Especiales_EMOL.
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Había una vez un pueblo perdido en la Cordillera de los Andes, lejos de la civilización, de la próxima ciudad y muy desconectado del valle, al cual se podía bajar sólo en contadas ocasiones en un tren. En invierno no se podía salir ni en meses de este lugar, porque la nieve lo impedía. Las casas, pegadas a la ladera de un cerro, estaban conectadas sólo por escaleras. Acá, a nadie le servía una bicicleta. En este pueblo no había cesantes, no existían ladrones ni borrachos; los médicos y el hospital eran unos de los mejores del país y gratuitos, al igual que la educación, la electricidad y el agua. Las películas llegaban antes que a las grandes ciudades y los habitantes gozaban de los mejores espectáculos. Había teatros, cuatro cines, seis canchas de bowling, juzgado, bomberos, registro civil, gimnasios, piscinas temperadas, almacenes, peluquería, sastrerías, panadería e iglesia. No necesitaban de la civilización. La tenían ellos.

Dice la leyenda que no había envidia ni resentimiento entre ricos y pobres, y que las mujeres tenían las piernas más lindas del país debido a las escaleras. Mientras los hombres trabajaban en la mina, las señoras y madres se preocupaban de las labores domésticas y de los niños que aún no iban al colegio. Los obreros no eran los dueños ni del cobre que extraían ni de sus casas ni de terrenos ni de nada de lo que había en este pueblo. Pero eso parecía no importarles. Acá todos eran felices, tan felices que algunos ni si quiera se tomaba vacaciones. Este pueblo se llamó Sewell y existió realmente.



Las historias y los recuerdos de los antiguos habitantes del pueblo minero suenan a un cuento de hadas. Cuesta creer que alguien cataloge como "los mejores años de su vida" los transcurridos en las laderas del Cerro Negro, perdidos a 48 kilómetros al interior de Rancagua. El mundo minero se asocia a todo menos al paraíso. Más aún a principios y mediados de siglo cuando se trabajaba en la penumbra de los túneles. Ahí donde se filtraba agua, corrían los ratones y amenazaban los derrumbes. Sin embargo, no fue así de tétrico para los sewellinos. La ruda vida de mineros era compensada por su ciudad que nada tenía que envidiar a las de "abajo". El cuento de hadas era más verdadero de lo que suena. Un mundo pequeño, manejable y creado al absoluto antojo de los primeros dueños de la mina de El Teniente, la empresa americana Braden Copper Company. Los yankees querían gozar de todos los privilegios de su tierra natal y por eso a Sewell no le faltó nada.