Y se formó la Asich
Pocas semanas antes de renunciar a la Acción Católica de Jóvenes -hecho que adquirió un dramatismo misterioso para el religioso, según señala en su libro Magnet-, el padre había fundado oficialmente el Hogar de Cristo y a él se dedicó durante los siguientes tres años.
Sin embargo, había un problema que no salía de la cabeza de Hurtado: se daba cuenta de que el mensaje de Cristo no llegaría al mundo obrero mientras no se instalara en el mundo sindical la Doctrina Social de la Iglesia.
Hurtado se percataba de que los obreros tenían gran desconfianza en los católicos, ya que los únicos que se preocupaban de sus problemas eran el Partido Comunista y el Partido Socialista (los primeros controlaban el 80% de los sindicados, y los segundos, el 20%).
En esa situación -que consideraba preocupante-, el padre Hurtado no exculpaba ni a los patrones, ni a los católicos ni a la propia Iglesia.
Por eso el 13 de junio de 1947 constituyó la Acción Sindical Chilena (Asich). Se trataba de un grupo parasindical que se declaraba ajeno a la política y que pretendía -a través de escuelas para los dirigentes- hacer realidad la redención del proletariado de acuerdo con las normas de las encíclicas sociales romanas.
Sin embargo, el padre Hurtado necesitaba la aprobación pontificia para su proyecto social, por lo que el 18 de octubre de 1947 fue recibido por el Sumo Pontífice en una audiencia privada individual en el Vaticano -muy inusual para un sacerdote que no tenía jerarquía en la Iglesia-, donde el sacerdote le planteó la urgencia de penetrar con el mensaje evangélico al sindicalismo en Chile.
Tras la cita, en que el Papa le dio el vamos a la Asich, comenzó otro período de dura incomprensión para Alberto Hurtado. Hubo quienes lo acusaron de procomunista por defender una oportunidad para el sindicalismo obrero en Chile ("el cura rojo", lo llamaban en "El Diario Ilustrado", de propiedad de la Iglesia).
A esto se sumaba que, si bien el jesuita creía que el comunismo era un peligro, era contrario a combatirlo a través de elementos poco democráticos como la Ley de Defensa de la Democracia de 1938.
De acuerdo a Thayer, sin embargo, el sacerdote también recibió ataques desde otros sectores: los marxistas, los izquierdistas no marxistas y hasta los cristianos prosocialistas desconfiaban de Hurtado. Y no sólo porque el cura quisiera introducir el catolicismo en las clases obrera de Chile, sino además por tener origen en una familia aristócrata vasca y por su pasado en el Partido Conservador. Ahí donde trabajaba cuando sufrió una herida en su cabeza tras la marcha de 1920.