| Mujeres
El período más
fértil del trabajo de Rodin
fue la gestación de sus "puertas
del infierno". La obra, cuya ejecución
peligraba todo el tiempo y que al final quedó
sin edificio, se convirtió en una importante
matriz de donde el escultor extrajo buena parte
de sus obras más conocidas. "El
pensador" no es otro que un atlético
Dante soñando su infierno y los enamorados
que se dan el célebre beso, son Paolo
y Francesca, condenados por su amor extramarital.
El taller de Rodin
comenzó a ser visitado por periodistas
y curiosos: se empezó a especular en
torno al escultor como artista y personaje.
Fue también durante la década
de 1880 que Rodin
comenzó su peculiar carrera de mujeriego.
Por hacerle un favor a un amigo escultor que
partía a Roma, se hizo cargo de un curso
de principiantes formado íntegramente
por mujeres jóvenes, una de las cuales
era Camille Claudel, que según las fotos
no se parecía tanto a Isabelle Adjani,
pero que a Rodin
le pareció irresistible. El tormentoso
idilio entre los dos escultores es una de las
tantas historias de desventura sentimental populares
que ofrece el profuso anecdotario del arte.
Como suele ocurrir, el romance empezó
mal y terminó peor. Claudel humillaba
a Rodin con
una eficacia sobrecogedora y Rodin
proyectaba en Claudel un delirio edípico
severo que derivó en una paranoia terrorífica.
La pobre Camille terminó creyendo que
Rodin y sus
secuaces la perseguían para matarla.
Pero la pareja tuvo momentos apacibles. En una
curiosa carta del 12 de octubre de 1886, un
Rodin enamorado
le dice a su amante que si la comisión
para Chile resultaba podrían partir juntos
para allá a vivir su idilio.
El taller de Rodin
pasaba lleno de mujeres y los celos profesionales
y sentimentales se mezclaban explosivamente.
Rodin, con su
idea de evitar las poses normales -y cierta
picardía también-, exigía
de sus modelos una disponibilidad total para
sus caprichos plásticos, por llamarlos
de alguna forma. Tuvo fama de libidinoso, una
caricatura de 1913 lo dibuja con patas de cabra
bailando apretado con un cuerpo femenino que
va desmembrando de a poco, y Mirbeau lo identificó
con "la bestia de sátiro que aparecía
en sus grupos eróticos".
John Berger observó que
las esculturas de Rodin,
con la excepción del Balzac, sufrían
de una terrible opresión en torno a ellas,
como si forzara a las figuras a volver a su
propio material, de tal manera que si el proceso
siguiera éstas terminarían comprimidas
en la piedra hasta desaparecer. Berger descarta
las explicaciones del propio Rodin
basadas en su fusión panteísta
con la naturaleza y señala que, tratándose
de un escultor tan extraordinariamente dotado
y experimentado como él, la explicación
sólo podía encontrarse en la estructura
de su personalidad. Para Berger, la principal
motivación artística de Rodin
era el sexo, y no meramente en el sentido freudiano
de la sublimación. Rodin,
según Berger les ofrecía a las
mujeres la promesa de moldearlas y volverlas
arcilla en sus manos. Rodin
quería perpetuar una ambivalencia entre
lo vivo y lo creado de tal manera que lo que
era para las mujeres, lo siente por sus esculturas
y viceversa. Para Rodin,
la arcilla y la carne están fatalmente
relacionadas en su mente y se veía impelido
a tratarlas "como si fueran un desafío
a su autoridad y potencia". Rodin
era Pigmalión al revés.
Rodin
privado
Rodin
conoció a su mujer, Rose Beuret, cuando
ella tenía 18 años. Al poco tiempo
la pareja tuvo un hijo, August, la viva imagen
de su padre, a quien sin embargo Rodin
nunca reconoció ni le dio su nombre.
La relación vista en detalle es descorazonadora,
pero desde la perspectiva de su época
no es extraordinaria. Manet hizo lo mismo. Rosa
Beuret era semianalfabeta y Rodin
tenía poco que ver con ella, sólo
se casaron poco antes de morir, en un curioso
matrimonio armado por terceros para asegurar
que el legado de Rodin
quedara en manos del Estado.
Un día típico de
Rodin comenzaba
al amanecer, con el escultor esperando la llegada
de su peluquero que se hacía cargo de
su barba, luego desayunaba y esperaba a su secretario.
Recibía visitas en su estudio y luego
trabajaba hasta mediodía, comía
y luego se dirigía hasta otro taller.
En momentos de mayor exigencia, Rodin
podía trabajar el día entero y
descansar sólo un par de horas.
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