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Ex
secretario general del movimiento de ultra derecha “Patria y Libertad”.
Era segundo en el mando después del abogado Pablo Rodríguez.
La agrupación fue autodisuelta un día después del
golpe militar de 1973 y Thieme se alejó de la vida política.
Hoy es empresario.
El 11 de
septiembre lo pasé en la cárcel, procesado por sublevación
militar, hurto de aeronaves, y otros delitos. Tenía 30 años,
estaba casado y tenía tres hijos. Me había entregado a
las autoridades después de haber cumplido la misión clandestina
de “Patria y Libertad” el día 24 de agosto de 1973.
Y pasé detenido e incomunicado en la cárcel pública
hasta el día 10 de septiembre. Esa noche me levantan la incomunicación
y me trasladan a la Penitenciaría de Santiago. El 11 de septiembre
yo amanezco en la galería 12 de reos comunes rematados durmiendo
en una celda indescriptible, en condiciones miserables, en el suelo,
tapado con diarios porque el catre era una cosa putrefacta, llena de
paja, de piojos...
A las ocho de la mañana siento que tocan la puerta y alguien
me llama “Don Roberto”. Como a mí durante los 14
días que estuve detenido me trataban de “tú”
y con todos los insultos propios del lenguaje vulgar de la cárcel,
me sorprendió que me dijeran Don Roberto. Se trataba de un gendarme
que venía a despertarme, a ofrecerme sus servicios y a llevarme
una radio portátil. Me dijo: “Señor Thieme, los
militares se están moviendo y al fin estos tales por cuales de
los marxistas se van a ir a su casa”.
A continuación en la radio empecé a escuchar los bandos.
Sintonicé la radio Agricultura y desde la Penitenciaría
se vio que pasaban en vuelo rasante los Hawker Hunter que iban a bombardear
La Moneda. Seguí toda esta situación desde el patio. Me
sacaron de la celda y compartí con los reos comunes todo lo que
estaba sucediendo y finalmente vi la pasada de los dos Hawker que van
al norte, regresan y disparan a La Moneda.
Sentí una sensación de gran alivio y de triunfo después
de tres años de lucha. Debo haber sido de los primeros que plantearon
que la solución de Chile pasaba por el poder militar. Sentí
que habíamos tenido razón y que el éxito estaba
con nosotros; que todo lo que había sufrido y que estaba sufriendo
en esas condiciones miserables se justificaba.
Yo estaba en la cuarta categoría como preso y en la tarde me
trasladan a una especie de galería VIP. La celda parecía
un pequeño departamento y esa noche me reuní con detenidos
de “Patria y Libertad”. Recuerdo a Juan Enrique Prieto y
a otros jóvenes del sector universitario del movimiento. También
quedaban algunos detenidos del secuestro y asesinato del general Schneider.
Se formó un grupo con el cual yo conviví los días
posteriores al golpe hasta el día 24 de septiembre, cuando fui
liberado.
Alrededor de las cuatro de la tarde visita el recinto mi hermano, Ricardo.
Él es muy parecido a mí y toda la clandestinidad la pasé
con su uniforme y con las chapas del Ejército. Así yo
podía moverme por las calles.
Ricardo era oficial del Ejército, a cargo de una patrulla militar,
y venía a ver en qué condiciones de seguridad me encontraba
en ese recinto. Entramos a la oficina del alcaide, me da un abrazo emocionado
y me dice: “Roberto, vengo a ver cómo estás y a
decirle al alcaide que tiene que preocuparse de tu seguridad. Te quiero
comunicar que el golpe ha sido un éxito en todo Chile y que Allende
está muerto en La Moneda”.
Jamás pensé que íbamos a llegar a ese extremo.
Ahí toda la sensación de alegría y de éxito
se me avinagró un poco porque jamás pensé que íbamos
a llegar a ese extremo de una Moneda bombardeada por la Fuerza Aérea
de Chile y con un Presidente suicidado adentro. Eso no estuvo jamás
en mis libretos ni en cómo yo veía el desenlace de esto.
Yo lo veía como los golpes que se hacían antes en Chile,
con un procedimiento en que se rodeaba La Moneda, se ocupaba, salía
el Presidente y los militares se sentaban en el poder Ejecutivo. Yo
estudié mucho los golpes argentinos y era un experto en la materia.
Mi idea era un golpe de Estado a costo de vida mínimo. No era
necesaria tanta violencia porque Allende se rinde cuando se da cuenta
de que el golpe es institucional y saca a toda su gente afuera. Lo que
no es racional, es que a partir de ese momento lleven a los 20 GAP al
regimiento Tacna y los torturen en una forma indescriptible. Es algo
inexplicable, es una barbaridad.
No hay una correlación de fuerza que justifique la violencia
a la que se llegó: 80 mil miembros de las FF.AA. contra 40 individuos
civiles mal armados dentro de La Moneda.
Sentí una gran desazón por todo lo que estaba pasando
y porque yo conocía a Salvador Allende. Yo en mi calidad de mueblista,
por las ironías de la historia, cuando Allende era presidente
del Senado, le hice los muebles. Y después cuando asumió
la presidencia de La Moneda, le hice los muebles a toda el ala presidencial,
que es la que se quemó, y donde se suicidó.
No tengo ningún arrepentimiento en cuanto a que había
que terminar con este gobierno. Pero de ahí a lo que pasó,
me llevé una gran sorpresa.
El “Plan Z” fue un invento
Estoy absolutamente convencido y tengo la información de que
las “fuerzas paramilitares”, estos guerrilleros de la izquierda,
no eran más de mil, de los cuales 500 eran del MIR, 300 del Partido
Socialista y 200 del GAP. Todo esto desarticulado, mal armado, mal organizado,
y que ya estaba neutralizado previo al golpe con la ley de control de
armas. No podemos decir que el 11 de septiembre hubo resistencia armada
de la izquierda. No la hubo. El plan Z fue un invento para justificar
lo que vino después: la represión.
La posibilidad de que iba a haber una guerra civil es un mito inventado
porque las guerras civiles no se producen cuando hay mil guerrilleros
mal afirmados y 500 en el otro lado. Las guerras civiles se producen
cuando se dividen las Fuerzas Armadas.
Al día siguiente del golpe, este país estaba totalmente
controlado, no había más violencia. El día 13,
los supermercados ya estaban abiertos. Cuando fui dejado en libertad,
Santiago era una ciudad absolutamente normalizada. O sea no hubo resistencia
militar en ningún lugar de Chile. El mismo día 11 los
helenos, los socialistas más duros, se concentraron en la población
La Legua y ahí los Carabineros los aplastaron en 24 horas.
Diez días después del golpe me llevaron a declarar a la
fiscalía militar. Me sacaron en un furgón, encadenado
de pie y manos con otros reos, y me llevaron al Ministerio de Defensa.
Ahí me di cuenta que el golpe se había dado para otro
sector político.
Esa es mi experiencia. No puedo decir otra cosa porque lo viví.
Patria y Libertad después del golpe: “Un grupo de derrotados”
El movimiento fue autodisuelto al día siguiente del golpe. Cuando
salí de la cárcel me esperaban unas treinta personas,
me invitaron a una casa a celebrar y al día siguiente me dije
que debía comenzar a pensar en los muebles de nuevo. Después
de eso nos reunimos en octubre las jefaturas nacionales del frente para
analizar la situación y recuerdo que un dirigente empieza un
discurso y dice “pareciera que aquí somos un grupo de derrotados”.
Aún así decidimos apoyar al gobierno militar en lo que
fuera necesario, pero en la práctica cada uno volvió a
su trabajo.
La imagen de “Patria y Libertad” hoy día es que fue
un movimiento violentista y extremista. Todo el mundo nos veía
como unos antimarxistas histéricos que lo único que queríamos
era derrocar a Allende e irnos para la casa. No era así. Nosotros
coincidíamos con la UP en que Chile debía tener un cambio
estructural en lo político, económico y social. Y teníamos
nuestro proyecto. Desde ese enfoque me siento absolutamente frustrado
porque no se llevó a cabo la revolución nacionalista que
nosotros soñábamos, y que le propusimos a la junta militar.
Eso se reflejó en la primera declaración de principios,
pero después quedo todo en el papel.
Desde ese punto de vista, siento que todo mi esfuerzo fue inútil
y que quemé los mejores años de mi vida, mis recursos,
mi familia, y quedé estigmatizado como un violentista, ultra
derechista, fascista, nacista., lo que me ha creado y me seguirá
creando muchos problemas en el país. Salí muy castigado
con toda esta situación.
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