
El interior de la montaña se destripa sin parar
en turnos de ocho horas en búsqueda de cobre. Se explota,
se raspa, se pica, se muele, se lleva de un lado para otro, se
funde, se purifica, se refina, se exporta. Pero esto último
ya es un paso demasiado lejano para ese conductor, sentado en
un espacio no más grande que un asiento de micro, que maniobra
una pala enorme en el fondo de uno de los túneles de El
Teniente. En una oscuridad casi completa, su único acompañante
es la música de su walkman que apenas suena contra los
ruidos infernales de su máquina que va recogiendo enormes
rocas para tirarlas por un conducto hacia la próxima planta
baja. De que los ejecutores de este lúgubre trabajo se
vaya rotando, no requiere de mucha explicación.
Los más afortunados son los obreros que manejan algunos
trituradores por joystick. Sentados en oficinas subterráneas
en cómodo asiento al igual que un piloto de avión,
pero sin la necesidad de casco, mascarilla y protectores auricularesen,
ven a través de una pantalla cómo hacen trabajar
su máquina. La fase de extracción de El Teniente
es un mecanismo complejo de miles de capas que constituyen una
ciudad de varios pisos. Los superiores cuentan con una roca blanda
y de fácil fragmentación donde la extracción
se lleva a cabo por el método de hundimiento de bloques,
es decir, en que el mineral cae por gravedad desde el nivel de
hundimiento al de producción.
En los sectores más profundos, donde está la llamada
roca primaria que es más dura y de menor ley, el método
extractivo es mucho más mecanizado. Se ocupa maquinaria
más pesada y martillos picadores hidráulicos. Estos
métodos está lejos de cómo trabajaban los
hombres que vivían en Sewell. Esos tiempos cuando aún
todo era manual y sin grandes infraestructuras. Se estaba expuesto
a derrumbes, ratones e incendios. Sin embargo, hasta hoy el minero
trabaja directamente con la roca, envuelto en un polvo y humedad
que pareciera ser un último recurso de resistencia de la
montaña, antes que la terminen por desmantelar. Según
la mina El Teniente, también esos hombres que siguen obrando
al final del tunel, terminarán trabajando en cómodas
oficinas. O en otras palabras, serán sustituidos por máquinas
automáticas.
Una sola visita es suficiente para darse cuenta que hay que tener
espíritu minero para vivir en los yacimientos subterráneos
de El Teniente, lo suficiente, para seguir extrayendo las reservas
que hay para los próximos cien años.
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