En 1973 tenía 54 años. Era subsecretario de la Naciones Unidas en Nueva York. Actualmente es senador de la Democracia Cristiana.

El 11 de septiembre de 1973 estaba en Nueva York. Con 54 años, era subsecretario General de las Naciones Unidas en esa ciudad estadounidense.

Ese día, alrededor de las 09:00 (hora local), recibí un llamado de mi esposa que estaba en Chile, contándome que escuchaba balazos disparados desde el techo del Museo Bellas Artes y que pasaban aviones de guerra volando muy bajo. Vivíamos en el último piso de un edificio en la calle Ismael Valdés Vergara.

En seguida tomé una radio y con mucho ruido escuché el discurso de despedida de Salvador Allende.

Decidí ir a mi oficina. No pude hablar con Santiago ni siquiera con CEPAL –Centro de Estudios Para América Latina y el Caribe- pero me llegó la noticia que Allende había muerto lo que me afectó mucho pues éramos amigos de muchos años.

Ese 11 debía viajar a Chile a participar en un seminario de alto nivel de funcionarios de Naciones Unidas que yo había convocado en CEPAL.

Regresé a mi departamento a las 17:00 horas y al poco rato llegó Juan Somavía, que viajaría conmigo. Poco antes de salir para el aeropuerto, se agolpó en el pequeño living un grupo de exaltados chilenos y periodistas americanos diciendo que en un canal de televisión de Washington el conocido locutor Walter Cronkeit había dicho que yo viajaba esa noche para encabezar la Junta de Gobierno en Chile.

Consideré el viaje. Negué terminantemente esa ridícula historia pero ni la policía, ni los periodistas la creyó. Mucho después supe que la había inventado un antiguo amigo americano, Larry Burns, a quien no había visto por largo tiempo, y que venía diciendo, desde unos tres años atrás, que yo debería ser el futuro Presidente de Chile.

En un auto y por el subterráneo, me llevaron hasta la loza del aeropuerto donde estaba el avión. Subí por una escalera especial y me sentaron en el asiento delantero, felizmente al lado de Juan Somavía.

El avión partió y los periodistas con micrófonos amarrados a largas varas trataban de entrevistarme. El Comandante, con gran respeto, se me acercó y me dijo que para “Pan American” y para él era un honor llevar a bordo al futuro Presidente de Chile. Ante mis negativas me dijo que entiende que yo no diga nada, pero que estaba a mi disposición.

En Miami pedí una manta y me tapé entero, porque subió una montonera de periodistas. Paramos en Panamá donde subió Ricardo Hormázabal, entonces diputado Demócrata Cristiano. Viajaban también Arturo Alessandri Besa y Fernando Léniz.

En pleno vuelo nos juntamos los cuatro chilenos en el pasillo para intercambiar opiniones, entrada la medianoche. El Capitán nos anunció que Pudahuel estaba cerrado. Redactamos un mensaje que firmamos los cuatro, dirigido al General Gustavo Leigh, pidiendo que nos dejaran aterrizar en Santiago. Nunca recibimos respuesta.

Llegamos al amanecer a Lima donde, en una tumultuosa conferencia de prensa, me preguntaron sobre mi anunciado nombramiento en el gobierno. Lamenté la trágica muerte de Allende, que era mi amigo, y condené el golpe militar con mucha energía para desmentir ese embuste que había dado la vuelta al mundo.

Pasadas algunas horas, me avisaron que el avión seguiría a Buenos Aires. Pensando que así me acercaría a Santiago, resolví seguir. Los demás esperaron en Lima. Al llegar a Argentina, el avión frenó en la pista antes de llegar al terminal. Me hicieron bajar, entregar el pasaporte y subirme a un auto de la policía que partió raudo por la carretera.

En un bosque cercano había una cabaña, donde fui atendido por la policía. Esperé casi dos horas que trajeran mi maleta. Un atento oficial me dijo que me estaba defendiendo de la indignación popular porque se había transmitido que Allende había muerto y que yo sería un miembro de la Junta.

Ese Golpe Militar había indignado a todo el mundo. Me llevaron a un buen hotel y me encerraron con dos policías con ametralladoras. Llamé al Embajador Ramón Huidobro, que me invitó a cenar. Después de una larga discusión con la policía me dieron anteojos negros y un sombrero.

En el auto de la Embajada, me encontré con Sergio Molina, amigo y ex ministro de Eduardo Frei que venía de Brasil, y con Margarita Anstee, representante de Naciones Unidas en Santiago.

Durante la comida llamaron de Santiago para decir que el Gobierno enviaría al día siguiente un avión para llevar a Chile a Sergio Molina, destinado a un cargo de Gobierno. Aceptaron también que viajara Margarita, pero no a mí.

Como no podía seguir en Buenos Aires, tomé el avión a Lima el viernes donde recibí un llamado de Tomás Amenábar, Jefe de Gabinete del ministro de Relaciones Exteriores, Almirante Huerta, quien me dijo que podía llegar a Arica.

Me comuniqué por radio aficionado con Santiago y supe que mi esposa estaba bien. Como estaba programado, seguí viaje a la Amazonía Peruana con el ministro de ese país de Relaciones Exteriores, Mercado Jarrín.
Fotorama
Gabriel Valdés
Senador DC
       
 
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