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Camille
Claudel:
La escultora que enloqueció
por Rodin
Muchas mujeres creadoras han sido opacadas por
la sombra de sus compañeros sentimentales
y a muchas se les ha reconocido en la historia
como la esposa, amante o compañera sentimental
de otros creadores, dejando de lado su talento
artístico. Así la escultora francesa
Camille Claudel, pasó a la historia como
la amante de Agusto Rodin.
Sin embargo, Camille revolucionó la expresión
escultórica al ser una de las pocas mujeres
escultoras de su época, a fines del siglo
XIX, que tuvo acceso a modelos desnudos, lo que
habría de costarle la indiferencia hacia
su obra, que fue calificada como arte menor frente
a la escultura de su maestro y amante, Auguste
Rodin.
Camille Claudel nació en Fère-en-Tardenois
en Aisne, cerca de París, en 1864. Su padre,
Louis-Prosper Claudel y su madre, Louise. Era
la segunda de cuatro hermanos de una familia burguesa
de Francia. Su hermano Paul Claudel, un respetado
poeta y escritor católico que llegaría
a diplomático francés, fue su mejor
ayuda y amigo.
Desde temprana edad, Camille demostró poseer
un talento natural para el arte en general. Siempre
se inclinó más por los aspectos
táctiles y desarrolló todo ese talento
al realizar esculturas que revolucionaron el arte
del momento.
A Camille le costó mucho esfuerzo que sus
padres aceptaran su vocación, en un tiempo
en que las cosas no eran fáciles para una
mujer, menos si pretendía ser artista y,
aún peor, si se inclinaba por la escultura.
Entre los cinco y los 12 años de edad,
Camille recibió la educación de
las Hermanas de la Doctrina Cristiana. Luego su
familia se mudó a Nogent-sur-Seine, un
pueblo cercano a París, donde vivían
dos importantes escultores de la época:
Alfred Boucher (1850-1934) y Paul Dubois (1829-1905).
Es entonces que ingresa a la Academia Colarossi,
una de las mejores de Francia y una de las pocas
que aceptaban mujeres. En el año 1881 su
familia se va a vivir a París y allí
conoce al escultor Alfred Boucher. Él descubre
su gran capacidad para la escultura y la anima
a seguir por ese camino. Camille se instala en
un estudio independiente con otras mujeres donde
éste daba clases.
En 1882, el escultor gana el premio de Roma y
se va a Italia; el taller pasa al escultor Auguste
Rodin, el más importante de la época,
quien comienza a supervisar su trabajo. Camille
se enamora de Rodin al poco tiempo de conocerlo.
Ella deslumbró a Rodin con su obra; al
ver sus esculturas en yeso, descubrió a
su alma gemela, alguien que -como él- vivía
por y para los perfiles; alguien que se zafaba
del academicismo para liberar las figuras, dotarlas
de movimiento y emoción, transformando
poses clásicas en nuevas formas de poderosa
vitalidad.
Dos años después de conocer a Rodin,
en 1884, comenzó a ser su ayudante en el
estudio para poder aprender más sobre la
escultura. La joven continuó viviendo en
casa de sus padres hasta 1888, momento en que
se mudó a un lugar cercano al estudio de
su maestro.
La única mujer entre sus alumnos, rápidamente
se convirtió en objeto de guiños
y sonrisas, y se hizo evidente el magnetismo que
ejercía sobre él. Su rostro, su
talle, sus formas, pronto fueron reconocibles
en sus esculturas, para escándalo de su
familia.
A la edad de 22 años Camille inició
la exposición de susobras, pero siempre
llegaban a sus oídos los comentarios de
quienes veían detrás de sus desnudos
la mano del maestro: no la creían capaz
de crear por sí misma.
Pese a las palabras de admiración del artista,
Camille se sentía humillada, oscurecida
por el genio de su mentor. Quería demostrarse
a sí misma y a los demás que era
una mujer, sí, pero también una
gran escultora.
Y en 1893, después de 15 años de
relación, Camille decidió terminar
con Rodin, luego de percatarse que su amor nunca
sería correspondido con la misma intensidad.
Inició su carrera artística sola
y lejos de su maestro, se dedicó entonces
a la escultura de manera frenética, y se
aisló cada vez más.
Participó en varias exposiciones de galerías
importantes, pero no salía de su cuarto
donde se dedicaba a esculpir en un acto de inaudita
desesperación; para ello se encerraba en
su casa con sus gatos y ponía llave a puertas
y ventanas.
Su situación económica se complicó
y, al poco tiempo, empezaron a aflorar muestras
de problemas mentales. Finalmente enfermó,
tanto que, en diciembre de 1905 se organizó
en París una última gran exposición
con 13 de sus esculturas.
Se volvió paranoica e insistió en
que Rodin la quería destruir y que la perseguía.
Empezó a tener problemas con las galerías
por no entregar las obras. El problema no era
que no las realizara, si no que una vez acabada
la escultura, la destruía a martillazos.
sus propias esculturas. Comenzó a sentir
miedo y apenas comía por temor a ser envenenada.
Por ello, en 1914, fue internada en un hospital
psiquiátrico, donde le diagnosticaron paranoia.
Pese a que fue dada de alta un año después,
pasó treinta años en ese sanatorio,
con la prohibición de visitas y de esculpir,
porque nadie acudió a recogerla.
La soledad y su odio por Rodin la acompañaron
durante su encierro, con el que pagó amar
a un hombre mayor y ser una talentosa artista.
Camille llegó a escribir: "En el fondo,
todo eso surge del cerebro diabólico de
Rodin. Tenía una sola obsesión:
que, una vez muerto, yo progresara como artista
y lo superara; necesitaba creer que, después
de muerto, seguiría teniéndome entre
sus garras igual que hizo en vida".
El 19 de octubre de 1943, Camille murió
en el sanatorio de Montdevergues “por haber
tratado de ser Camille y mujer, Camille y artista,
Camille y amante y libre”, como ella misma
describió su reclusión.
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"Camille
en las puertas del infierno"
El 19 de mayo se estrena en la Sala
Montt del Museo de Bellas Artes, la
obra “Camille en las puertas del
infierno”, una producción
encabezada por tres mujeres: Claudia
Fernández, la directora; Victoria
Gazmuri, actriz, y Ana María
Gazmuri, productora.
La directora cuenta que llevaban ocho
meses ensayando cuando se enteraron
que se montaría una retrospectiva
de Rodin en Chile; se contactaron con
los organizadores y el Museo, e inmediatamente
surgió la propuesta para montarla
en esta sala que estaba hace bastante
tiempo cerrada.
No sólo les pareció mágica
la coincidencia, sino que no podía
existir escenografía mejor que
la que les estaban ofreciendo: la construcción
de 1910 es casi contemporánea
al escultor y, además, les permitieron
usar materiales del museo para darle
vida al taller de Rodin y Camille.
Claudia, durante años integrante
del Teatro del Silencio, se ha dedicado
afanosamente a investigar la vida de
mujeres que fueron vanguardia en su
época y, como tal, incomprendidas
y acusadas de locas, como es el caso
de Camille Claudel.
Las hermanas Gazmuri agregan que la
vida de esta artista fue una verdadera
tragedia, sobre todo por la mirada patriarcal
que aún existe sobre las mujeres.
“Ya ser artista es muy difícil,
pero mujer y artista mucho más,
por eso nosotras debemos empeñarnos
el doble para destacar en cualquier
área”, aseguran.
El elenco lo componen ocho actores y
la música original es de Jorge
Martínez. Es una obra de teatro
corporal, pero con texto, “lo
que es un desafío para cualquier
actor, porque se debe estar en muy buenas
condiciones físicas para lograrlo”,
explica Victoria.
Los actores son todos muy jóvenes
por la misma razón: “Hay
un tema de valentía, de irse
por el lado más complejo, más
duro, pero más gratificante,
que hace de esta obra un desafío.
Los actores más viejos ya tienen
una especie de marca, en cambio los
jóvenes trabajan con un ímpetu,
un rigor y una disciplina admirable”,
afirma Ana María. |
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