En
1973 tenía 20 años. Era militante de las Juventudes Comunistas.
Se exilió en Alemania y Cuba tras el 11 de septiembre. En 1993
se lanza como escritor con una saga de novelas policiales. Actualmente
vive en Estados Unidos, donde estudia e imparte clases.
Los vuelos rasantes de los Hawker Hunters, de algunos helicópteros
militares artillados y ver a los soldados de infantería que comenzaban
a cerrar las calles de acceso al Pedagógico, en Macul, fueron
los signos que me alertaron
de lo que estaba pasando el 11 de septiembre de 1973.
Estaba justamente en el Pedagógico de la Universidad de Chile.
A mis 20 años, estudiaba literatura latinoamericana y antropología.
Había llegado ahí luego de escuchar por la radio en mi
casa, en Luis Carrera esquina Vitacura, que había una sublevación
militar en contra de Allende.
Fui porque creía -después de todo lo escuchado de labios
de dirigentes como Volodia Teitelboim, Carlos Altamirano, Oscar Guillermo
Garretón y líderes del MIR- que “el pueblo aplastaría
el golpe de Estado”.
Yo era entonces militante de las Juventudes Comunistas (JJCC) con camisa
amaranto y carné. La orden que habíamos recibido para
el caso de emergencia era acudir a los puestos de trabajo o estudio.
Camino al Pedagógico pasé frente a la Escuela Militar,
en cuyo exterior había civiles, y vi que en el barrio alto estaba
todo en calma y la gente apoyaba el levantamiento. Intuí que
la cosa se ponía muy fea.
Ya en el Pedagógico constaté que el ánimo estaba
por los suelos. Estábamos en un patio interior, con otros agobiados
camaradas de las JJCC, obedeciendo las órdenes de mi organización
política. Nos informábamos de lo que ocurría a
través de una radio a batería de alguien y de los datos
que nos entregaba la dirección del partido.
Había una fogata frente al centro de estudiantes y la dirección
de la JJCC orientaba quemar los papeles comprometedores y los carnés
de los militantes. Recuerdo que los soldados nos miraban desde el otro
lado de las rejas y que yo quemé documentos ante sus ojos, a
pocos metros de ellos, sin poder imaginar, desde luego, que esos militares
armados hasta los dientes estaban dispuestos a todo en contra de compatriotas
indefensos.
Hasta ese momento no le había tomado el peso a la situación,
pues yo crecí yendo a las paradas militares del 21 de mayo en
Valparaíso, aplaudiendo los desfiles y entonando el himno de
la Escuela Naval. Pero no me había dado cuenta que estaba ante
un Chile inimaginable, ante un ejército que atacaría a
la izquierda como si ella hubiese sido un extranjero invasor.
No quemé mi carné, me negué a ello, y, cosa extraña,
me deshice de él, un año más tarde, en Leipzig,
Alemania Oriental, a donde llegué cargándolo con mi camisa
amaranto, aunque no recuerdo cómo empaqué todo eso.
Creo que después de mediodía, cuando me di cuenta que
nuestros dirigentes estudiantiles se habían puesto a buen recaudo
y La Moneda aun resistía, me dije que yo también debía
huir, que no estaba para carne de cañón.
Me encaramé por un muro posterior del Pedagógico, caí
en una calle desierta, crucé los cordones militares con cara
de lolo “ná que ver” y me fui a casa de unos amigos
“a dedo”, allá en Alcántara y Colón.
Los teléfonos aun funcionaban y tuve uno de mis últimos
contactos con la JJCC en Chile.
Vi el bombardeo de La Moneda desde el tejado de esa casa de mis amigos
con una tristeza e impotencia horrendas, escuchando, entre los estampidos
y la metralla lejana, cómo los vecinos celebraban y brindaban
por el fin de la Unidad Popular. Por la noche escuché Radio Moscú.
Comencé a intuir que acababa de presenciar la muerte definitiva,
a sangre y fuego, de un Chile que nunca más volvería.
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