

La voz de Módena
Por Juan Antonio Muñoz H.
"Pienso que el público ama a las personas que se arriesgan y confía en los artistas que se entregan a su público''. Fueron palabras del tenor Luciano Pavarotti al llegar a Chile en diciembre de 1991 para su primer recital en el país, el segundo fue en 1995. Se presentó en el Estadio San Carlos de Apoquindo, pero realizó todos sus ensayos en el escenario del Teatro Municipal.
La frase designa bien lo que fue la carrera de este artista, completamente entregado en cuerpo y alma a la música y a la gente. Él vibraba con sus audiencias, y se emocionaba profundamente al sentir la respuesta: un silencio suspendido o una ovación eran el premio mayor para Pavarotti.
Su voz fue casi siempre una luz: hermosa, vibrante, de emisión italiana neta. Gestada en esos campos soleados de Módena. Un artista raro, de pertenencia casi inclasificable. Puccini fue su ámbito: Cavaradossi ("Tosca'') y Rodolfo (" La Boheme'') especialmente. Aunque Calaf ("Turandot'') con su fiato y la belleza de su timbre es inigualable. Como actor no era bueno, pero encantaba y emocionaba. En buenas cuentas: un tremendo artista en sí mismo, más allá de cualquier consideración estilística, de cualquier juicio sobre la apariencia y aun más allá de cualquier prejuicio operático.
Tampoco pueden olvidarse tres grandes papeles del belcanto: Nemorino entrañable ("El elíxir de amor''); Edgardo en competencia con la protagonista de "Lucía di Lammermoor'', y Arturo con la voz hecha un sol de belleza, en "I Puritani''.
¿Grabaciones imperdibles? Muchas. En Verdi, su "Baile de Máscaras'' del sello Decca (1982), con Renato Bruson, y "Rigoletto'' (1971, Decca). Luego, "La Boheme'' (1972, Decca), con Mirella Freni; "I Puritani'' (1974, Decca), con Joan Sutherland, su compañera también en "Lucia'' (Decca, 1971).
Contenido: Juan Antonio Muñoz, Gilberto Ponce, David Ponce e Iñigo Díaz