
La ficción de El Teniente
El Teniente, la mina subterránea más grande
del mundo, se vanagloria de sus modernas instalaciones, tecnología
y capacidad anual de producción de 35 millones de toneladas
de mineral. Pero cuando uno entra a explorar sólo un poco
los 2.400 kilómetros de túneles que constituyen
este yacimiento, equivalentes a la distancia entre las ciudades
de Chillán y Arica, impresiona lo precaria que aún
es la extracción del cobre.
Esta mina es una ciudad subterránea con calles, señalética,
medidas de seguridad, comedores, oficinas, electricidad y agua
potable repartidos en un laberinto de pasillos. Sin embargo, no
puede negar su naturaleza. Cuando uno camina pesadamente por culpa
del aparatoso equipo y artefactos de seguridad que el reglamento
obliga llevar, a lo largo de los pasillos en dirección
de las mismas excavaciones, la luz se hace cada vez más
tenue y el aire menos respirable. Es un mundo alejado de la realidad
que vive sus propias leyes, 24 horas sin dormir excavando cada
vez más hacia el centro de la tierra.
Más irreal se hace este paseo subterráneo si uno
se tiene que hacer a un lado para dar paso a máquinas y
vehículos de dimensiones y ruedas desproporcionadas. Ninguna
ampolleta puede contra el fino polvo que tiñe todo el túnel
y, al ver que traba hasta la bolita de un bolígrafo impidiéndole
escribir, se duda que la mascarilla sirva realmente contra las
condensadas partículas en el aire que recuerdan que se
está en la mitad de la montaña. La mezcla ambiental
de un zumbido constante, esquivos rayos de luz, enormes charcos
de agua sucia e ineludibles carteles "Cuidado peligro",
serían intimidantes si no fuese porque uno sabe que sólo
es parte de un tour.
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