El período de Cuaresma, los cuarenta días previos a la entrada de Jesús en Jerusalén, constituyen un período de preparación con la abstinencia, el ayuno y la penitencia, en que los cristianos se preparan para conmemorar el sacrificio en cruz del Dios Hijo para salvar al mundo.
La festividades de Semana Santa se inician el Domingo de Ramos, día en que Jesús hace su entrada triunfal como un siervo que camina hacia la muerte y la del Señor que va a ser glorificado.
El jueves, el viernes y el sábado santos, o triduo pascual, simbolizan el cambio del mundo viejo al nuevo, son los días de renovación a través de la búsqueda y muerte de Jesús. Estos días son de liturgias especiales y no se ofrecen misas personales de ningún tipo.
En estos días se recuerda la última cena de Jesús, con sus 12 discípulos; la traición de Judas, que entregó a Jesucristo para que fuera sentenciado y condenado a muerte; el vía crucis y la crucificción.
El Jueves Santo, Jesucristo lava los pies a sus apóstoles como muestra de humildad, se reúne con ellos en la Última Cena e instituye el sacramento de la Eucaristía, como signo de su presencia entre los vivos. Además, los llama a seguir su camino, estableciendo así el sacerdocio.
El vía crucis es el camino de la cruz, el recorrido que hace Jesús coronado de espinas, cargando el travesaño donde será clavado, hacia la cima del monte del Calvario. En ese recorrido Jesús recibe los azotes e insultos de la guardia romana, cae exhausto en tres ocasiones y vive además el inmenso dolor de su madre, María, y de María Magdalena.
Las catorce estaciones del vía crucis simbolizan para los cristianos el camino de dolor que lleva a la resurrección del espíritu. El Viernes Santo a las tres de la tarde se cumple el episodio más triste de la Semana Santa; la muerte de Cristo.
El Sábado de Gloria se celebra la vuelta del espíritu de Cristo al reino de Dios. El Domingo de Resurrección se alcanza el momento de mayor júbilo en este calendario: Jesucristo vuelve desde la muerte.