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Otras entrevistas
Hannelore Lubach (78),
jubilada:
"No había
tiempo ni para pensar"
Lubach vivía en Berlín y tenía
18 años hacia el final de la Segunda Guerra
Mundial. Acá nos cuenta cómo vivió
los últimos meses antes que se rindieran los
alemanes y de qué manera el ser humano termina
adaptándose a circunstancias inimaginables
creando una cierta cotidianeidad mientras alrededor
caían las bombas y moría la gente.
Por Ilona Goyeneche, desde Alemania
"Ya
estábamos en plena Segunda Guerra Mundial cuando
yo terminé el colegio y di anticipadamente
en 1944 mi Abitur (algo así como la PSU). Después
de egresar de la educación primaria una era
inscrita automáticamente en lo que se llamaba
el "Servicio de trabajo". A principios del
'45 me asignaron a trabajar en las fuerzas militares
aéreas, en una base al norte de Berlín.
Ahí, junto a un grupo de otras niñas,
operábamos unos enormes focos que iluminaban
de noche los aviones enemigos para que los encargados
de disparar supieran hacia dónde hacerlo.
"De esa época, la última fecha
que recuerdo es el 18 de abril, mi cumpleaños
número 19. Después perdí la noción
del tiempo. Los rusos ya estaban muy cerca y tuvimos
que dejar el puesto donde trabajábamos y huir.
A esas alturas la situación era caótica
y no había ni un jefe o comandante que diera
órdenes o que nos dijera qué hacer.
Simplemente había que desarrollar iniciativa
propia, ver cómo huías y hacia dónde.
"Como sabía que mis padres también
iban a arrancar si llegaban los rusos, no hacía
sentido ir de vuelta a casa, que quedaba a unos 50
kilómetros de Berlín. Así que
decidí irme en dirección al sur donde
vivía una hermana de mi madre con la esperanza
de encontrarla. Todavía funcionaban algunos
tranvías con los que nos comenzamos a movilizar
o, si no, había que seguir caminando. Eso era
especialmente desagradable porque muchas veces llegaban
los aviones enemigos que volaban muy bajo y disparaban
con sus ametralladoras a cuanta cosa se movía.
Teníamos que tirarnos en la próxima
zanja para cubrirnos y rezar que no nos alcanzara
una bala. Pero en general no se tenía miedo,
porque no lo pensabas mucho. Simplemente había
que intentar sobrevivir".
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