional. Ya no hay nada que hacer”.

Al poco rato escuchamos el último discurso de Allende, que como todo lo que ocurría en esos momentos produjo opiniones encontradas (…).

A mí las palabras de Allende no me sorprendieron, eran coherentes con las discusiones que habíamos tenido en el último tiempo. Yo hubiera querido que el pueblo se defendiera, pero…

(…)

A pesar de que la situación se veía cada vez más grave, acordamos dirigirnos a Mademsa, pensando que desde esa industria era posible preparar alguna defensa.

Partimos en varios autos, yo iba con Adonis Sepúlveda, Hernán del Canto, Camú y, si mal no recuerdo, Rolando Calderón. Camú nos guió hasta un local en el sector de avenida Matta donde recogimos algunas armas. Era todo muy precario, un par de metralletas y un par de pistolas.

El control militar era cada vez mayor; un helicóptero nos detectó al salir de ese local y comenzó a descender sobre nosotros. Rápidamente acordamos dividirnos en dos grupos para que uno partiera directamente a Medemsa y el oro, formado por Adonis Sepúlveda, Del Canto y yo, es decir la dirección propiamente tal, se trasladara a la casa de un compañero que vivían en San Miguel para tratar de organizar algo desde allí. Teníamos que ver en qué otras industrias había resistencia y cómo podían coordinarse las actividades.

El compañero José Pedro Astaburuaga era un viejo militante del partido, no tenía ningún cargo dirigente pero nos recibió sin ninguna vacilación, y sin preguntar mayores detalles.

Desde allí nos comunicamos con dirigentes del PC y del MIR para tratar de ordenar las operaciones de resistencia que cada grupo estaba desarrollando por su cuenta. Pero los minutos pasaban y los acontecimientos ocurrían en forma tan vertiginosa que no teníamos capacidad para reaccionar. La posibilidad de una defensa eficiente era cada vez más remota.

Entonces comenzó el bombardeo a La Moneda. (…) Algunas horas más tarde vino la noticia de la muerte de Allende. Nos enteramos por la radio. Hubo reacciones de desconcierto, de rabia, incluso de irritación. Un compañero comentó que Allende había buscado esa situación. Algunos dudaban de que fuera cierto. Yo sabía desde hacía mucho tiempo que Allende había optado conscientemente por ese camino y que lo iba a cumplir. No tuve ninguna duda de que había muerto y sentí una enorme tristeza. Para mí había concluido una vieja y entrañable amistad.

(…)

Apenas habíamos asimilado su muerte, cuando nos dimos cuenta de que el vuelo de los helicópteros era cada vez más cercano. La casa del compañero Astaburuaga podía estar siendo vigilada. En San Miguel el tiroteo era intenso, los rumores y el relato de lo que estaba pasando en otras partes aumentaban el temor y el nerviosismo. La tensión se hacía insoportable. No podíamos seguir en aquel lugar que sería allanado en cualquier momento, como de hecho ocurrió algunos minutos después que salimos.

Faltaba poco para el toque de queda y acordamos que cada uno saldría por su cuenta, y que Hernán del Campo y yo nos comunicaríamos a través del compañero Astaburuaga, ya que ninguno sabía dónde iríamos a parar.

Era tal la indefensión en que me encontraba que tuve que aceptar la oferta del compañero Astaburuaga y pedir ayuda en esa casa humilde donde pasé la noche del 11 de septiembre. Hernán Cortés habría dicho “la noche más trágica y triste de mi vida”.

(…)

Era un matrimonio joven con un par de hijas, Dijeron que sabían perfectamente cuál era la situación y que no me preocupara. El tiempo corría, Astaburuaga se fue rápidamente, mientras a mí me ofrecían un dormitorio modestísimo con una cama.

(…)

Eran poco más de las seis de la tarde cuando quedé absolutamente solo en esa casa en la que no conocía a nadie. Entonces empecé a tomar conciencia de lo que estaba pasando. Hasta ese momento era tal el tráfago de acontecimientos, de exigencias, de decisiones, que no había tenido tiempo de pensar. Sólo ahora, en esa tremenda soledad, veía en toda su magnitud esta enorme tragedia que se estaba produciendo.

(…)

Tenía una angustia enorme, no tanto por mi situación personal, porque yo ya era un muerto en potencia, sino por la enorme tragedia que estábamos viviendo como izquierda, como pueblo, como país. No sentía miedo, quizás una cierta ansiedad, un deseo de que vinieran pronto y que todo terminara de una vez y para siempre. Tocaba mi pistola e imaginaba el enfrentamiento, sabía que era un suicidio pero tenia muy claro que no podía entregarme con vida.

Pero en esos instantes de suprema tensión, la propia muerte no es lo más terrible. Lo que me producía un mayor desconsuelo era el desplome absoluto de todo aquello en lo que habíamos creído y por lo que habíamos luchado durante tantos años. Era la derrota total. Oía balazos, imaginaba miles de muertos por todas partes y pensaba en la muerte de Allende. Pensaba en Salvador.

Fotorama
Carlos Altamirano
Ex senador y secretario general del PS
       
 
Términos y condiciones de la información © El Mercurio S.A.P.