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SU INCOMPRENDIDO ROSTRO POLÍTICO

En un tiempo marcado por las injusticias sociales y por el convulsionado panorama político, el sacerdote jesuita -que en siete días más se convertirá en el segundo santo chileno- tuvo que aprender a convivir con los ataques provenientes de diferentes sectores e incluso de la Iglesia, producto de las proyecciones políticas de sus actos.

ROCÍO MONTES R.

 



El jueves 21 de julio de 1920, Alberto Hurtado Cruchaga -de 19 años- terminó con la cabeza rota tras participar en una impetuosa manifestación del Partido Conservador en contra del entonces candidato presidencial Arturo Alessandri, considerado el "Anticristo" por propiciar la separación entre la Iglesia y el Estado.


Hurtado desde muy niño tuvo la intención de ingresar a la Compañía de Jesús. Pero las complicaciones económicas de su viuda madre Ana -que tuvo que hacerse cargo de él y de su hermano Miguel tras el fallecimiento de su esposo en 1905- lo hicieron retrasar su ingreso al sacerdocio, por lo que a los 18 años entró a estudiar Derecho en la Universidad Católica.


Pero aparte de las clases, que sólo le ocupaban las mañanas, Hurtado consiguió un empleo: secretario rentado de la Junta Ejecutiva del Partido Conservador, la tienda en que militaba su tío Miguel Cruchaga Tocornal.


En eso estaba cuando terminó herido en la marcha del invierno de 1920.


Con los años, el joven Hurtado -aquel estudiante de Derecho tan interesado en la política- se transformaría en el padre Alberto Hurtado.


En diciembre de 1951, treinta y un años después de la trifulca, le escribió una carta a su amigo Alejo Lira, el mismo diputado del Partido Conservador que lo había rescatado y le había curado su sangrante cabeza en la protesta del '20.


"Una cosa ha cambiado desde ese tiempo y es que creo que no puedo trabajar en el campo político, ya que la Iglesia me pide que trabaje en el campo estrictamente religioso. La situación de los católicos se ha hecho más difícil ahora por la división que hay en sus filas. En estas controversias no he querido meterme jamás, porque pienso que si los eclesiásticos participáramos en ellas serían aún más hondas. ¿Dónde encontrarían los católicos un terreno desapasionado en el cual unirse? A veces, desgraciadamente, esta actitud no ha sido interpretada en el espíritu que la ha motivado", sostiene el padre Alberto Hurtado en la carta escrita sólo ocho meses antes de su muerte, ocurrida el 18 de agosto de 1952.