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La llegada al poder (1946-1952)

El 24 de febrero de 1946 Juan Domingo Perón triunfó en las elecciones presidenciales con el 55% de los votos, frente a un estrecho 45% de la oposición.

El general asumió el poder en condiciones favorables. La Segunda Guerra Mundial había convertido a Argentina en un poderoso acreedor de Gran Bretaña, que tenía una deuda de 1.700 millones de dólares con ese país. La exportación de carne y de trigo al Viejo Continente mantenía a Argentina en abundancia económica, alto consumo, salarios elevados y plena ocupación. Reinaba un ambiente de optimismo a todo nivel.

A comienzos del gobierno, éste aún dejaba espacios para la oposición, la que contaba con 44 escaños de los 120 que tenía el peronismo. Respecto de esta coalición, Perón ordenó disolver todos los partidos que la integraban para crear una fuerza única, el "Partido Único de la Revolución", que después pasaría a denominarse Partido Justicialista. La nueva colectividad era manejada a antojo y voluntad de Perón, quien organizó la estructura partidaria a modo de ejército, aplastando cualquier intento de rebeldía. El autoritarismo con que manejó a los peronistas, respondía a su carácter innato aunque también era una medida para mantener el difícil equilibrio interno de la colectividad.

Luego hizo lo suyo con la Confederación General del Trabajo (CGT), la central de sindicatos, donde intervino a aquellas agrupaciones que no se ajustaban a los parámetros delineados por la Secretaría de Trabajo y Previsión.

Para aquietar la disidencia al interior de las universidades, Perón solicitó la renuncia de los docentes más conservadores y creó una entidad oficial. Del mismo modo, inició un juicio político en contra de cuatro de los cinco miembros de la Corte Suprema de Justicia, poniendo en su lugar a magistrados afines a sus pretensiones políticas.

La derrota de las fuerzas opositora en las elecciones presidenciales de 1946 provocó el nacimiento de nuevos movimientos que se distanciaron de la Unión Democrática. Dentro del radicalismo surgió una fuerza denominada "Intransigencia y Renovación", que se autodefinía como "revolucionaria, popular, nacional, antiimperialista y antioligárquica". La colectividad acogía a las clases medias, a los sectores intelectuales y a los izquierdistas.

Los radicales pertenecientes a la Intransigencia y al Unionismo formaron en el Congreso el "bloque de los 44", que se encargó de cuestionar las improvisaciones económicas y los excesos de poder del gobierno peronista.

Sin embargo, "la contra" no tuvo mucho margen de acción pues la política represiva de la Casa Rosada, con las expulsiones, desafueros e incluso las detenciones de parlamentarios opositores, dejó a ese sector atado de manos.

Durante 1948, el gobierno comenzó a controlar a los medios de comunicación con la compra de las radioemisoras privadas. Éstas quedaron sumidas bajo los intereses de la secretaría de prensa de la Presidencia de la Nación, que montó un aparato de propaganda impresionante, el cual adoctrinaba a las masas para que rindieran culto idolátrico a Perón y a su esposa, y censuraba a las voces disidentes.

Ese mismo año fue clausurado el semanario socialista "La Vanguardia" y el radical "Provincias Unidas". A ello se suman las restricciones postales a la circulación de diarios como "La Prensa" y "La Nación", a los que también se les restringió el acceso al papel.

A pesar de la represión, el Gobierno de Perón supo ganar adeptos y la mayoría aceptaba las reglas del juego impuestas por el Ejecutivo sin cuestionar siquiera la legitimidad de ellas. En 1947, bajo el auspicio de Eva Perón, el Congreso aprobó una histórica ley que establecía por primera vez el derecho al voto femenino, medida que consiguió aumentar el número de electores a favor del régimen.

El nacionalismo económico

La política económica de Perón era nacionalista y estatizante. Con la nacionalización del Banco Central y la creación del IAPI (Instituto Argentino de Promoción del Intercambio), el Gobierno controlaba el sistema crediticio, los tipos de cambio y el comercio exterior. Fue repatriada la deuda externa, se crearon las empresas Gas del Estado y Flota Mercante Argentina, que luego pasó a llamarse Aerolíneas Argentinas; fue comprada la Unión Telefónica a sus propietarios estadounidenses y los ferrocarriles a los franceses. El 9 de julio de 1946 Perón proclamó la independencia económica de Argentina.

Esta euforia del Gobierno por efectuar adquisiciones oficiales haría sentir luego sus efectos en la economía, ya que a fines de 1947 el 32% de las divisas acumuladas durante la guerra se había evaporado y aumentó la inflación. A ello se suman los subsidios a la industria liviana y una política impositiva y salarial cuyo fin era mantener el alto consumo de la población. En 1954, el sector asalariado tuvo una participación récord (50,8%) en la distribución del ingreso nacional.

Según el historiador Félix Luna, Perón mantuvo un gasto excesivo pues confiaba en la venida de una tercera guerra mundial encabezada por ambos polos de la Guerra Fría, Estados Unidos y la Unión Soviética.

El primer gobierno de Perón no dejó grandes obras de infraestructura fuera del gasoducto Comodoro Rivadavia-Buenos Aires y el aeropuerto internacional de Ezeiza, los diques de Nihuil en Mendoza y de Florentino Ameghino en Chubut. No se hicieron obras de vialidad, pues de acuerdo con la doctrina social del Gobierno, el énfasis debía estar puesto en la construcción de escuelas, policlínicos y centros de recreación.

A Perón se le acusa de no haber aprovechado la riqueza acumulada en los primeros años de Gobierno para modificar la estructura tradicional de la economía e impulsar un proceso de industrialización. En lugar de ello, el Mandatario apoyó a la industria liviana, la que dejó al país más vulnerable y dependiente del exterior pues precisaba de más materias primas.

Tampoco le dio importancia a la agricultura y ganadería, siendo en su administración donde se registró la exportación más baja de carne en muchos años.

El costo de su política económica fue que en 1949 Argentina incurrió en una virtual cesación de pagos al exterior, que fue solucionada con un préstamo del Exinbanc, lo que se contradecía con la doctrina del peronismo.

Hubo además demasiada injerencia política en la administración pública y en las empresas estatales.

Con todo, por primera vez la masa se sentía feliz y parte de la transformación de Argentina. Millones de trabajadores, a quienes Perón los dignificaba al decir que eran "artífices de su propio destino", vieron mejoradas sus condiciones de vida. Tenían un mayor acceso a bienes materiales y a beneficios laborales como la participación en sindicatos bien organizados, las vacaciones pagadas, indemnizaciones por despido y la jubilación fácil.

El Gobierno se encargaba de avivar este sentimiento en el pueblo con slogans como "Perón cumple" y la celebración de las fiestas litúrgicas del régimen: el 1 de mayo, Día del Trabajo, y el 17 de octubre, Día de la Lealtad.

Mientras, la mujer accedía a derechos que antes eran impensables y todo ello gracias a Eva Perón, a quien el género consideraba una santa.

La Constitución Justicialista

Bajo el Gobierno de Perón se modificó la Carta Fundamental argentina, proceso que terminó llevándose a cabo en ausencia de la oposición a raíz de las polémicas normas que incluía el nuevo texto.

Se reformaron 56 de los 110 artículos de la Constitución de 1853. Se estableció el "estado de prevención y alarma", similar al estado de sitio, los "Derechos del Trabajador, la Familia, la Ancianidad y la Cultura", y la elección directa del Presidente y los senadores, además de la reelección indefinida del Primer Mandatario.

El artículo de mayor relevancia y que refleja los principios del Justicialismo, en cuanto a recuperar de manos extranjeras las riquezas del fisco, era el famoso artículo 40, que declaraba de propiedad del Estado los "minerales, las caídas de agua, los yacimientos de petróleo, de carbón y de gas, y las demás fuentes naturales de energía". La norma establecía además que los servicios públicos debían permanecer en manos del fisco y ordenaba el traspaso de aquellos de propiedad de privados.


El papel de Evita

No se puede hablar del gobierno de Juan Domingo Perón sin mencionar a su mujer, Eva Duarte, más conocida como Evita.

Tenía 27 años cuando su marido llegó a la presidencia de Argentina y a poco andar asumió un activo rol como primera dama. A su cargo estaba la asistencia social de los sectores más desvalidos, labor que llevó a cabo a través de la Fundación Eva Perón, y la relación con los sindicatos.

Evita organizaba los famosos roperos del pueblo y repartía regalos a las familias más pobres. Los niños esperaban ansiosos las camisetas de fútbol que les llevaba su benefactora y los ancianos recurrían a ella para recibir asistencia hospitalaria.

La mujer del presidente fue una figura clave en la relación del Gobierno con los sindicatos. Ya antes de que Perón llegara a la Casa Rosada, Evita fue la que movilizó a las masas para que exigieran la liberación del coronel cuando estaba detenido en la isla Martín García.

Evita fue una cooperadora eficaz con la administración de su marido y se dice que incluso era más fanática que éste en la puesta en marcha de la doctrina justicialista. Era ella la que convocaba a manifestaciones o en caso contrario reprimía a los movimientos que se oponían al Gobierno. La injerencia de la administración peronista en los sindicatos era tal que si algún diario publicaba un artículo que perjudicaba al Gobierno, la mujer ordenaba a los repartidores y vendedores callejeros a no poner los periódicos a la venta.

Hacia 1950 -señala Félix Luna- Evita era un poder tan grande como Perón y su figura convocaba la fervorosa adhesión de millones de argentinos.

Política internacional

La política internacional estuvo, desde un comienzo, marcada por la inconsecuencia. Apenas asumió la presidencia (1946), Perón restableció relaciones diplomáticas con la Unión Soviética, pero tres meses después el Congreso ratificó las Actas de Chapultepec, lo que mejoró considerablemente los vínculos con Estados Unidos. De hecho, el Gobierno deportó a antiguos agentes nazis y traspasó al Estado las empresas de propiedad alemana y japonesa.

Por un lado, Perón debía sacar el máximo de provecho a la relación con el país del norte, pero por el otro, en el plano interno proclamaba las bondades del justicialismo, que él mismo calificaba como la "Tercera Posición".

Ésta se planteaba como una ideología alternativa al capitalismo y al marxismo, pero reunía los aspectos positivos de ambos, es decir, la iniciativa privada del primero y la igualdad social del segundo, y eliminaba lo que él consideraba negativo.

Perón quería acercar posiciones con los países vecinos, a excepción de Uruguay. Con Chile intentó crear una unión aduanera, pero ello nunca se materializó. En 1953, el Mandatario hizo una triunfal visita a nuestro país que concluyó con el "Acta de Santiago" sobre complementación económica.

El fin de la primera etapa

El último año del primer gobierno de Perón estuvo marcado por la prisión del líder opositor Ricardo Balbín y la clausura de más de un centenar de periódicos. El hecho que tuvo mayor repercusión internacional fue el conflicto gremial con el diario porteño "La Prensa", que terminó con su expropiación. Éste reapareció meses después como vocero oficial de la CGT.

En tanto, los pocos medios de la oposición veían reducido su tiraje debido a las restricciones de papel y debían soportar la censura del Gobierno.

Otro hecho que evidenció la represión del Gobierno fue la desaparición de un estudiante comunista, en junio de 1951, que volvió tiempo después diciendo que había sido torturado.

El 22 de agosto de 1951, centenares de personas se reunieron en la avenida 9 de julio para proclamar a Perón Presidente y a su mujer, Evita, como vicepresidenta para un próximo período. En un comienzo ella aceptó su nominación, pero más tarde una nota del Gobierno descartaba esa fórmula. En lugar de ella, se optó por la dupla Perón-Quijano (Hortensio).

1951 fue el año de la campaña electoral, donde se enfrentó Juan Domingo Perón y la fórmula del radicalismo Balbín-Frondizzi. Perón no tenía que hacer un gran despliegue comunicacional para ganar debido al tremendo aparato propagandístico con que contaba. En cambio, la oposición debió hacer campaña en medio de la ausencia total de radios y periódicos.

El Mandatario se limitó a pronunciar un par de discursos dos días antes de las elecciones y a montar una exposición con las obras de su gobierno en plena calle Florida.

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