Periodista de la Universidad Católica de Chile y Premio Nacional de Periodismo 1997. Una de las escritoras más vendidas de nuestro país, gracias a su libro "Los zarpazos del puma".

Para el golpe, tenía 25 años. Ya era periodista, ya que egresé de la Escuela de Periodismo de la UC a los 21 años. Vivía con mi familia, cerca del Estadio Italiano, en Las Condes. Estaba entonces casada con Edgardo Marín, periodista. Teníamos dos hijos: Felipe, de un año y medio, y Ángela, de sólo cuatro meses de edad.

La verdad es que mi eje emocional -durante el gobierno de la Unidad Popular- estuvo puesto en la maternidad. Porque nuestro hijo mayor murió en julio de 1971. Tenía poco más de un año. Su pérdida significó un dolor tan grande que usé toda mi energía para aferrarme a la vida, a la cordura.

Quedé embarazada muy pronto y Felipe nació en mayo de 1972. Y la Ángela nació en mayo de 1973. Durante la UP, por tanto, me la pasé entre embarazos y crianza de niños. Igual trabajaba y en varias partes "pituteaba" mucho. Creo que el trabajo fue clave para no enloquecer de dolor ante la muerte de mi hijo mayor. Y después el trabajo fue clave para ser una mamá lo más normal posible. De lo contrario me la habría pasado encima de mis guaguas, comprobando si respiraban o no.

Trabajaba -sin horario- en la revista Ercilla, cubriendo noticias del área de Salud y Ciencias especialmente. Era también encargada de Comunicaciones de la Mutual de Seguridad. Y, por si fuera poco, era ayudante de Relaciones Públicas en la Escuela Militar... hasta el golpe.

Ese día 11 de septiembre yo no tenía que salir temprano de la casa. Primero me encargaba de los niños. Así que mi marido salió y volvió poco después, avisándome que había una asonada en marcha. Yo me quedé en la casa todo el día, escuchando radio y viendo TV al mismo tiempo. Tuve que calmar a los niños, porque los helicópteros en vuelos rasantes sobre la casa los asustaban mucho.

Vivíamos a pocas cuadras de la casa del Presidente Allende. Por eso era tan febril la actividad de los soldados en el barrio. Salí al jardín cuando escuché que venían los aviones. Tenía a mi hijo Felipe en brazos cuando comenzó el ataque contra la casa presidencial. ¡Fue aterrador! Ver los misiles salir disparados en diagonal desde los aviones fue una visión que me estremeció. Incluso un avión disparó en dirección contraria. Años después supimos que el error significó la destrucción de parte del hospital de la Fach. En todo caso, los aviones de guerra y el bombardeo de Tomás Moro, sumado al bombardeo de La Moneda, lo decían todo: había comenzado una pesadilla de
proporciones. Recuerdo el color naranja de los distintivos de los soldados sobre el uniforme verde oliva. Cuellos y una franja en una manga. De color naranja.

Yo les veía hasta los rostros con claridad, pese a que sólo se asomaban de las puertas abiertas de los helicópteros, apuntando con ametralladoras hacia tierra. Recuerdo que la temperatura de mi cuerpo bajó. Tuve mucho frío. Ni dos chalecos lograban calmar mis escalofríos. Tomé mucho café, fumé un cigarrillo tras otro.

Casi no hablábamos con mi marido, desde que él volvió a la casa como a mediodía. Sólo escuchábamos los bandos militares y las noticias. Mi primer acto de disidencia lo realicé ese día cuando las radios dijeron que los militares autorizaban a embanderar las casas, en señal de
adhesión al golpe militar. Un vecino vino a decirnos lo mismo. Mi marido me miró. Yo dije "no". Y nuestra casa quedó sin bandera.

Cuando empezó el toque de queda, la pregunta en el aire fue "¿Y ahora qué?". No éramos de izquierda. Yo militaba en el PDC y mi marido simpatizaba con el mismo partido. Pero sé que cuando supe que el Presidente Allende estaba muerto, me transformé en "allendista". No podía creer que eso estuviera sucediendo en mi país.

Al atardecer, comenzamos a destruir revistas, discos, documentos. Ya éramos presa del terror y entendíamos que había comenzado una pesadilla de persecución. Mi marido trabajaba en la revista Estadio, de propiedad de la estatal editorial Quimantú. Quemamos revistas de izquierda y
libros de marxismo, destruimos música de cantantes de izquierda...

Al otro día, con toque de queda aún, nos pusimos a trabajar en la construcción de una terraza. Ya teníamos los pastelones y la arena. Creo que gastamos nuestra energía así, para no pensar... para no imaginar qué le estaría pasando a nuestros amigos de izquierda, a nuestros familiares de izquierda.

Cuando pudimos volver a salir, no fui a La Moneda. No quería verla destruida. Creo que lo primero que hice fue ir al supermercado. Y tuve mucha rabia al comprobar que estaba bien abastecido. ¿De dónde había salido toda la mercadería que hasta el día del golpe estaba desaparecida, provocando en la gente tanta rabia contra la UP?

Laboralmente, mi inquietud se centró en la Escuela Militar. Obviamente yo no quería volver, pero entendí que renunciar entonces me ponía en peligro. Durante 10 ó 15 días me "salvé" porque la Escuela Militar no aceptaba el ingreso de civiles. Hasta que me avisaron -al teléfono de una vecina- que debía presentarme.

No fue tan traumático como yo preveía el acto de cruzar la guardia, mostrando mi TIFA (Tarjeta de Identificación de las Fuerzas Armadas). Porque la víspera llegó a mi casa Olaya Tomic, pidiéndome que llevara frazadas, ropa y útiles de aseo a su marido, Pedro Felipe Ramírez. Ella creía que estaba preso en la Escuela Militar. Él había sido ministro del gobierno de Allende. Así que entré a la Escuela Militar sintiendo que llevaba una misión humanitaria. Pero él ya no estaba allí, se lo habían llevado a la Isla Dawson.

Luego, uno o dos días después, mi hermano menor -que era alférez- pudo salir. Se había pasado acuartelado como dos semanas. Yo estaba en la revista cuando mi madre me avisó que él estaba en casa. Fui a verlo por la tarde.

Ocurrió entonces un episodio que culminó con mi salida de la Escuela Militar. Mi hermano contó cómo había sido el asalto a la casa del Presidente Allende, en el que había participado. Y mostró "souvenirs" de guerra, entre ellos una medalla de oro -Premio Lenin de la Paz- del Presidente. Mi madre se enfureció y le ordenó devolverlo a la Escuela, para que la guardaran en
el Museo. ¡Qué ingenuidad! Mi hermano, para disculparse, le dijo a mi mamá que se trataba de cosas mínimas, que los oficiales habían saqueado la casa llevándose cuadros, objetos de arte, muebles.

El hecho es que al día siguiente, en la peluquería, unas señoras estaban celebrando el golpe. Y yo
no encontré mejor manera de manifestar mi desacuerdo que comentar algo así como: "Pero hay cosas que no se deben hacer... como robarse cosas valiosas de la casa de Tomás Moro". Y di un par de detalles...

Cuando fui a la Escuela Militar, pocas horas después, ya me habían denunciado. Y el capitán -ayudante de la subdirección- me interrogó con gesto amenazante. Le mentí, le dije que jamás yo había hecho comentarios. Él sabía que yo estaba mintiendo, creo, y me perdonó la vida, o al menos, me liberó del arresto y las torturas.

Nunca más volví a la Escuela Militar -hasta hoy-, ya que avisé que estaba Enferma. El capitán entendió y ya...

Fotorama
Patricia Verdugo
Periodista
       
 
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