Es el mensaje de este día de Resurrección. Es la fuerza y la esperanza que impulsaron hacia la santidad a Teresita de los Andes, a Laurita Vicuña y al beato Alberto Hurtado. Fue la Resurrección de Cristo la fuerza que animó al P. Hurtado a decirle a Dios, su Padre:
“Contento, Señor, contento”. Optaron por la vida nueva en el Señor y, como nos dice la carta de San Pablo a los Colosenses que hemos escuchado, buscaron los bienes de arriba, para vivir en gloria, junto a Cristo, que es nuestra vida. Esta gracia animó y movió a tantos santos extraordinarios a contemplar a Dios, a cultivar la amistad con él, a acoger su Palabra, a inspirarse en la santidad y la misión de María, y a sembrar así el bien a manos llenas en el mundo. Es esta solidaridad con la pasión y la resurrección de Cristo la que alienta al Santo Padre en su enfermedad, en su dolor y su entrega.
También en la vida de los santos ocurrieron, por así decirlo, milagros de resurrección. Antes de que penetrara con fuerza la luz de Cristo en sus vidas, muchos de ellos eran conocidos por sus debilidades y sus errores. Pero el Señor resucitado los invitó a resucitar, a gustar la sabiduría y el amor gratuito de Dios, y a agradecérselo con gran generosidad y fidelidad, también mediante obras evangelizadoras impresionantes, preocupándose siempre por los más abandonados. También nosotros, sea cual sea el sepulcro en que estemos, o la lápida de piedra que nos impida ver la luz, podemos cifrar nuestra confianza en la gracia de la resurrección. Estamos llamados a la santidad, de modo que fructifiquen los gérmenes de vida que provienen del Señor Resucitado; y colaboremos con Él en la superación de las tristezas, las injusticias, el desamor, las inseguridades, la pobreza, el desaliento y la falta de fe, que agobian a tantas personas cercanas o lejanas a nosotros.
En esta fiesta de la Resurrección, muchos jóvenes en todo el país dan inicio, con este espíritu, a una gran misión juvenil. Lo hacen con la alegría de haber experimentado la verdad y la fuerza vivificante del encuentro con Jesucristo y de los caminos del Evangelio, y después de haber compartido la fe y muchas acciones misioneras y solidarias en innumerables comunidades cristianas a lo largo de Chile. Quienes se acercaron al Señor, y descubrieron en él el torrente de agua viva que ahora da alegría, generosidad y fecundidad a su vida, quieren ir al encuentro de otros jóvenes, para hacerles fácil un profundo encuentro con Cristo, que los vivifique y los llene de fuerzas y esperanza por obra del Espíritu Santo. Acompañémoslos con nuestra oración, para que sean verdaderos mensajeros de la vida y de la paz.
Queridos hermanos y hermanas en el Señor, en esta celebración colmada de gozo y esperanza, abramos todas las puertas cerradas por el temor y el sufrimiento para que Cristo entre en nuestro propio interior, en nuestras familias, en nuestros lugares de estudio y de trabajo, en nuestros proyectos y en nuestra cultura. Pidámosle que asemeje nuestro amor al amor contento y sin límites del P. Alberto Hurtado, y digámosle con mucha gratitud en este año de la Eucaristía: “quédate, Señor, con nosotros”: quédate como el pan de nuestros días, como la esperanza de nuestros corazones, como el inspirador de nuestros proyectos, como la luz de nuestros pasos, como el aliento en nuestras horas de dolor, como el evangelizador de nuestro pueblo, quédate como la paz de nuestra vida. ¡Señor resucitado, quédate con nosotros!
† Francisco Javier Errázuriz Ossa
Cardenal Arzobispo de Santiago