En
1973 tenía 22 años. Era director musical del conjunto
Inti Illimani. Vivió el 11 de septiembre desde Italia, donde
permaneció por 16 años. Decidió abandonar el grupo
en 2001, aunque continúa ligado a la música.
Estaba en Italia. Habíamos partido de gira con el grupo Inti
Illimani, del cual era integrante y director, que duraría tres
meses. Salimos de Chile a mediados de julio y regresaríamos a
fines de octubre.
Pero estuvimos 16 años afuera.
En 1973 tenía 22 años cumplidos. Cuando me fui a Europa
tuve una conversación con mi madre bastante desesperanzadora
y pesimista por el grado de tensión al que se había llegado.
Me despedí de ella casi con la certeza de no saber si nos íbamos
a volver a ver en un tiempo prudente.
El golpe me sorprendió en Roma, en un día soleado de verano
con más de 40 grados de calor. Estábamos visitando el
Vaticano, precisamente en la Basílica de San Pedro, subiendo
innumerables escalas, cuando recibimos la noticia.
Era alrededor del mediodía. Alguno de los amigos italianos que
andaban con nosotros escuchó lo que pasaba por radio: había
una situación muy grave, un golpe de estado y no se sabía
nada de la suerte del Presidente Allende.
Ese fue el primer campanazo. Nuestra reacción fue de un escalofrío
inmediato, porque me di cuenta que se cumplía el presagio de
algo terrible que iba a suceder. La primera sensación fue de
un desamparo muy grande; una parte de la tragedia es haberla vivido
a cuadras de La Moneda y otra es haberla vivido a decenas de miles de
kilómetros. Son sensaciones terroríficas igualmente graves.
Cuando se rumoreaba que el Presidente Allende había muerto tuve
un escalofrío. Recuerdo eso como un momento tremendamente desagradable
en mi propia intimidad, porque para mí significó un dolor
que duró muchos meses.
Sentía un distanciamiento súbito del país y de
la posibilidad de acercarnos a conocer, en ese momento, lo que estaba
sucediendo.
Por momentos deseábamos estar cerca de los nuestros, yo pololeaba
en ese entonces – con mi mujer de ahora- y estábamos separados
por muchos kilómetros. Sufrí un golpe muy fuerte.
En medio de todo sucedió un absurdo: alguien echó a correr
el rumor de que mejor no llamáramos a Chile, porque de esa manera
podían darse cuenta, podían haber arrestos. Entonces nos
privamos de llamar como dos o tres días. No nos contactamos por
ese pánico, este terror que después fue bastante real
en Chile, pero que en ese entonces no sé que asidero tenía.
Al cabo de algunos días comenzamos a comunicarnos.
Tras conocerse la noticia se suspendió la visita al Vaticano
y lo que era un día de turismo pasó a ser una anécdota,
porque esa misma tarde redoblamos lo único que podíamos
hacer, que era cantar. Esa noche tocamos en Roma.
Esos primeros conciertos fueron tremendamente dolorosos. Sufríamos
porque el hecho de estar tan lejos era una suerte inesperada. Pero también
temíamos por nuestros padres, nuestras personas más queridas,
por no saber en concreto qué sucedía. Lo único
que queríamos era denunciar y participar en esta solidaridad
que nació con una espontaneidad asombrosa hacia Chile.
Había un nudo permanente en la garganta, una suma de muchas sensaciones,
desamparo, impotencia, rabia, incredulidad, porque a final de cuenta
todos pensábamos con muy buena voluntad que esto era una cosa
de un par de meses y luego se arreglaba.
La música era un arma maravillosa de trabajo que nos permitió
evitar, hasta un cierto punto, hundirnos en una angustia y dolor descontrolado.
Nos sentíamos con la obligación de cantar diariamente,
para participar en actos y mostrar la música de Chile.
Eso nos mantuvo en un trabajo permanente y en un viaje constante. No
tuvimos mucho tiempo para ahondar en nuestros pesares.
Ese 11, en forma inmediata y con una química muy violenta, cambiaron
todas mis perspectivas de vida.
Los primeros días dormía muy poco, es un dolor que no
se lo encargo a nadie, porque es un dolor que llevaremos por siempre
como una marca de una época de nuestras vidas.
Sentíamos una gran ruptura de nuestras vidas, de nuestra continuidad.
En Chile eso resultó, seguramente, mucho más grave que
para quienes estaban exiliados, porque al menos no teníamos a
nadie que nos viniera a pegar con una culata, pero los golpes eran igualmente
dolorosos y nosotros sentíamos en carne propia todo lo que sucedía
acá.
|