Seis seguidores tenía Ignacio de Loyola cuando viajó a Roma para establecerse y concretar su idea de formar una congregación con la venia de la Iglesia Católica. Fueron ellos los primeros “jesuitas” (sj), nombre que tuvo su origen en una de las lecturas que hizo Ignacio durante su convalecencia, “La vida de Cristo” de Ludolfo de Sajonia, quien definió el término como el que llevarán los santos, los “salvados por la virtud del Salvador”.
Sin embargo, en esos años aún no se utilizaba y aquellos fundadores eran conocidos, simplemente, como los primeros sacerdotes de la Compañía de Jesús, la misma que en 1534 habían llamado Sociedad de Jesús, cuando formularon sus votos en Montmartre, Francia.
El 27 de septiembre de 1540, el Papa Pablo III aprobó la fundación de la Compañía que tenía como misión principal ir en ayuda de los más necesitados en cualquier lugar que el Pontífice ordenara y dando lo mejor de cada uno.
Al año de ser aprobados los estatutos de la congregación, en 1541, Francisco Javier inició la ola misionera de los jesuitas, se dirigió al Asia, alcanzando India, Indonesia y Japón y proyectó el arribo a China. Otros partieron a América y en esa larga labor evangelizadora muchos entregaron su vida convirtiéndose, varios, luego en santos mártires y San Francisco Javier en patrono de los misioneros.
Como explicó el Superior General Peter-Hans Kolvenbach, en su visita a Chile, los jesuitas “son los servidores de la misión de Cristo. Dentro de la Iglesia, los jesuitas asumen la misión de llevar la Buena Nueva a las fronteras: allí donde empieza la indiferencia religiosa, la duda, la hostilidad al mensaje cristiano”. (Revista Mensaje, n°548, mayo 2006)
Al redactar sus constituciones, Ignacio incluyó una importante novedad que caracterizaría a la orden: además de los tres votos normales de todo religioso (obediencia, pobreza y castidad), sus miembros debían rendir un cuarto voto, el de obediencia absoluta a los mandatos del Papa.
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Como explicó Kolvenbach, Ignacio quería llevar a la acción los postulados de la Iglesia Católica, pero sin dejar de ser sólo una parte de ella. “San Ignacio quería que todos los jesuitas se sintieran miembros de un cuerpo universal que siguiendo las indicaciones de la Sede Apostólica se ocupara de las necesidades de iglesias particulares. Para decirlo en palabras actuales: el jesuita debe entregarse a una labor concreta en un lugar concreto mientras que continúa manteniendo viva su sensibilidad e interés por la Iglesia universal”. (Revista Mensaje, n°548, mayo 2006).