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Para el historiador británico y biógrafo de Hirohito Stephen Large, el emperador no era un agente político libre: "Reinaba pero no gobernaba Japón; él y sus consejeros en el palacio imperial eran una de muchas elites que compartían el poder". Según su visión, sólo podía intervenir genuinamente en tiempos de crisis nacional y con el apoyo de otras elites, como cuando reprimió un alzamiento de la marina en 1936.

Pero para otros especialistas, habría sido un nacionalista que apoyó con entusiasmo las barbaridades.

Como sea, Hirohito demostró ser, como ningún otro dignatario involucrado en la II Guerra, una institución intocable. Los tradicionales gritos de "¡banzai! ¡banzai!" (¡larga vida!) para su cumpleaños no se apagaron e incluso fueron proféticos: reinó admirado por su pueblo durante 43 años después del fin de la conflagración, hasta su muerte en 1989. De hecho, en los 80 el Premier Nakasone quiso usarlo como un símbolo para enfrentar los desafíos económicos y políticos.

Y a diferencia de otras monarquías, heredó a su hijo y actual emperador Akihito la dignidad pomposa y el respeto de sus súbditos. El Trono del Crisantemo salió incólume.

"Reinaba pero no gobernaba Japón; él y sus consejeros eran una de muchas elites que compartían el poder".


 

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